martes, 30 de junio de 2015

James Salter / Años luz / Reseña de Rafael Narbona

SALTER 5

JAMES SALTER

AÑOS LUZ 

Por Rafael Narbona

James Salter / Años luz / Fragmento


James Salter
Años luz
Fragmento
Traducción de Jaime Zulaika

PRIMERA PARTE

1



Surcamos el río negro, sus bancos lisos como piedras. Ni un barco, ni un bote, ni una mota de blanco. El viento ha roto, agrietado la superficie del agua. Es ancho, interminable este gran estuario. El río es salobre, azul por el frío. Discurre borroso por debajo de nosotros. Las aves marinas que lo sobrevuelan giran y desaparecen. Surcamos velozmente el ancho río, un sueño del pasado. Rebasadas sus aguas profundas, el fondo empalidece la superficie, traspasamos los bajíos, las embarcaciones varadas en la playa para pasar el invierno, los embarcaderos desolados. Y, alados como gaviotas, nos elevamos, viramos, miramos atrás.

lunes, 29 de junio de 2015

James Salter / Las orillas de la ambición

Las orillas de la ambición

JOSÉ MARÍA GUELBENZU 7 JUN 2003

La guerra de Corea sirvió a James Salter para escribir su primera novela, Pilotos de caza. A través de dos hombres se rastrean las trampas de la búsqueda del triunfo.
Ésta es la primera novela de James Salter, autor de la extraordinaria novela Años luz (El Aleph, 2000) y representa muy bien el inicio de un escritor. Salter fue piloto de caza y combatió en Corea antes de volver a la vida civil y dedicarse a la literatura. Su primera novela es característica porque toma como punto de partida su propia experiencia, la reordena para extraer de ella una idea del mundo y construye desde ahí una historia de apariencia muy sencilla, casi brusca, pero literariamente elaborada, elaborada a conciencia. Lo normal es que un autor se aferre más a su experiencia y la trabaje casi documentalmente que lo contrario: que la saque del mundo de lo real para reinventarla en el mundo de lo específicamente literario. La capacidad de Salter de alcanzar en su primer libro este último fin lo dice todo en su favor.

PILOTOS DE CAZA

James Salter
Traducción de Eduardo Chamorro
El Aleph. Barcelona, 2003
256 páginas. 19,50 euros
Estamos en la guerra de Corea. La ambición de todo piloto es la de conseguir cinco estrellas rojas, lo que significa cinco aviones enemigos derribados. Esas estrellas son la barrera que separa a los ases del resto de pilotos de caza. El capitán Cleve Connell llega como veterano para hacerse cargo de una escuadrilla que aún no ha conseguido un solo derribo. Llega tras un viaje que le hace sentirse "cada vez más insignificante y mortal, como un nadador que se alejara continuamente de la costa", pero "había apostado por la guerra y era presa de una gran excitación" y sabía también que "su capacidad para la aviación formaba parte de su carácter más que de su formación técnica". Agrupa en su entorno a su escuadrilla, que le recibe con la esperanza y respeto que concita un veterano. Sin embargo, dos sucesos comienzan a minar su moral; el primero, la falta de resultados: no hay derribos; el segundo, la llegada de un joven alférez que tiene la suerte de cara y la audacia y los modos del "listo", como le define uno de sus compañeros. Cuando Pell, el "listo", derriba su primer avión, el lado negativo del carácter de Connell se acentúa: "Ahora llevaba una cuenta muy ajustada de las mañanas que antes había desperdiciado y eran demasiadas las ocasiones en las que se encontraba pensando en infortunios".

James Salter / El cielo sobre Pekín

James Salter

BIOGRAFÍA

El cielo sobre Pekín

JACINTO ANTÓN 16 ABR 2002


'Quizás fue ése el día en que vi mi primer MIG, plateado y abrupto, pasando sobre nosotros, completo en cada extraño detalle, silencioso como un tiburón'. Pensaba estremecido en ese párrafo de Burning the days, las bellísimas memorias del tan de moda escritor norteamericano James Salter (Años luz, Juego y distracción, Anochecer), novelista y piloto de guerra -un derribo confirmado y otro probable en Corea-,mientras me dirigía en taxi, atravesando todo Pekín, hacia el Museo del Ejército chino y mi sueño de reactores.
Habrá quien piense que dedicar un día en Pekín a visitar su museo militar, aunque exhiba históricos cazas a reacción, es una pérdida de tiempo. Pero ello no me impidió subirme al espinazo de la Gran Muralla, adquirir viejas monedas de bronce ni admirar un extraño tipo de miriápodo en la balaustrada de una tumba imperial.

