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domingo, 19 de abril de 2009

Javier Tomeo / El sargento Gutiérrez



Javier Tomeo 
EL SARGENTO GUTIÉRREZ 
    

El Presidente -saltándose por las buenas el escalafón- nombró al Sargento Gutiérrez nuevo Capitán General de todos los ejércitos. Aquel mismo día Gutiérrez, con el pecho cubierto de medallas, subió a la azotea de la torre y contempló el paisaje. Aparentemente nada había cambiado. A sus pies se extendía la ciudad de siempre, con todas sus casas y monumentos, el mismo mar por el este y las mismas colinas por el oeste. Arriba, poco más o menos, el mismo cielo, aunque las nubes fuesen cambiando constantemente de forma y de posición.
      Aquello no le gustó. Volvió a su apartamento, cuatro pisos más abajo, llamó por teléfono al Presidente y le dijo que no estaba contento.
      -No me parece justo -le dijo- que ahora que soy Capitán General el paisaje sea idéntico al que me rodeaba ayer, cuando sólo era sargento.
      El Presidente había cumplido ochenta años y no estaba en edad de dar explicaciones a nadie. Le colgó el teléfono y se quedó tan tranquilo.
      -¿Para qué sirve ser nombrado Capitán General si luego nos dejan con la palabra en la boca? -se preguntó Gutiérrez-. ¿Para qué sirve ser general, si a nuestros pies el mundo continúa como siempre?
      Se consoló pensando que tal vez las cosas fuesen cambiando poco a poco. «Eso es lo más probable», se dijo. Se fue a dormir y a la madrugada siguiente volvió a la terraza y esperó que se hiciese de día.
      Cuando salió el sol todas las cristaleras de las casas orientadas hacia el este centellearon por un momento con reflejos sangrientos.
      «Eso también sucedió ayer», se dijo.
      No perdió la paciencia y siguió esperando, pero media hora después las cosas continuaban como siempre. Las mismas iglesias, las mismas cúpulas, los mismos campanarios y los mismos palacios. Las mismas casas apretadas en torno a la catedral. Las mismas antenas sobre las azoteas y los mismos pararrayos. Los mismos canarios encerrados en las mismas jaulas. Los mismos cretinos de costumbre yendo y viniendo por las calles.
      «No tengo más remedio que recurrir a la aviación», se dijo entonces Gutiérrez.
      Y eso es lo que hizo, sacar a los cuarenta bombarderos que se estaban oxidando en los hangares. Ésas fueron las órdenes que dio a su lugarteniente primero, para que luego las transmitiese al lugarteniente segundo, y así sucesivamente. Los grandes aviones alzaron el vuelo, pasaron cuatro veces por encima de la ciudad y soltaron todas sus bombas.
      Al cabo de un par de horas, Gutiérrez abandonó el refugio, regresó a la terraza y se encontró con la ciudad ardiendo. Posiblemente en el bombardeo hubiesen muerto bastantes ciudadanos. Cuando se disipó el humo de los incendios constató que el paisaje era el mismo. La ciudad había perdido algunas casas pero se la podía reconocer fácilmente.
      «Algunas veces las cosas no salen a la medida de nuestros deseos», pensó entonces.
      Quiso presentar la dimisión, pero el Presidente, que estuvo a punto de morir en el bombardeo, no se la aceptó. Gutiérrez, por lo tanto, no tuvo más remedio que seguir representando su papel de Capitán General y continuar viendo el mundo con sus ojitos de sargento poco ilustrado y brutal.




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