sábado, 31 de diciembre de 2016

Julio Ortega / Rayuela en París, París en Rayuela


Julio Ortega


  
La última vez que estuve en París me ocurrió algo que ahora contaré para empezar esta conversación con ustedes acerca de nuestra relación personal con Rayuela. Y eso porque, me doy cuenta ahora que escribo éste párrafo en Barcelona, en el lado de allá, que leeré mañana en París, en el lado de aquí; aun si mañana ya es ahora, y ahora ocurra ayer—me doy cuenta, digo, que mi relación con Rayuela se debe a cada uno de ustedes. Esto es, a nosotros; esos otros que somos juntos.  No se trata de documentar ahora mi hipótesis sobre la naturaleza dialógica de la lectura (he propuesto que en la conversación de un libro con el lector  hay otra conversación, dentro la cual se despliegan todavía otras conversaciones más, sin confusión ni alarma). Es por ello que toda gran obra postula un gran lector. Alguien que se haga cargo de esta Biblioteca de la Lectura. Por eso, he llegado a creer que estas lecturas configuran nuestra biografía, que habrá que entender como una lectografía.

César González-Ruano / El arte del engaño



González-Ruano: el arte del engaño

Un libro investiga la leyenda negra del escritor en el París ocupado por los nazis

Fue juzgado por la Francia libre y condenado a 20 años por colaboración con el enemigo

    AMELIA CASTILLA Madrid 2 MAR 2014 - 00:41 CET


    El escritor y periodista César González-Ruano / FOTO CEDIDA POR LA FUNDACIÓN MAPFRE (EL PAÍS)
    Si esta historia fuera una película debería rodarse en blanco y negro, regada con sobredosis de alcohol y colillas humeantes en un cenicero. Al modo César González-Ruano, el periodista de turbia y oscura biografía al que ¡sus amigos! definían con media sonrisa como un tipo amoral y sus enemigos como un periodista "comprable", un tipo con talento pero poco fiable. Trabajó en muchos de los periódicos de la época pero como corresponsal de ABC en Berlín durante los seis primeros meses en el poder de Hilter fue testigo de la noche de los cristales rotos y el decreto de las leyes que prohibían los matrimonios mixtos de los que dejó constancia en artículos con las dosis de antisemitismo que marcaba la época. A lo largo de su vida, escribió unos 30.000 artículos, crónicas y entrevistas y, hasta el año pasado, dio nombre a un premio periodístico que ahora se ha reconvertido y pasará a llamarse asépticamente Premio Mapfre de Relato Corto. Definió su oficio como "tocarle los cojones a los ángeles" y en su agitada existencia no hizo otra cosa en la tierra. Un libro, El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado,que Anagrama publica el 19 de marzo, profundiza en la leyenda negra del escritor y sus negocios clandestinos. Hasta ahora se sabía que que traficaba con joyas y cuadros pero rumores nunca probados apuntaban que también podía haber tenido que ver con el mercado negro de salvoconductos para los judíos que huían desesperados de los nazis. Rosa Sala Rose y Plácid García-Planas han pasado tres años investigando la vida del escritor. “Ha sido una inmersión total en el personaje. Hasta ahora nadie se había centrado en esa etapa concreta de su vida”; cuenta García-Planas.

    Fabio Martinez / La crónica de París





    Fabio Martínez

    LA CRÓNICA 

    DE PARIS

    Creo que ningún otro escritor podría describir a París con tanta precisión y detalle como el colombiano Eduardo García Aguilar. 