El rastro de un mítico caza a reacción MIG lleva hasta China pasando por la literatura del norteamericano James Salter
En fin, los reactores: mi primer avión fue precisamente un MIG, un MIG-15, el aparato creado en 1948 por los ingenieros Mikoyan y Gurevivich (MIG) y que tras su exitoso paso por la guerra de Corea adquirieron 40 países del bloque comunista. Un MIG-15, sí, un ángel demoniaco de alas en flecha, inasible, letal, como los que perseguían velozmente en los ardientes cielos sobre el río Yalu James Salter y su alter ego Cleve Conell, el protagonista de The hunters, una de mis novelas favoritas.
The hunters, en la que Salter plasmó sus experiencias, es la historia de un piloto en la guerra de Corea, la primera de la historia en la que se enfrentaron reactores: los MIG de factura soviética -y a menudo pilotados por chinos y rusos- contra los F-86 Sabre norteamericanos. El protagonista, Conell, sueña con estar a la altura (cosa lógica en un aviador), demostrar su habilidad, derribar MIG y convertirse en un as. En realidad, encontrar en sí mismo la pizca extra de coraje que marca la diferencia entre los hombres.

domingo, 28 de junio de 2015

James Salter / La buena vida y las letras

James Salter
Fotografía de Michael Lionstar

James Salter

BIOGRAFÍA

La buena vida y las letras

ABC | ARTE Y ENTRETENIMIENTO
20 de junio de 2015
En su introducción a «The Collected Stories of James Salter» (2013), el irlandés John Banville (Wexford, 1945) arranca celebrando la maestría del norteamericano para «conseguir uno de los efectos más complejos de la literatura: describir la realidad de todos los días». Banville -con quien Salter compitió cabeza a cabeza por el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2014- lo ubica junto a Chéjov, Flaubert y al cotidiano y epifánico Joyce de «Dublineses». Pero, también, dentro de un contexto «made in USA», Salter (1925-2015) resulta alguien aún más interesante.

Ulises Gonzales / James Salter en Manhattan

«James Salter en Manhattan»


