jueves, 31 de octubre de 2013

Roman Zaslonov / La otra orilla


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Roman Zaslonov
LA OTRA ORILLA

Roman Zaslonov nació en 1962 y estudió durante trece años en la Russian Academy of Fine Artes de Minsk. Luego viajó a Francia, donde obtuvo fama y fortuna. Su pintura es sorprendente, surrealista, minuciosa, poética, fantástica. Se diría que es realista por su atención al detalle, pero onírica en su concepción y el juego de los espacios. Siempre hay dos planos: personajes centrales o grandes, gente, digamos, y numerosas y diminutas figuras que conforman una especie de coro. Lo mismo sucede con los objetos. Se trata de dos mundos muy distintos, representados en planos bien diferenciados y que parecen convivir sin conflicto. 

Los personajes duermen o se ven adormecidos, con los párpados cerrados o entreabiertos. Sueñan, respiran placidez, leen o escuchan música, extraviados en la mansedumbre de las horas.

Las mujeres dominan este mundo, y el verbo resulta excesivo. Las mujeres, colmadas de música y secretos, lánguidas, desnudas o delicadamente vestidas, cruzan o navegan estas enigmáticas orillas. Su lenguaje está más allá de las posibilidades de los hombres.

No parecen codiciarlas. Ensimismados en la música o la pintura, los hombres semejan un coro, otra dimensión de las figuras pequeñitas. Hacen música, es cierto, pero permanecen en silencio absoluto. Nada dicen. Otras son sus orillas.

Triunfo Arciniegas
Cuernava, 31 de octubre de 2013


















Endormie






La coiffure
Le divan rouge
Theatre Venitien

La Table d’Apres-Midi








miércoles, 30 de octubre de 2013

Octavio Escobar / Cielo parcialmente nublado / Apreciaciones



CIELO PARCIALMENTE NUBLADO
LA CALIDAD LITERARIA
Por Darío Jaramillo Agudelo


La primera impostergable virtud de Cielo parcialmente nublado es su calidad literaria. Es muy impresionante la capacidad de Octavio Escobar para desarrollar una historia en una novela valiéndose casi exclusivamente de los diálogos, unos diálogos que fluyen porque el autor tiene el oído para construirlos, asunto que no se refiere solamente a la redacción de un libreto, sino que tiene raíces más profundas y más sutiles: es que los personajes también surgen, se vuelven tangibles para el lector a través de las conversaciones que se suceden deleitosamente para quien lee la novela.

Son muchas más virtudes pero creo que tengo espacio para otra: es un lugar común repetir la idea de que solamente lo tercamente local tiene dimensiones universales. Aquí la localidad es Manizales, que se convierte en algo más que un escenario a través del comportamiento de los personajes, de su visión sobre la ciudad, muy principalmente la visión del personaje central, que trasmite un antes y un después de Manizales con un intervalo entre uno y otro. Ese carácter de lo local sin ñoñerías lo pueden percibir con más facilidad los nativos de Manizales que alguien ajeno a esa ciudad como yo, porque yo tengo la posibilidad de afirmar su sabio y descarnado universalismo.

Octavio Escobar
Bogotá, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Acotaciones a Cielo parcialmente nublado
Por Antonio María Flórez

          Parco en obra nueva se ha mostrado Octavio Escobar en los últimos años, especialmente en Colombia. Desde su atípica y reconocida 1851. Folletín de cabo roto (Intermedio, 2007), el escritor manizaleño no publicaba novela en su país natal, salvo reediciones; aunque, eso sí, en España se le cuenta su excelente Destinos intermedios, editada por Periférica en 2010. Ahora, de la mano de Intermedio Editores, que de nuevo apuesta por la narrativa colombiana contemporánea, Escobar saca a la luz Cielo parcialmente nublado (2013). Novelas distanciadas en el tiempo y en su temática, participan todas ellas de algo ya común en su obra: el manejo exquisito y cuidado de su prosa, el carácter visual de la misma y la agilidad de unos diálogos sustanciosos que son el soporte fundamental de la narración; aparte de su interés reconocido en interpretar la historia pasada y reciente de su país, con una agudeza analítica y una sensibilidad tal, que nos hablan de un artista comprometido y ya en la plenitud de su capacidad creadora.