    5:54 p.m. | 28 de diciembre de 2016


    Cada cierto tiempo, París se reinventa gracias a la pluma de sus escritores. De Honoré de Balzac a César Vallejo, de Émile Zola a Julio Cortázar, la antigua Lutecia se reescribe continuamente, porque París, como decía el viejo Hemingway, siempre será una fiesta.
    En los albores de este fatídico siglo XXI, lleno de bombas asesinas, artistas del hambre y refugiados, el escritor colombiano Eduardo García Aguilar acaba de publicar en España un bello y exquisito libro, titulado ‘París exprés: crónicas parisinas del siglo XXI’ (Editorial Verbum).
    García Aguilar ha sido nuestro escritor nómada, pues a los 20 años decidió asumir un exilio voluntario para mirar el país desde la distancia. Durante su periplo incesante, que lo ha llevado a vivir en Estados Unidos, México y Francia, ha producido una obra literaria fecunda, que ahora enriquece con este libro de crónicas sobre la Ciudad Luz.
    Creo que ningún otro escritor podía describir a París con tanta precisión y detalle. Para narrar París, se necesitan dos condiciones: ser ‘flâneur’ (caminante) y ser voyerista. Estas dos cualidades le sobran al autor colombiano, quien desde afuera ha visto cómo las sectas literarias del país se desangran en busca de un premio o un reconocimiento nacional.
    Son cien crónicas donde se narra aquel París bello, sucio y profundo que ni los parisinos ni los turistas conocen. García Aguilar se mete en las entrañas de la ciudad y nos invita a descubrir algunos lugares recónditos, como el pequeño teatro de la Huchette, el café Chez Georges de la calle Canettes, el mercado de las pulgas de Porte de Clignancourt, los burdeles de Pigalle que frecuentaba el poeta maldito Charles Baudelaire, el bar donde tocaba el jazzista gitano Django Reinhardt y la sede del periódico ‘Charlie Hebdo’, lugar donde las tribus yihadistas que tienen asolada la ciudad perpetraron el atentado criminal.
    Por la pluma irreverente del escritor colombiano, vemos desfilar a un Voltaire cascarrabias, un Balzac agonizante, un Verlaine borracho, un Nerval loco, un Sartre babeando y un Roland Barthes en busca de su amor imposible.
    Es el obsceno París literario narrado por un escritor que desde su apartamento en place d’Italie, donde vive con su gato Tequila, otea la ciudad como un vigilante de la noche.
    García Aguilar hace parte del Grupo de París junto con los escritores Efer Arocha, Julio Olaciregui, Myriam Montoya, Jorge Torres, Libia Acero, Doris Ospina, Jorge Gálvez e Yves Moñino, entre otros.
    Posdata: a mis lectores, les deseo un feliz año 2017. ¡Que sea el año de la consolidación de la paz en Colombia!

    viernes, 30 de diciembre de 2016

    John Steinbeck / Carta a Edith Mirrielees

    John Steinbeck


    UNA CARTA DE 

    John Steinbeck


    8 de marzo de 1962
    Querida Edith Mirrielees:
    Estoy encantado de que su obra Story Writing se publique en rústica. Alcanzará a una audiencia mayor, y eso es bueno. Puede que no enseñe al lector a escribir una buena historia, pero sin duda le ayudará a reconocer una cuando la lea.

    Roberta Flack / Killing Me Soflty / Matándome suavemente



    Roberta Flack 
    KILLING ME SOFTLY
    by Charles Fox  and Norman Gimbel  

    Strumming my pain with his fingers
    Singing my life with his words
    Killing me softly with his song
    Killing me softly with his song
    Telling my whole life with his words
    Killing me softly with his song

    I heard he sang a good song, I heard he had a style
    And so I came to see him to listen for a while
    And there he was this young boy, a stranger to my eyes

    Strumming my pain with his fingers
    Singing my life with his words
    Killing me softly with his song
    Killing me softly with his song
    Telling my whole life with his words
    Killing me softly with his song

    I felt all flushed with fever, embarrassed by the crowd
    I felt he found my letters and read each one out loud
    I prayed that he would finish but he just kept right on
    Strumming my pain with his fingers

    Singing my life with his words
    Killing me softly with his song
    Killing me softly with his song
    Telling my whole life with his words
    Killing me softly with his song

    He sang as if he knew me in all my dark despair
    And then he looked right through me as if I wasn't there
    But he just came to singing, singing clear and strong

    Strumming my pain with his fingers
    Singing my life with his words
    Killing me softly with his song
    Killing me softly with his song
    Telling my whole life with his words
    Killing me softly with his song


    Roberta Flack
    MATÁNDOME SUAVEMENTE
    de Charles Fox  y Norman Gimbel  

    Removiendo mi dolor con sus dedos 
    cantando mi vida con sus palabras, 
    matándome suavemente con su canción, 
    matándome suavemente con su canción, 
    Contando toda mi vida con sus palabras, 
    matándome suavemente con su canción. 