Un encuentro con el más famoso de los escritores no famosos

Por Ulises Gonzales


En sus memorias, Quemar los días (1997), James Salter menciona su primera cena en París. En esta, entre catorce invitados, hay una mujer bellísima: una actriz peruana con un vestido negro de seda. Tan hermosa que uno de los invitados, mayor que ella, la toma del brazo, se la lleva a un lado y le dice «No sé quién te habrá acompañado aquí esta noche. Pero sí sé que no te vas a ir con él. Eso es definitivo». Han pasado 50 años desde aquella noche. En ese lapso, Salter ha escrito algunas novelas y cuentos bastante celebrados. Un perfil publicado recientemente en The New Yorker lo consagra como el más famoso entre los escritores no famosos. El 10 de junio cumplió 88 años. Se le ve bien y la memoria no le falla. Antes de hablar de sus libros, se me ocurre preguntarle si recuerda a aquella peruana. «Claro que la recuerdo. Era la esposa de Mickey Knox (el actor que interpreta al mafioso Matty Parisi en El Padrino III). Era una de dos hermanas peruanas. La otra hermana se casó con Norman Mailer. No sé si sabes la historia: Mailer la apuñaló. Una discusión en la cocina, cogió un cuchillo y se lo metió por un costado. Eso fue hace mucho tiempo. Bellísima. Todas las mujeres son bellas en Perú –me interroga con sus ojos azules, muy abiertos–, ¿no es cierto?». En una escena de su última novela, All That Is (2013, aún inédita en español), dos de los personajes debaten el nombre para bautizar a una niña. Uno de los protagonistas menciona uno que podría sonar exótico para los lectores anglosajones: Quisqueya. Cuando se le pide explicaciones sobre el origen del nombre, el personaje responde: «Es de una princesa peruana». Le pregunto a Salter si existe algún tipo de relación entre él y el Perú. «Ninguna. Tal vez muy dentro de mi subconsciente», responde. Me mira con curiosidad.
Casi no ha estado en Latinoamérica. Hace algunos años pasó por Brasil, para promocionar una traducción al portugués. Ha visitado México, de joven, en aventuras con amigos y mujeres, alcohol y peleas que describe con detalle en 00000000. «Glamoroso y romántico» son las palabras que salen de su boca cuando le pregunto cómo se imagina nuestro continente. «Conozco Sudamérica por sus escritores y por su música». Menciona los nombres de tres países: Chile, Argentina, Brasil. «¿El Perú es seguro?».
Conoce la literatura española gracias a una intensa pasión de juventud por Federico García Lorca. «Su vida es un maravilloso marco para su obra. Me gustan las cosas que él percibe y que él quiere. Escribe de modo muy simple y asumo que sus traducciones son bastante buenas. Y lo he leído en español, en esas ediciones bilingües. Así obtienes más de la lectura. Yo lo amo». Ha leído algún texto de Vargas Llosa pero ninguna de sus novelas.
Las obras de Salter casi siempre están ubicadas en los territorios que conoce bien, en los Estados Unidos, con una maravillosa excepción: Un juego y un pasatiempo. La novela fue rechazada varias veces, antes de que un editor entendiera sus cualidades. Apenas fue publicada, se transformó en un libro clave de su obra, y su popularidad creció recomendada de boca en boca. La historia transcurre en los pueblos franceses de provincia, mientras un joven norteamericano viaja con una francesita deliciosa viviendo incontables experiencias, muchas de ellas eróticas. «Europa es diferente. Al menos para un norteamericano. Yo era muy joven entonces y los europeos marcaron en mí una gran impresión. Además, viví allí algunos romances».
Salter nació en Passaic, New Jersey, en 1925, pero vivió en Manhattan desde muy pequeño. Fue hijo único de una familia donde el dinero no faltaba. Además de una cabaña en las montañas de Colorado, hoy tiene una pequeña casa cerca de la playa, al final de Long Island, a dos horas de la ciudad. Le gusta la buena vida que comparte con su segunda esposa, pero sin ostentación. Le gusta el hogar: «Estar en la cama con tu mujer, con las sábanas limpias durante una noche bella: no hay nada mejor que eso». Trabaja en cualquier sitio donde haya calma, pero prefiere hacerlo en casa.
Si bien ha escrito guiones para el cine (trabajó un tiempo para Robert Redford y habla de él con respeto, aunque nunca se refiere con cariño a su experiencia como guionista), y ha publicado varios libros de cuentos y algunas novelas; la experiencia más importante de su vida no ha sido la literatura, sino sus años como piloto en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Alguno de ellos, durante la Guerra de Corea. En sus memorias suele describir las emociones que le brinda la escritura como experiencias menores comparadas con la adrenalina que le provocaba volar: «Ayer vinimos de Houston. Estuve dando una lectura en Texas. Es verano allí. Un verano muy caliente. Tenía un asiento con ventana. Sucede que el asiento estaba a