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viernes, 10 de julio de 2009

Javier Marías / Cruceros hundidos

Julian Marías
CRUCEROS HUNDIDOS

La sala estaba llena, de gente mayor sobre todo. Las tres personas que tomaron la palabra tenían más de ochenta años cada una, y una de ellas era mi padre. Se reunían para inaugurar una modesta exposición en la Residencia de Estudiantes de Madrid, de la que les informó a ustedes María Antonia Sánchez-Vallejo hace dos semanas. Todos aquellos viejos miraban los restos de algo ocurrido hacía sesenta y dos años, y ellos mismos habían aportado esos restos a la exposición relativa al Crucero Universitario por el Mediterráneo del verano de 1933. Habían pasado mes y medio a bordo del Ciudad de Cádiz, que años después fue hundido por los submarinos de Mussolini al servicio de Franco durante nuestra Guerra Civil. Ciento ochenta y ocho pasajeros, profesores y alumnos de muchos sitios en aquel crucero de estudios organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, con su decano al frente, don Manuel García Morente. Entre los estudiantes y los profesores, nombres que luego han tenido relevancia en la vida cultural española: Vicens Vives, Chueca, Tovar, Espriu, Díez del Corral, Lafuente Ferrari, Ballesteros, Gaibrois, Díaz-Plaja, y también apellidos librescos, de hijos o hermanos: García Lorca, Pérez de Ayala, Ortega, Menéndez Pidal, Marañón, Garrigues, García de Diego. Y una visita de Valle-Inclán. La exposición es breve y modesta, como he dicho: algunas fotos, unas caricaturas de Eduardo Robles, un pasaporte conservado durante tanto tiempo, la lista de pasajeros, algún billete. Mi padre aportó el salacot que se compró en Túnez a los diecinueve años y que para mí fue un objeto de fascinación durante mi infancia entera y la evocación de la aventura, hasta el punto de haberlo introducido en una de mis novelas: "parecía antiguo", escribí, "con su barboquejo de cuero para fijarlo al mentón y su forro verde gastado, en el cual se veía una vieja etiqueta muy cuarteada en la que aún era legible: "Teobaldo Disegni", y debajo: `4 Avenue de France´, y debajo: `Túnis´. De dónde habría salido...", dice el narrador de esa novela, cuando el autor lo sabía perfectamente.

Podría hablar aquí de ese crucero y del mundo civilizado y efímero que se adivina al contemplar esos restos, esos despojos, esas fotos amarilleadas y esos rostros jóvenes ilusionados por su viaje de iniciación. Podría hablar de esos breves años de la República de los que no ha quedado ni rastro hasta parecer que nunca hubieran existido, una fugaz fantasmagoría de la que yo seguramente procedo. Podría hablar de esas gentes y esos apellidos, de su vida posterior más dura, de cómo los zahirieron y zurraron por ambos lados, por la derecha y por la izquierda, por igual los fascistas y los comunistas. Pero no es eso lo que más me interesa tras haber asistido a esa inauguración.

Lo que más me llama la atención son ellos ahora, aquellos jóvenes que hoy son viejos y a los que vi entusiasmados al rememorar, recuperando su juventud "aunque sólo sea durante una hora", como dijo uno de los ponentes. Sesenta y dos años. Toda una vida transcurrida entre esos dos momentos, tantos muertos y tantas renuncias y tantos logros, la vida por detrás y no por delante como en aquel verano ingenuo del 33. Las suertes ya echadas, las biografías escritas y rubricadas, con satisfacción o lamento según los casos, o amargura o rencor o contento, quién sabe, quizá ni ellos mismos lo sepan, pues toda vida tiene demasiada mezcla. Se hicieron una foto, todos los cruceristas supervivientes presentes, un grupo de cabezas canas o desprovistas de pelo, alegres, divertidos, nostálgicos. Les alegraba que allí hubiera algunos jóvenes, o los que somos más jóvenes que ellos. Les alegraba no ser olvidados y que se les hiciera caso, aunque sólo fuera durante una hora.

Tan poca cosa los hace sin embargo afortunados, a estos cruceristas ya ancianos. Como ellos hay miles por todo el país a los que nadie hace nunca ningún caso, a quienes ni siquiera se escuchan las rememoraciones, a quienes se ha jubilado no sólo de su trabajo sino de la vida.

Yo no sé qué ha ocurrido para que los viejos hayan pasado a ser tan frecuentemente un mero estorbo, una carga y una lacra. Las generaciones maduras de hoy son tan soberbias que creen poder prescindir de todo, hasta de su origen y también su destino, como si pensaran que ellas no van a ser seniles también muy pronto. Cuando oía hablar a estas personas ya tan mayores, una de ellas mi padre, me daba cuenta de que tienen más energía y entusiasmo y frescura que los que hemos venido luego y los dominamos, y sin duda más vocabulario. Y además son simpáticos y mesurados, serenos e irónicos, han visto mucho y saben no dar importancia a lo que no la tiene, lo cual es fundamento de toda convivencia. Si ellos no estuvieran retirados y gozaran de más influencia, no me cabe duda de que este país crispado y pueril e insensato se beneficiaría de ello y sería así justamente, más sereno y más irónico y mucho más tolerable.

Javier Marías
Publicado por primera vez en El Semanal
Recogido en el libro Mano de sombra Alfaguara 1997

http://www.javiermarias.es/PAGINASDEVARIOS/julianporjavier.html




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