    Me dijeron que cantaba una buena canción,
    que la cantaba con estilo, 
    así que vine a ver y escucharle un rato. 
    Y ahí estaba este muchacho, 
    un extraño ante mis ojos. 

    Removiendo mi dolor con sus dedos 
    cantando mi vida con sus palabras, 
    matándome suavemente con su canción, 
    matándome suavemente con su canción, 
    Contando toda mi vida con sus palabras, 
    matándome suavemente con su canción. 

    Me sonrojé tanto hasta sentir fiebre, 
    avergonzada entre el público, 
    parecía haber encontrado mis cartas 
    y que las leía en voz alta. 
    Pedí a Dios que acabara por fin, 
    pero él continuaba. 

    Removiendo mi dolor con sus dedos 
    cantando mi vida con sus palabras, 
    matándome suavemente con su canción, 
    matándome suavemente con su canción, 
    Contando toda mi vida con sus palabras, 
    matándome suavemente con su canción. 

    Cantaba como si me conociera 
    en todas mis penurias. 
    Y luego miró justo a través mío 
    como si yo no estuviera presente. 
    Y continuó cantando, 
    cantando claro y fuerte. 

    Removiendo mi dolor con sus dedos 
    cantando mi vida con sus palabras, 
    matándome suavemente con su canción, 
    matándome suavemente con su canción, 
    contando toda mi vida con sus palabras, 
    matándome suavemente con su canción.



    Perry Como
    KILLING ME SOFTLY


    Frank Sinatra
    Killing Me Sofly


    Agustín Lara / Piensa en mí / Luz Casal



    Luz Casal
    "Piensa en mí", de Agustín Lara



    Agustín Lara
    PIENSA EN MÍ

    Si tienes un hondo penar

    piensa en mí;
    si tienes ganas de llorar
    piensa en mí.


    Ya ves que venero
    tu imagen divina,
    tu párvula boca,
    que siendo tan niña,
    me enseñó a besar.

    Piensa en mí
    cuando sufras,
    cuando llores
    también piensa en mí.

    Cuando quieras
    quitarme la vida,
    no la quiero para nada,
    para nada me sirve sin ti.




    jueves, 29 de diciembre de 2016

    Pablo Neruda / Soneto XXV / Pedro Guerra





    Pablo Neruda
    SONETO XX
    Interpretación de Pedro Guerra


    Antes de amarte, amor, nada era mío:
    vacilé por las calles y las cosas:
    nada contaba ni tenía nombre:
    el mundo era del aire que esperaba.

    Yo conocí salones cenicientos,
    túneles habitados por la luna,
    hangares crueles que se despedían,
    preguntas que insistían en la arena.

    Todo estaba vacío, muerto y mudo,
    caído, abandonado y decaído,
    todo era inalienablemente ajeno,

    todo era de los otros y de nadie,
    hasta que tu belleza y tu pobreza
    llenaron el otoño de regalos.






    Andrea Roca / Juan Manuel Roca


    Juan Manuel Roca
    Bogotá, 2010
    Fotografía de Triunfo Arciniegas
    Andrea Roca


    Juan Manuel Roca


    29 de diciembre de 2016 

    Hoy hace 70 años nació mi gran amigo, aprendiz de padre y compañero de viaje vital. 
    Y celebro su vida, su coherencia, su amor, su trabajo serio y juguetón, su palabra y toda la herencia a nuestro país y a quien lo ha conocido. 
    Nos has dado mucho. 
    Gracias niño-adulto, adulto-niño. 
    Gracias, papá poeta. 
    Te deseo toda la belleza y alegría.