unos dos metros y medio de la turbina del avión. Era una superficie pulida, de aluminio. Allí todas las piezas de la máquina se juntan de un modo perfecto, como en un reloj. Y esa superficie brilla con los rayos del sol. Y el avión empieza a despegar. Y ¿sabes? Casi sentí como si yo estuviera otra vez volando el avión. Eso es lo que sucede en esos aviones cuando tú eres piloto. Quiero decir, yo no estaba encima del motor, pero sí muy cerca. Y sentía que ese rugido de la turbina se desplegaba sobre mí, como si estuviera en el océano. Esa era la vida. Al fin y al cabo, yo viví aquella experiencia durante doce años. Volar: aquella parte de la vida es maravillosa. Pero tú sabes que eso no dura para siempre. Llega un punto, como también le llega a un jugador de béisbol, en que tienes que detenerte y hacer otra cosa. Yo no había llegado ahí aún, pero sabía que no quería esperar a alcanzarlo. Además, siempre tuve dentro de mí, latente, el deseo de escribir. Había escrito algunas cosas. Escribí poemas de niño, había escrito cuentos, inclusive una novela –que no era muy buena y me la rechazaron–. Decidí que había llegado el momento de convertirme en escritor… aunque me sentí muy mal cuando lo hice. Durante dos o tres años no pude escribir nada. Es decir, sí escribía, pero nada que tuviera algún valor. Me sentía fuera de lugar. Además, sabía que mis compañeros seguían volando. Fue una decisión difícil. Es como pedir el divorcio. No quieres hacerlo pero dentro de ti sabes que tienes que hacerlo, que no hay otra alternativa. Es una situación muy emotiva. Un día le dije a mi esposa lo que quería hacer. Se lo conté a otro piloto, un gran compañero. Esperé un tiempo, lo pensé mucho. Finalmente renuncié a la Fuerza Aérea. Y aquí sigo».
La emoción de sus novelas se construye frase a frase. Salter ha vivido muchos años con el apodo de «maestro de la frase perfecta». En aquel perfil de The New Yorker que lo ha puesto otra vez en la boca de los neoyorquinos, Salter confiesa que con sus novelas quiere demostrar que también es capaz de escribir escenas e historias memorables. All That Is es memorable. «Sabía que quería escribir una historia que abarcara desde el período de la Segunda Guerra Mundial hasta más o menos la época actual. Conozco personas en la Marina y he escuchado las historias que me contaron. Sé bastante acerca del Océano Pacífico, así que sitúo el comienzo de la novela allí».
All That Is empieza en el mar. Salter nos obliga a mirar el conflicto desde ambos bandos. Estados Unidos está a punto de desembarcar en Okinawa. Nos da detalles de las fuerzas imperiales, nos habla de los hombres y mujeres que han saltado al vacío para no ser derrotados, y de los sacrificios que los japoneses están dispuestos a pagar antes de ser vencidos. En ese retrato gigante de la guerra, narrado casi con la misma precisión relojera con la que describe la maquinaria de un avión de combate, el escritor conmina al lector a fijarse en los seres humanos que desfilan por las páginas: vemos a Kimmel saltando al mar cuando los kamikazes se lanzan sobre la flota norteamericana; sabemos que será rescatado, que su nuevo barco será hundido, que volverá a naufragar y que lo volverán a rescatar. Sabemos que este personaje irá por la vida contando los hechos acontecidos durante estas pocas horas de un solo día, los que definieron su biografía. Salter hace que también nos fijemos en su compañero de camarote, otro joven soldado que sobrevive a la batalla naval con el mismo pánico y que recuerda muy bien a ciertas muchachas que encuentra, mientras está uniformado. Ese soldado se llama Philip Bowman, y es el protagonista que regresará a Manhattan y se convertirá en editor. Se casará, será infiel, se volverá a enamorar, será traicionado, traicionará, y volverá a enamorarse mientras cae la nieve en Nueva York.
La novela avanza como un tren con paradas. Bowman sigue siempre en el tren, otros personajes se bajan en las distintas estaciones y Salter los sigue por unas páginas, nos cuenta detalles de su vida y, poco a poco, estos personajes se desvanecen. Capítulo tras capítulo, el narrador amenaza con abandonar también a Bowman, mas nunca lo hace. Este conoce a una muchacha: una belleza sureña con rancho y caballos. Se casan, a pesar de que ambas familias predicen el desastre. Al finalizar la relación, Bowman acepta vivir la vida según viene y lo vemos avanzar: es un hombre bueno. Vemos también las relaciones intensas en las que parece comprometerse y asistimos a la lenta disolución de las emociones que lo unen con ellas. Conoce a una mujer en un taxi y se enamora. Compran una casa cerca de la playa. La relación progresa sin mayores tropiezos y entonces… hay un giro inesperado. Constatamos: lo han agarrado de idiota. Bowman deambula por la novela, el lector cree que se merece mejor suerte. La suerte llega, y de repente él hace algo que no pensábamos que fuera capaz de hacer. El lector asiente, complacido.