     Muchos son los escritores colombianos que hace tiempo lograron superar el pesado fardo del influjo magistral y castrante de la obra de García Márquez y que tienen un amplio reconocimiento en el país y fuera de sus fronteras: Laura Restrepo, Fernando Vallejo, Tomás González, Cano Gaviria, Adalberto Agudelo, Álvarez Gardeazábal, William Ospina, Jaime Echeverri; hecho mucho más evidente en los más jóvenes, donde esta influencia es prácticamente nula y la figura del de Aracataca es respetada como el clásico que ya es, sin que interfiera en sus enfoques y temáticas; “transmutantes” los podríamos llamar si nos acercamos al apelativo que hace unos años usara Orlando Mejía para caracterizar a esa nueva generación de creadores compuesta por nombres como los de Jorge Franco, Juan Gabriel Vásquez, Abad Faciolince Sergio Álvarez, Pedro Badrán, Guido Tamayo, Juan Cárdenas, Gabriel Pabón, Triunfo Arciniegas y, por supuesto, Octavio Escobar Giraldo, todos ellos muy atentos al devenir histórico reciente del país, la hibridación de la cultura popular y la urbana, el escepticismo ideológico, la asunción de las tecnologías digitales y otras preocupaciones de la contemporaneidad como los fenómenos de la globalización.




          Colombia, país poseedor de inmensas riquezas, también ha sido una nación sufridora de grandes desigualdades sociales. Y en virtud de ello, ha padecido desde su nacimiento, infinitud de conflictos, buena parte de ellos ligados a la posesión de la tierra y al desplazamiento forzado. La Guerra de los Mil días, la Masacre de las bananeras, el Bogotazo, la Violencia, la Operación LASO y la toma de Marquetalia durante el Frente Nacional, la Guerra de guerrillas utópica, la Narcoviolencia, el Paramilitarismo reciente, son hitos y procesos que han significado desastre, horror, muerte, destrucción; pero siempre han conllevado aparejados sucesivos procesos de paz; en ocasiones meros encuentros, diálogos tentativos, que no han conducido a nada o a muy poco, defraudando la voluntad y las aspiraciones del pueblo llano de obtener la tan anhelada paz, basada, entre otras cosas, en una reforma agraria suficiente, en el acortamiento de las desigualdades socioeconómicas y en el logro de un estado soñado de bienestar. Aspiraciones presentes en los actuales encuentros que adelantan el Gobierno y las FARC en Cuba, que ya fueron defraudadas en los llamados diálogos del Caguán en 1999, sucedidos entre los mismos actores que ahora negocian en La Habana, esperanzadoramente para algunos.

         La historia que se nos cuenta en Cielo parcialmente nublado es lineal, simple y creíble; enmarcada en un hecho puntual y significativo de la historia reciente del país. Andrés Giraldo, emigrante afectivo de larga data, ya prácticamente arraigado en España, mientras pasa unas vacaciones familiares en Extremadura, recibe una preocupante llamada de su madre desde Manizales, informándole del extraño comportamiento de su esposo (loco, lo llama), por lo que lo insta a que regrese a su ciudad natal a ayudar a solventar el problema. Su padre se ha dedicado a guardar recuerdos en un baúl, quiere vender la casa familiar y está dispuesto a irse del país, dado que no confía en los resultados de las conversaciones de paz que ha iniciado el gobierno del conservador Andrés Pastrana con los insurgentes de las FARC, liderados por el mítico guerrillero Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo que, como condición previa para sentarse a negociar, ha impuesto la desmilitarización de un inmenso territorio de 42.000 Km2, el Caguán, reconocido por ser afecto a los “alzados en armas”. Esta condición no la entiende ni la aprueba buena parte de la población colombiana que ve en aquel gesto la aspiración solapada del Presidente de obtener el Premio Nobel de la Paz y, por parte de la guerrilla, barruntan que es una estrategia para ganar tiempo y espacio en su lucha por el poder; proceso que se inicia con mal pie ya que Tirofijo, días después, en la mediática jornada de instalación de las mesas, deja su silla vacía –metáfora de su desprecio al Establecimiento-, y hace leer su discurso reivindicatorio a uno de sus comandantes más rocosos e ideologizados. “Lo anómalo instalado en la normalidad”, Simón Viola dixit, parafraseando a Vila-Matas. Pues bien, ése es el espíritu que preside esta novela: cómo un hecho ajeno a la cotidianidad, aunque trascendental para todos, afecta la vida en general de las personas.