    Jorge Drexler / Pedro Guerra / Cuídame


    Jorge Drexler / Pedro Guerra 
    Cuídame



    Cuida de mis labios
    Cuida de mi risa

    Llévame en tus brazos

    Llévame sin prisa

    No maltrates nunca mi fragilidad
    Pisaré la tierra que tú pisas
    Pisaré la tierra que tú pisas

    Cuida de mis manos
    Cuida de mis dedos
    Dame la caricia
    Que descansa en ellos

    No maltrates nunca mi fragilidad
    Yo seré la imagen de tu espejo
    Yo seré la imagen de tu espejo

    Cuida de mis sueños
    Cuida de mi vida
    Cuida a quien te quiere
    Cuida a quien te cuida

    No maltrates nunca mi fragilidad
    Yo seré el abrazo que te alivia
    Yo seré el abrazo que te alivia

    Cuida de mis ojos
    Cuida de mi cara
    Abre los caminos
    Dame las palabras

    No maltrates nunca mi fragilidad
    Soy la fortaleza de mañana
    Soy la fortaleza de mañana

    Cuida de mis sueños
    Cuida de mi vida
    Cuida a quien te quiere
    Cuida a quien te cuida

    No maltrates nunca mi fragilidad
    Yo seré el abrazo que te alivia
    Yo seré el abrazo que te alivia





    miércoles, 28 de diciembre de 2016

    León Valencia / Nadie se declara santista





    Nadie se declara santista

    "Sin carisma y sin talante reformista ha podido sortear la paz acudiendo a sus enormes habilidades estratégicas. Pero esas limitaciones han pesado bastante en las negociaciones y pesarán bastante en el posconflicto."

    "Santos no fue capaz de salir a decir desde un principio que habría impunidad, que un proceso de paz era imposible si no se le hacían concesiones judiciales a una guerrilla activa y poderosa; tampoco tomó la iniciativa desde el primer día para señalar que el propósito del acuerdo sería llevar a las Farc a la política con prerrogativas especiales y garantías. Le temía a las reacciones de la gente, no confiaba en la fuerza de su palabra, en la capacidad para convencer al pueblo de que una paz negociada implicaba verdaderos cambios, medidas extraordinarias."

    Gustavo Álvarez Gardeazábal / Los codos fríos



    Gustavo Álvarez Gardeazábal

    LOS CODOS FRIOS
     Publicada en ADN  diciembre 23  2016

    Aunque fue bisiesto y tuvo pascua marcial, este 2016 no resultó ni tan estruendoso ni tan inolvidable. Pero, pasaron tantas cosas, que a la hora de mirar para atrás apenas si alcanza a medirse que algunas sucedidas este año van a ser el origen de muchísimos garrotazos del futuro.
    Que en Gran Bretaña hubiese ganado el brexit, y alisten maletas para salir de Europa, puede terminar siendo tan influyente como que los islamistas hayan descubierto metodologías comunes y corrientes, y muy poco costosas, para causar el terror y seguir tratando de dominar el mundo al grito de Alá es grande.


    Que en Colombia se hubiese firmado la paz, que su presidente se haya ganado el premio Nobel y que con un cinismo desalmado se haya desobedecido el resultado de un plebiscito, puede significarnos el futuro para quienes sigan viviendo en este país. Tanto, como significativamente  resulta ser, visto con el paso de los meses, que Maduro haya resistido como gobernante inepto y la presidente del Brasil haya tenido que ser expulsada de su cargo.
    Este 2016 fue el año cuando Trump ganó y muchos caleños creen que va a gobernar a los Estados Unidos como a ellos les ha tocado ver manejar a Cali con Armitage. Pero también fue el año en que por fin se murió Fidel y en el que la reina Isabel cumplió 90 años y siguió campante.


    Duro pensar que va a ser de los colombianos con provocaciones tan peligrosas como el renacimiento de la oligarquía  y la cascada de tributos innecesarios a la clase media..Por haberlo advertido, han  llegado golpes y aplausos hasta esta columna .Pero en 2016 ningún médico fue capaz de explicarme por qué se me quedaron fríos los codos desde cuando me dio zika. ¡FELICES FIESTAS !



    Johnny Depp y Amber Heard pelean por la plata del divorcio

    Johnny Depp y Amber Heard

    Johnny Depp y Amber Heard 

    pelean por la plata del divorcio

    Ella le pide que le abone los siete millones de dólares que le debe a modo de compensación; él le exige que pague el costo del proceso judicial.

    Este divorcio, sin duda, ha sido la mejor actuación de Amber Heard.