Al preguntarle a Salter sobre dos episodios principales de su novela, me hace ver, con energía, que yo no he entendido al personaje. Me explica las motivaciones de Bowman como si fuera un padre aleccionando a su hijo. Es delicioso escucharlo mencionar los detalles que llevaron a su prota-gonista a actuar de determinada manera, a enamorarse otra vez, o, según yo, a buscar revancha. Me repite el argumento, frases enteras, me dirige hacia donde él quiere llevar a sus lectores: «Sucedió. Fue un accidente. Y (a Bowman) empieza a parecerle, con cierta claridad, que él podría hacer lo que hace. No creo que hubiera ningún cálculo largo y siniestro. Digamos, no se tumbó y esperó por su nueva mujer, como una araña. Jugó con ella. De allí llegaron a, digamos, un acto sexual no muy claro. Es decir, sucedió, pero ninguno de los dos estaba demasiado involucrado. Y es entonces que le vino la idea. Nada siniestro. ¿No fue muy bonito lo que hizo? Supongo que no. ¿Es algo horrible? ¡Sucede todos los días! Me sorprende la reacción emocional de los lectores. Sé que es un poco chocante, cuando lo lees, porque no te lo esperas. Casi te esperas que se enamoren. Pero si lees con cuidado, te darás cuenta que él sabe que no se va a enamorar. Y entonces sucede lo que sucede».
Salter ha mencionado, en sus memorias, la frustración que le provocó, en algún momento, la escasa aceptación popular de sus obras. La única novela que le brindó buenas regalías, suficientes para escribir sin preocuparse por un par de años, fue Pilotos de caza, que fue llevada al cine (adaptación con la que nunca estuvo de acuerdo y de la cual prefiere no hablar). Si bien tuvo siempre presente el deseo de convertirse en escritor, lo hizo no para ser uno más, sino para brillar. «Uno escribe para recibir elogios. Escribe para alcanzar la gloria. Tú quieres escribir y que la gente lea lo que escribiste y que admire tu escritura. Pero los elogios son solo una evidencia de la gloria. No es lo real. El verdadero placer es cuando se te acerca un lector que te dice algo acerca de tu obra e inmediatamente reconoces que esa es la persona para quien tú escribes».
Pilotos de caza es un recuento de las aventuras de un batallón de aviadores en Corea. La escribió aún siendo piloto, a escondidas, porque temía que los otros soldados lo menospreciaran. Dice que «ni siquiera leía en público», temeroso de ser señalado como un intelectual. Como siempre escribió con seudónimo –su verdadero apellido, judío, es Horowitz–, cuando sus compañeros se dieron cuenta de que Pilotos de caza estaba siendo publicada por entregas en una revista literaria, nadie sospechó de él. «Incluso después de abandonar la Fuerza Aérea, yo pensaba que había algo vergonzoso en querer dedicar mi vida solo a estar sentado y escribir».
El primer rechazo editorial de Un juego y un pasatiempo lo hundió en una depresión: le había dedicado mucho tiempo y se había convencido de que se trataba de una gran historia. Algo similar ha pasado con sus siguientes libros. Salter ha ganado premios importantes (All That Is es una favorita para el Pulitzer), si bien jamás ha alcanzado la popularidad en las ventas de otros escritores que admira, como Bellow, como Hemingway, como Faulkner. Sin embargo, su obra sigue entusiasmando a quienes lo descubren. «El estilo deslumbra y sin embargo es sigiloso, como una lente poderosa y limpísima», escribe uno de los últimos conversos, Antonio Muñoz Molina. El escritor español, que vive en Nueva York, había comprado una de sus novelas (Años luz) pero no la abrió. No sabía nada de su autor, apenas un comentario favorable de un amigo suyo. Redescubrió aquel libro durante el invierno, refundido en un estante. Lo leyó en una noche y entonces no pudo dejar de leer todo lo que consiguió del escritor. Entonces escribió el artículo en El País («Noches leyendo a James Salter») que hizo que en las siguientes semanas se agotaran sus libros en España.
Salter manifiesta interés. «¿Qué dice ese artículo?». «Que todos aquellos que quieran ser buenos escritores deberían de leerlo». «¿Solo eso? Debe ser un artículo muy corto». Dice que quisiera conocer a Muñoz Molina. «Tal vez tomarnos un trago», sugiere, mientras se pone los anteojos e intenta leer El País en el iPhone (pronto desiste al ver que es demasiado extenso).
Ha pasado casi una hora de entrevista y Salter se levanta: tiene otros compromisos. Le pregunto si necesita un taxi. Dice que ha llegado caminando y que se irá del mismo modo. Lo hace erguido, con elegancia. Afirma que le agrada el ambiente escogido para nuestro encuentro: el Amster Yard del Instituto Cervantes. «¡Viva Cervantes!», nos dice en su mal pronunciado español. Y avanzando por una vereda de Manhattan, Salter se va.
*Agradecimiento especial al escritor Héctor Velarde.