         Andrés Giraldo, en ese breve viaje de unos días (a finales del 98 y principios del 99 recientes) se topa con sus fantasmas juveniles y con una ciudad hermosa y visitable, pero anclada en el pasado, émula de Vetusta: la tradicionalista, elitista, hipócrita y anodina ciudad que tan bien retratara Clarín en su Regenta decimonónica. Su breve periplo por la nostalgia lo obligará a enfrentarse a Anacé, la causa cierta de su huida migrante, por un embarazo no programado e impropiamente resuelto; también con la Nena Estrada, hedonista e insinuante, estupendo retrato de esa doble moral tan propia de la ciudad andina; al igual que con Germán Alfonso Vélez, político, paradigma de una sociedad arribista y espuria; y así mismo con el siquiatra Guillermo Gómez, sujeto atípico que nos habla de que otros comportamientos y vislumbres son posibles en aquella ciudad que pierde ese fuelle que la impulsó en su época fundacional. Y, por supuesto, ese viaje le permite reencontrarse con su mejor amigo en Bogotá preparándolo para su vuelo al pasado y el choque con su entorno familiar después de tantos años. Familia simple la suya, de clase media, de vivir anodino, cuya tranquilidad de nuevo se ve amenazada como cuando él cometió su imprudencia con la prima Anacé. Un padre desencantado y consecuente con el espíritu de la época, tocado marginalmente por el conflicto, como la ciudad, pero profundamente afectado por las consecuencias del mismo; una madre cariñosa y manipuladora que se encarga de remover su afecto recurriendo a la memoria objetual y gastronómica; una hermana encantadora que se le muestra como una mujer autónoma, osada y liberal, que ha logrado romper parcialmente con los convencionalismos sociales y recatos morales de la ciudad en virtud de que ya no vive en ella y “pasa” de la misma, y que le servirá de guía en su nuevo trasegar por los lugares que le hacen evocar sus vivencias de antaño; esos, sus espacios cotidianos de entonces, que mira con nostalgia, pero ya con una cierta distancia porque ahora su espíritu y su corazón están ligados a un futuro más amable al otro lado del océano, para dar sentido a su desarraigo afectivo y a la asunción de su nuevo paraíso.

         Así, pues, nos enfrentamos a una obra que se significa siguiendo cuatro líneas claras de enfoque y desarrollo. En primer lugar, su marcado carácter histórico situacional al centrarse en un momento crítico de la historia reciente de Colombia, pero asumido no desde la visión del héroe y de los grandes acontecimientos, si no desde la que tienen las personas comunes y corrientes, aquellos que están por ahí sin jugar un papel determinante, aquellos que ni fu ni fa, aquellos que casi nunca los determinan pero que sufren las consecuencias de esos magnos hechos; a la manera de una “antiOdisea”, como lo señala el autor, impregnada del espíritu alienante y desesperanzado de El extranjero.  En segundo lugar, es la semblanza de una ciudad poco tratada literariamente en los últimos tiempos (salvo los brillantes ejercicios narrativos de Adalberto Agudelo en Pelota de trapo y Toque de queda, y las interesantes apuestas divergentes de Jaime Echeverri en Corte final y de Eduardo García Aguilar en Tierra de leones), contrario a lo que sucede con Bogotá y Medellín, abundantemente abordadas por las nuevas generaciones, especialmente desarrollando temáticas muy relacionadas con la violencia. Esta Manizales, retratada con gran acierto, se nos muestra como lo que es, una ciudad amable y odiable a la vez, a la que el narcotráfico ha tocado marginalmente; amena en ocasiones, anodina a veces, arribista casi siempre, deudora de un pasado que la lastra en exceso y la hace avanzar paquidérmicamente. En tercer lugar, la caracterización de una familia de clase media prototípica andina, conformada por unos seres de vivir moroso, superficiales, sin mayores ambiciones que perpetuarse en la muelle monotonía de su estatus mediocre, seres absolutamente anticlimáticos, ajenos al ajetreado fluir magmático de las ancestrales montañas del Cumanday; seres irresolutos, que dejan las cosas en remojo y que se confunden ante la perplejidad de ciertas circunstancias vitales que los desbordan; salvo algunas de las mujeres retratadas, aquí perfiladas con un carácter más impulsivo. Por último, el tema de la emigración y el desarraigo valorando sus causas y consecuencias en un sujeto concreto que sigue atado a los suyos por la vía de la nostalgia y cuyo peso se diluye con el paso del tiempo; ya ni siquiera el afecto es capaz de remover su decisión de no retornar, por comodidad o cobardía, eludiendo la conducta propia de los héroes que retornan triunfantes, recurso habitual en otros autores o medios como el cine o las telenovelas. En Andrés Giraldo las razones de su exilio son ajenas a lo político social, tienen más que ver con su inmadurez y su falta de agallas para enfrentarse a una situación compleja que no sabe resolver adecuadamente en su juventud o, quizás, sea esta la razón usada como recurso perfecto para dar aquel brinco al vacío que determinó su vida futura, ese salto hacia adelante que le permitió escapar de la vida mole que le esperaba si se hubiese quedado en su ciudad natal.