    Por: Bang Showbiz
    22 DIC 2016 - 4:55 
    En agosto pasado Johnny Depp y Amber Heard llegaron a un acuerdo para cerrar el proceso de divorcio, cuyos términos disponían que el intérprete debía abonarle a su exmujer siete millones de dólares a modo de compensación. 

    martes, 27 de diciembre de 2016

    Lucia Berlin / Lavandería Ángel


    Lucia Berlin LAVANDERÍA ÁNGEL



    Un indio viejo y alto con unos Levi’s descoloridos y un bonito cinturón zuni. Su pelo blanco y largo, anudado en la nuca con un cordón morado. Lo raro fue que durante un año más o menos siempre estábamos en la Lavandería Ángel a la misma hora. Aunque no a las mismas horas. Quiero decir que algunos días yo iba a las siete un lunes, o a las seis y media un viernes por la tarde, y me lo encontraba allí.


    Con la señora Armitage había sido diferente, aunque ella también era vieja. Eso fue en Nueva York, en la Lavandería San Juan de la calle 15. Portorriqueños. El suelo siempre encharcado de espuma. Entonces yo tenía críos pequeños y solía ir a lavar los pañales el jueves por la mañana. Ella vivía en el piso de arriba, el 4-C. Una mañana en la lavandería me dio una llave y yo la cogí. Me dijo que si algún jueves no la veía por allí, hiciera el favor de entrar en su casa, porque querría decir que estaba muerta. Era terrible pedirle a alguien una cosa así, y además me obligaba a hacer la colada los jueves.

    La señora Armitage murió un lunes, y nunca más volví a la Lavandería San Juan. El portero la encontró. No sé cómo.

    Durante meses, en la Lavandería Ángel, el indio y yo no nos dirigimos la palabra, pero nos sentábamos uno al lado del otro en las sillas amarillas de plástico, unidas en hilera como las de los aeropuertos. Rechinaban en el linóleo rasgado y el ruido daba dentera.

    El indio solía quedarse allí sentado tomando tragos de Jim Beam, mirándome las manos. No directamente, sino por el espejo colgado en la pared, encima de las lavadoras Speed Queen. Al principio no me molestó. Un viejo indio mirando fijamente mis manos a través del espejo sucio, entre un cartel amarillento de PLANCHA 1,50 $ LA DOCENA y plegarias en rótulos naranja fosforito. DIOS, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR. Hasta que empecé a preguntarme si no tendría una especie de fetichismo con las manos. Me ponía nerviosa sentir que no dejaba de vigilarme mientras fumaba o me sonaba la nariz, mientras hojeaba revistas de hacía años. Lady Bird Johnson, cuando era primera dama, bajando los rápidos.

    Al final acabé por seguir la dirección de su mirada. Vi que le asomaba una sonrisa al darse cuenta de que también yo me estaba observando las manos. Por primera vez nuestras miradas se encontraron en el espejo, debajo del rótulo NO SOBRECARGUEN LAS LAVADORAS.

    En mis ojos había pánico. Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. Horrendas manchas de la edad, dos cicatrices. Manos nada indias, manos nerviosas, desamparadas. Vi hijos y hombres y jardines en mis manos. 

    Sus manos ese día (el día en que yo me fijé en las mías) agarraban las perneras tirantes de sus vaqueros azules. Normalmente le temblaban mucho y las dejaba apoyadas en el regazo, sin más. Ese día, en cambio, las apretaba para contener los temblores. Hacía tanta fuerza que sus nudillos de adobe se pusieron blancos.

    La única vez que hablé fuera de la lavandería con la señora Armitage fue cuando su váter se atascó y el agua se filtró hasta mi casa por la lámpara del techo. Las luces seguían encendidas mientras el agua salpicaba arcoíris a través de ellas. La mujer me agarró del brazo con su mano fría y moribunda y dijo: «¿No es un milagro?».

    El indio se llamaba Tony. Era un apache jicarilla del norte. Un día, antes de verlo, supe que la mano tersa sobre mi hombro era la suya. Me dio tres monedas de diez centavos. Al principio no entendí, estuve a punto de darle las gracias, pero entonces me di cuenta de que temblaba tanto que no podía poner en marcha la secadora. Sobrio ya es difícil. Has de girar la flecha con una mano, meter la moneda con la otra, apretar el émbolo, y luego volver a girar la flecha para la siguiente moneda.