Ulises Gonzales (Lima, 1972) tiene una maestría en Literatura inglesa por Lehman College, donde es catedrático. Ha publicado ensayos y relatos en publicaciones de distintos países, así como la novela País de hartos.




Fernandoi Savater / Americanos inquietos

James Salter

Americanos inquietos

FERNANDO SAVATER 8 JUN 2010


Con motivo del fallecimiento de Dennis Hopper -que a fin de cuentas no ha muerto de cirrosis o sobredosis, sino de cáncer de próstata como usted o como yo- es buen momento para recordar al easy rider original de la narración americana, Jack Kerouac. El original de En la carretera,ahora rescatado en buena traducción as usual de Jesús Zulaika por Anagrama, fue mecanografiado como un párrafo único de una extensión equivalente a 400 páginas en un larguísimo rollo continuo de papel ajustado al carro de la máquina (muchos años después Juan Benet hizo algo parecido en Una meditación). Esta versión no disfraza los verdaderos nombres de los protagonistas -Neal Cassady, Allen Ginsberg, William Borroughs, etcétera...- ni alivia con puntos y aparte el vértigo rítmico del relato, como en el texto oficial que se editó. Lo leí -lo leímos- hace más de 30 años y ahora volvemos a encontrarlo todo, pero mejor: la agobiante celeridad del vagabundeo, la fascinación por el príncipe que más destroza y menos retiene, las largas veladas incómodas y borrachas, la inquietud del deseo que casi nunca se remansa en goce, las chicas que se desvanecen con los demás, los chicos que se descuelgan, la vida como pasmo y perdición.

A mí me parece haber estado también hace años en la carretera, al modo de Jack Kerouac
También Anagrama publica como complemento Kerouac en la carretera,una gavilla de ensayos de Howard Cunnell y otros que procuran ilustrar aspectos de ese libro clásico del pasado siglo -quizá aún más en lo vital que en lo meramente literario- así como aspectos históricos y biográficos de la generación beat en que se encuadra. Sin dudar de su interés para los más fanáticos del autor y sus amigos, a mí me resulta más significativo como complemento otro libro autobiográfico de un coetáneo: Quemar los días (Salamandra), de James Salter, que nació tres años después de Kerouac y publicó estas especialísimas memorias en 1997, cuando el beat llevaba ya casi 30 muerto.
En Quemar los días Salter recuerda fugazmente a Kerouac como un ex alumno que venía ocasionalmente para reforzar en los partidos importantes el equipo de fútbol americano de su colegio en Riverdale, "fornido y veloz, paticorto, parecía una especie de matón. Para recibir una pelota se echaba atrás y una vez la tenía salía disparado como una flecha". La sorpresa fue que el aguerrido jugador también mandaba de vez en cuando relatos literarios a la revista colegial... Salter no habló nunca con él, le admiraba de lejos. La trayectoria biográfica que cuenta en Quemar los días es mucho menos localista que la de Kerouac y evidentemente menos autodestructiva: termina asegurando "su gran deseo de seguir viviendo" y por el momento lo consigue, ya con 85 años. Su relato es cándido y lírico, aventurero, rico en batallas aéreas sobre los cielos de Corea y de fascinación por Europa: Francia, Inglaterra, Italia... Se cruza con muchos hombres más o menos conocidos (también Dennis Hopper aparece un instante, aunque para mal) y con aún más mujeres, a las que visita y rememora con envidiable entusiasmo carnal. Otro tipo de inquietud, menos obsesiva que la de losbeat y literariamente más lograda, aunque quizá menos intensa y emocionante.
A pesar de la enorme distancia en el tiempo y el espacio, a mí me parece haber estado también hace muchos años en la carretera, al modo de Jack Kerouac. Siento mucha más desazón que nostalgia al rememorarlo. Fue casi una pesadilla, pero necesaria: la vacuna contra cualquier solemnidad de lo respetable. No el alocamiento previo a convertirse en persona de provecho, sino el entrenamiento para no llegar a serlo jamás. Nadie nunca me quitará de la cabeza ese concepto anticuado y probablemente estéril de que en ello, y en lograr sobrevivir a ello, consiste el encanto aciago de la juventud.



