
Cuando no es tiempo de ficción
La realidad de la guerra en Ucrania es tan cruel y tan anormal que es imposible inventar nada, mientras que la poesía ha regresado a sus orígenes: el llanto por los muertos, la execración de la crueldad del enemigo
Antonio Muñiz Molina
19 de julio de 2024
Oleksandr Mykhed no ha dejado de escribir desde que el ejército ruso invadió su país hace ya más de dos años, pero no ha vuelto a leer novelas. El 22 de febrero de 2022 lo despertaron las explosiones de los misiles y el tableteo cercano de las palas de los helicópteros que asaltaban el aeropuerto cercano. Él y su mujer no abrían los ojos a un nuevo día sino a un nuevo mundo infernal que no ha cesado desde entonces. Mykhed llamó a sus padres, que vivían cerca, y les dijo que tenían que salir huyendo. Quizás paralizados por el miedo, o por una súbita realidad trastornada que no les era posible asimilar, los padres se quedaron, y Oleksandr Mykhed, junto a su mujer y su perro aterrorizado, huyó en coche hacia el oeste de Ucrania. Sus padres vivieron durante tres semanas escondidos en un sótano, notando sobre sus cabezas el temblor profundo de las explosiones, y a veces también los disparos y los gritos salvajes de los invasores, que se confundían con los gritos de las víctimas, hombres asesinados a quemarropa, mujeres violadas, en la antigua tradición de la soldadesca soviética. Cuando Mykhed volvió al cabo de unos meses a su ciudad liberada por el ejército ucranio, su casa ya no existía, destruida por un misil horas después de que ellos se marcharan. Entre los montones de libros mezclados con cascotes y metralla de lo que había sido su amada biblioteca, unos pájaros habían armado un nido.






