    Volvió más tarde, borracho, justo cuando su ropa empezaba a esponjarse y caer suelta en el tambor. No consiguió abrir la portezuela, perdió el conocimiento en la silla amarilla. Seguí doblando mi ropa, que ya estaba seca.

    Ángel y yo llevamos a Tony al cuarto de la plancha y lo acostamos en el suelo. Calor. Ángel es quien cuelga en las paredes las plegarias y los lemas de AA. NO PIENSES Y NO BEBAS. Ángel le puso a Tony un calcetín suelto húmedo en la frente y se arrodilló a su lado.

    —Hermano, créeme, sé lo que es... He estado ahí, en la cloaca, donde estás tú. Sé exactamente cómo te sientes.

    Tony no abrió los ojos. Cualquiera que diga que sabe cómo te sientes es un iluso.

    La Lavandería Ángel está en Albuquerque, Nuevo México. Calle 4. Comercios destartalados y chatarrerías, locales donde venden cosas de segunda mano: catres del ejército, cajas de calcetines sueltos, ediciones de Higiene femenina de 1940. Almacenes de cereales y legumbres, pensiones para parejas y borrachos y ancianas teñidas con henna que hacen la colada en la lavandería de Ángel. Adolescentes chicanas recién casadas van a la lavandería de Ángel. Toallas, camisones rosas, braguitas que dicen «Jueves». Sus maridos llevan monos de faena con nombres impresos en los bolsillos. Me gusta esperar hasta que aparecen en la imagen especular de las secadoras. «Tina», «Corky», «Junior».

    La gente de paso va a la lavandería de Ángel. Colchones sucios, tronas herrumbrosas atadas al techo de viejos Buick abollados. Sartenes aceitosas que gotean, cantimploras de lienzo que gotean. Lavadoras que gotean. Los hombres se quedan en el coche bebiendo, descamisados, y estrujan con la mano las latas vacías de cerveza Hamm’s.

    Pero sobre todo son indios los que van a la lavandería de Ángel. Indios pueblo de San Felipe, Laguna o Sandía. Tony fue el único apache que conocí, en la lavandería o en cualquier otro sitio. Me gusta mirar las secadoras llenas de ropas indias y seguir los brillantes remolinos de púrpuras, naranjas, rojos y rosas hasta quedarme bizca.

    Yo voy a la lavandería de Ángel. No sé muy bien por qué, no es solo por los indios. Me queda lejos, en la otra punta de la ciudad. A una manzana de mi casa está la del campus, con aire acondicionado, rock melódico en el hilo musical. New Yorker, Ms., y Cosmopolitan. Las esposas de los ayudantes de cátedra van allí y les compran a sus hijos chocolatinas Zero y Coca-Colas. La lavandería del campus tiene un cartel, como la mayoría de las lavanderías, advirtiendo que está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO LAVAR PRENDAS QUE DESTIÑAN. Recorrí toda la ciudad con una colcha verde en el coche hasta que entré en la lavandería de Ángel y vi un cartel amarillo que decía: AQUÍ PUEDES LAVAR HASTA LOS TRAPOS SUCIOS.

    Vi que la colcha no se ponía de un color morado oscuro, aunque sí quedó de un verde más parduzco, pero quise volver de todos modos. Me gustaban los indios y su colada. La máquina de Coca-Cola rota y el suelo encharcado me recordaban a Nueva York. Portorriqueños pasando la fregona a todas horas. Allí la cabina telefónica estaba fuera de servicio, igual que la de Ángel. ¿Habría encontrado muerta a la señora Armitage si hubiera sido un jueves?

    —Soy el jefe de mi tribu —dijo el indio. Llevaba un rato allí sentado, bebiendo oporto, mirándome fijamente las manos.

    Me contó que su mujer trabajaba limpiando casas. Habían tenido cuatro hijos. El más joven se había suicidado, el mayor había muerto en Vietnam. Los otros dos eran conductores de autobuses escolares.

    —¿Sabes por qué me gustas? —me preguntó.

    —No, ¿por qué?

    —Porque eres una piel roja —señaló mi cara en el espejo. Tengo la piel roja, es verdad, y no, nunca he visto a un indio de piel roja.