sábado, 27 de junio de 2015

James Salter / Polvo

"Era como un animal que todos codiciaban"
James Salter
BIOGRAFÍA
POLVO

Billy estaba bajo la casa. Hacía fresco allí, olía a tierra que llevaba cincuenta años sin remover. Una especie de polvo rancio se filtró a través de las tablas del suelo y cayó como lluvia sobre su cara. Lo escupió. Ladeó la cabeza, subió el brazo con cuidado y con la manga de la camisa se limpió al- rededor de los ojos. Giró la cabeza hacia la franja de luz natural que delimitaba el borde de la casa. Podía ver las piernas de Harry expuestas al sol: éste, de vez en cuando, con un gruñido, se arrodillaba para inspeccionar cómo iba todo allí abajo. 

viernes, 26 de junio de 2015

James Salter / El cometa

Amor de penumbra
Fernando Maldonado
James Salter
BIOGRAFÍA
EL COMETA



Philip se casó con Adele un día de junio. Estaba nublado y hacía viento. Después salió el sol. Había pasado bastante tiempo desde la primera boda de Adele, que vestía en blanco: zapatos de salón blancos con tacón bajo, falda larga blanca ceñida a las caderas, blusa blanca vaporosa con sujetador blanco debajo, y un collar de perlas de agua dulce. Se casaron en la casa que ella había obtenido con el divorcio. Todos sus amigos estuvieron presentes. Adele creía en la amistad. En la sala no cabía un alfiler.

- Yo, Adele -dijo con voz clara-, me entrego a ti, Phil, enteramente como esposa…

jueves, 25 de junio de 2015

Jacinto Antón / La abubilla del solsticio

James Salter

La abubilla del solsticio

Rescate de urgencia de un ave la víspera de Sant Joan. Los pájaros sufren especialmente el estrés de las verbenas



La abubilla rescatada junto al Park Güell.
Impactado aún por la triste noticia de la muerte de James Salter, el gran escritor estadounidense que fue piloto de guerra y nos dejó algunas de las más hermosas páginas sobre el vuelo de toda la literatura, me encontré ayer un ave herida en la calle. Era imposible no asociar ambos hechos, aunque es harto improbable que exista una relación.
En el gran libro de Salter sobre la aviación, la novela The hunters (Pilotos de caza, El Aleph, 2003), llevado al cine con Robert Mitchum, el protagonista, Cleve Connell, es abatido por los Migs 15 rusos en el cielo de Corea y su reactor F-86 Sabre cae del firmamento con un ala desprendida, en una profunda trayectoria cerca del río Yalu girando una y otra vez como una hoja de olmo. Cleve, un hombre que arrastra una herida en el alma, un mal de vivre que solo se le pasa volando, ha conseguido en la misión anterior derribar al temido as ruso de fuselaje marcado con rayas negras al que los aviadores estadounidenses conocen como Casey Jones, pero le ha atribuido el éxito a un camarada muerto. The hunters es una novela desesperada (“my ambition is not to fail”), que produce una honda melancolía en contraste con la fulgurante imagen de los reactores -— “pesados ángeles enviados para probar el valor de los hombres”— enzarzados en combate sobre unos cielos tan claros "que podías ver el mañana”.

Muere James Salter a los 90 años

James Salter

Muere el escritor James Salter 

a los 90 años de edad


Era uno de los escritores estadounidenses más poderosos y completos de las últimas décadas. Las dos palabras que mejor resumen su hacer son luminosidad y sensualidad.


James Salter
James Salter. / PASCAL PERICH
James Salter (Nueva York, 1925), narrador norteamericano cuyas obran destacan por lo sutil y exquisito de su prosa, falleció el pasado viernes en su casa de Sag Harbor, apenas diez días después de haber cumplido noventa años. Su muerte ha cogido por sorpresa a sus más allegados, ya que tras una intervención quirúrgica rutinaria, el autor se recuperaba con perfecta normalidad. Tuve el privilegio de conversar con el novelista en su casa de Bridgehampton, en Long Island, con motivo de la publicación de Todo lo que hay (2013), su última novela, editada cuando Salter contaba 87 años de edad.
Su forma física era entonces perfecta. Era un hombre elegante, atractivo, no muy alto, de mirada intensamente azul y postura de una firmeza que inevitablemente hacía recordar que siendo adolescente fue cadete en West Point, y posteriormente, piloto de guerra por espacio de 12 años. La experiencia del vuelo solitario, al margen de las connotaciones de lo que en su caso significó haber participado en un centenar de acciones de combate, dio lugar a algunas de sus páginas de mayor belleza y profundidad.