    Le gustaba mi nombre, y lo pronunciaba a la italiana. Lu-chí-a. Había estado en Italia en la Segunda Guerra Mundial. Cómo no, entre sus bellos collares de plata y turquesa llevaba colgada una placa. Tenía una gran muesca en el borde.

    —¿Una bala?

    No, solía morderla cuando estaba asustado o caliente.

    Una vez me propuso que fuéramos a echarnos en su furgoneta y descansáramos juntos un rato.

    —Los esquimales lo llaman «reír juntos» —señalé el cartel verde lima, NO DEJEN NUNCA LAS MÁQUINAS SIN SUPERVISIÓN.

    Nos echamos a reír, uno al lado del otro en nuestras sillas de plástico unidas. Luego nos quedamos en silencio. No se oía nada salvo el agua en movimiento, rítmica como las olas del océano. Su mano de buda estrechó la mía.

    Pasó un tren. Me dio un codazo.

    —¡Gran caballo de hierro! —y nos echamos a reír otra vez.

    Tengo muchos prejuicios infundados sobre la gente, como que a todos los negros por fuerza les ha de gustar Charlie Parker. Los alemanes son antipáticos, los indios tienen un sentido del humor raro. Parecido al de mi madre: uno de sus chistes favoritos es el del tipo que se agacha a atarse el cordón del zapato, y viene otro, le da una paliza y dice: «¡Siempre estás atándote los cordones!». El otro es el de un camarero que está sirviendo y le echa la sopa encima al cliente, y dice: «Oiga, está hecho una sopa». Tony solía repetirme chistes de esos los días lentos en la lavandería.

    Una vez estaba muy borracho, borracho violento, y se metió en una pelea con unos vagabundos en el aparcamiento. Le rompieron la botella de Jim Beam. Ángel dijo que le compraría una petaca si iba con él al cuarto de la plancha y le escuchaba. Saqué mi colada de la lavadora y la metí en la secadora mientras Ángel le hablaba de los doce pasos.

    Cuando salió, Tony me puso unas monedas en la mano. Metí su ropa en una secadora mientras él se debatía con el tapón de la botella de Jim Beam. Antes de que me diera tiempo a sentarme, empezó a hablar a gritos.

    —¡Soy un jefe! ¡Soy un jefe de la tribu apache! ¡Mierda!

    —Tú sí que estás hecho mierda —se quedó sentado, bebiendo, mirándome las manos en el espejo—. Por eso te toca hacer la colada, ¿eh, jefe apache?

    No sé por qué lo dije. Fue un comentario de muy mal gusto. A lo mejor pensé que se reiría. Y se rio, de hecho.

    —¿De qué tribu eres tú, piel roja? —me dijo, observándome las manos mientras sacaba un cigarrillo.

    —¿Sabes que mi primer cigarrillo me lo encendió un príncipe? ¿Te lo puedes creer?

    —Claro que me lo creo. ¿Quieres fuego? —me encendió el cigarrillo y nos sonreímos. Estábamos muy cerca uno del otro, y de pronto se desplomó hacia un lado y me quedé sola en el espejo.

    Había una chica joven, no en el espejo sino sentada junto a la ventana. Los rizos de su pelo en la bruma parecían pintados por Botticelli. Leí todos los carteles. DIOS, DAME FUERZAS. CUNA NUEVA A ESTRENAR (POR MUERTE DE BEBÉ).

    La chica metió su ropa en un cesto turquesa y se fue. Llevé mi colada a la mesa, revisé la de Tony y puse otra moneda de diez centavos. Solo estábamos él y yo. Miré mis manos y mis ojos en el espejo. Unos bonitos ojos azules.

    Una vez estuve a bordo de un yate en Viña del Mar. Acepté el primer cigarrillo de mi vida y le pedí fuego al príncipe Alí Khan. «Enchanté», me dijo. La verdad es que no tenía cerillas.

    Doblé la ropa y cuando llegó Ángel me fui a casa.

    No recuerdo en qué momento caí en la cuenta de que nunca volví a ver a aquel viejo indio.

    Lucia Berlin
    Manual para mujeres de la limpieza