Marcos Ordoñez / Regreso a Salterlandia

James Salter

James Salter

Regreso a Salterlandia

MARCOS ORDÓÑEZ Madrid 1 MAY 2014 - 08:37 CET


Lo primero que se advierte en la obra de James Salter es que es un hombre que ha vivido atentamente y cree en la literatura como una forma de atrapar y recuperar la vida: “Solo las cosas conservadas por escrito”, dice, “tienen alguna posibilidad de ser reales”. La solapa de Todo lo que hay, su nueva novela (Salamandra, traducción de Eduardo Jordá) nos informa de que tiene 89 años, o sea que todavía hay esperanza: los que nos dedicamos a esto quizás podamos escribir así algún día. Su estilo es ahora menos lírico, menos extático que en la preciosa Años luz. Ha ganado ligereza sin perder precisión ni profundidad: se nota que entre una y otra está la destilación extrema de los grandes cuentos de La última noche.
Todo lo que hay avanza como un río ancho y majestuoso. Reconoces ese curso, su placidez, su densidad de miel oscura. Sus destellos: “Tardes incandescentes en España, con las persianas cerradas y una cuchilla de sol ardiendo en la penumbra”. De nuevo, una sensación de plenitud, de querer volver al libro cada noche como quien vuelve a casa.
Me gusta que los capítulos cambien de forma. El capítulo casi documental de la guerra en el Pacífico, que abre la novela. El capítulo sobre Vivian, con el erotismo fulminante de Juego y distracción: “No se lo quitó todo, solo los zapatos, las medias y la falda. No se atrevía a más. Se besaron, hablaban entre murmullos. Cuando resbalaron las bragas blancas, un blanco que parecía sagrado, él apenas respiraba”. El capítulo sobre el fin de semana en la casa de Liz Bohannon, durante la nevada, que recuerda un cruce entre un cuento de Chejov y La regla del juego de Jean Renoir.
Me gusta que la cámara vaya pasando de unos a otros y ampliando su foco; que de repente abandone al protagonista para seguir al editor Eddins y su romance con Dena. Me gustan los capítulos en los que apenas hay acción: Azul empieza con una avispa, sigue con una tormenta eléctrica, salta a la ciudad, Eddins y Bowman hablan en un restaurante, han envejecido, y luego Bowman sale, solo, al “fracasado crepúsculo de Nueva York”, como diría Capote, y pasea por Madison Avenue y vuelve a un bar de su juventud. Hay algo del Fréderic Moreau de La educación sentimental en el perfil de Bowman, y algo de Newland Archer, el protagonista de La edad de la inocencia, de Edith Wharton. Un hombre educado, apasionado, enamorado de su trabajo, pero que no logra encontrar el verdadero amor (Y me gusta que Salter se arriesgue, hacia el final, a que le rechacemos moralmente). Me gustan los diálogos, tan cercanos al último Hemingway de Más allá del río y entre los árboles e Islas en el golfo. El patrón de otros capítulos, casi relatos, recuerdan, en cambio, al mejor Fitzgerald: la portentosa obertura de La señora Armour tiene la irremediable desesperanza de Otra visita a Babilonia. Vuelven los estallidos de vida y de tristeza furiosa. El dolor con el freno de la dignidad como último puerto: “No dejes que me convierta en un borracho”, dice un personaje que ha sufrido una terrible pérdida. La narración anterior de esa tragedia (la calma engañosa, la dosificación de la amenaza, el mazazo que te hiela la nuca) debería enseñarse en las escuelas de escritura. Como el libro entero.

miércoles, 24 de junio de 2015

Juego de tronos / El frío del invierno


'Juego de tronos'

El frío del invierno


 16 de junio de 2015
Juego3
Otra vez, Juego de tronos ha durado un suspiro. La serie emitía en la madrugada del domingo al lunes en Canal + Series el último episodio de una quinta temporada que ha vuelto a dejar grandes momentos, otros no tan grandes y un capítulo final que ha sacudido los cimientos de la serie (otra vez). Ahora toca volver la vista atrás, hacer balance y comentar lo ocurrido con la mente fría (si es que eso es posible...). Berta Ferrero,Guillermo Altares, Manuel Morales, Bernardo Marín y Natalia Marcos cuentan sus impresiones de estos últimos diez capítulos. Qué larga se va a hacer la espera hasta la próxima temporada... Por supuesto, esta entrada contiene spoilers de lo emitido en la serie. Valar Morghulis.