         Pero en el fondo de todo está el miedo, ese sentimiento que nació con el hombre en la más remota de las edades (G. Delpierre) y éste es el sentimiento que en realidad sobrevuela toda la novela de Octavio Escobar: el temor a la muerte, al daño físico, a perder los bienes, las propiedades, a que la cotidianidad se altere, a que las cosas no sean como antes, a sufrir la incomodidad de que otros tengan la razón o, incluso, de que el poder cambie de manos. Decía G. Ferrero que “toda civilización es producto de una larga lucha contra el miedo” y que éste casi siempre es un acicate para el valor y para el avance. Pero uno de los efectos del miedo, según Don Quijote, es turbar los sentidos, como bien se lo afirma a Sancho confundiendo dos rebaños de carneros con los ejércitos de Pentapolín y Alifanfarón; y eso tal vez sea lo que le ocurre al padre del protagonista, que el miedo le esté trastornando el entendimiento, que el no saber qué pueda ocurrir en esos diálogos de paz aún no iniciados, lo esté volviendo “loco”, como le afirma su esposa por teléfono al hijo ausente. “Todos los hombres tienen miedo”, decía Sartre, y es natural sentirlo ante una situación presentida o conocida de riesgo para nuestra seguridad, para nuestra vida. Pero miedo y cobardía no son sinónimos, tal como lo sugiere Jean Delumeau en uno de sus ensayos sobre el tema; y temor es lo que parece adivinarse en el comportamiento de Jaime Giraldo, de su esposa, de su hija; pero la actitud de Andrés no se corresponde con la propia ante una amenaza, ni ahora ni antes, ¿no será y fue, más bien aquello, fruto de su falta de espíritu, de su ausencia de valor, de sus recatos morales? Porque de esto es también de lo que trata la novela: de aquellos otros seres inmersos en la perplejidad, que van por la vida dejando las cosas en remojo, que tienen una tendencia mimética a la inacción, incapaces de resolver y resolverse, que se acobardan ante situaciones que puedan alterar su vida muelle.

         Cielo parcialmente nublado,  metáfora y réplica de la condición meteorológica habitual de la ciudad, es una novela en la que la ambientación es adecuada y las anécdotas tienen las pinceladas justas y necesarias para perfilar el conflicto y su resolución. La prosa es precisa, fluida y efectiva. El uso del idioma es exquisito y se enriquece con dichos y modos propios de Caldas, sin que ello lastre su lectura. Es llamativo el recurso que utiliza acogiendo las noticias del diario La Patria, para sustanciar esos hechos “históricos” que se suceden en un periodo de tiempo tan corto. Resalta la agilidad de los diálogos, su luminosidad y cómo contribuyen certeramente al avance de la historia. Esta nueva novela de Octavio Escobar es una obra madura, que recuerda la brillantez estilística de William Trevor y la lucidez estructural de John Banville, que se lee con gran facilidad, que se asimila con naturalidad y cuya temática es de una actualidad evidente, aportando interesantes puntos de reflexión sobre la realidad colombiana contemporánea. Sin estridencias verbales, sin excesos formales, la historia cautiva por su simpleza y diafanidad, llevando al lector sin asperezas a ese desconcertante final en el que “filamentos de lluvia atravesaban la ventanilla”. Pero el regreso del emigrante es así y de los antihéroes sólo podemos esperar perplejidad. Indudablemente nos encontramos ante una de las más llamativas y amenazantes novelas colombianas de la actualidad, muy a pesar y en virtud de una silla vacía.


Juan Manuel Roca
Bogotá, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas


CIELO PARCIALMENTE NUBLADO
UN CUADRO CLÍNICO Y COLECTIVO
Juan Manuel Roca

Sumergirse en la novela de Octavio Escobar Giraldo, “Cielo parcialmente nublado” es, de alguna forma, hacerlo en la historia clínica del país, de una buena parte de él que vive gobernada por sus miedos. Miedo al mañana, miedo al presente y, sobre todo, miedo a caminar en la cotidianidad del alma minada y colectiva.

Es el retrato hablado y sobre todo dialogado de personajes que esperan a cada paso una presencia ominosa, como si hubieran optado por usar lentes oscuros, a esperar siempre lo peor, como recordando el aserto de Brecht: “el que ríe es que no ha recibido la terrible noticia”.

Es la metáfora de un país que por haber vivido tanto tiempo en guerra pareciera temerle más a la paz, apoyada siempre en los acuerdos fallidos de nuestra historia, y olvidada por supuesto la desmovilización del M-19 en 1990.

El centro en el que monta su narración Escobar Giraldo se asienta en un despliegue inusual de diálogos creíbles, casi anodinos como suelen ser los que están gobernados por la rutina o la depresión, que van tejiendo un gran tapiz donde la incertidumbre y la repetición de hechos agobiantes nos mete de lleno en la violencia de las horas.

Y esto resulta un valor importante de la novela, pues a nuestros narradores parece habérseles olvidado que la gente habla. Octavio Escobar es, como pocos, un verdadero maestro del diálogo.

Todo resulta muy modoso, sin sangre ni estridencias, sin balaceras cercanas, y es en esa atmósfera de entre-casa por donde, a través de las conversaciones más llanas, desvitalizadas y paranoides, se filtra como por una fisura en la chatura aldeana, el miedo. No hay un solo asalto en esta historia de realismo mágico y todo está diseccionado con cuidado de cirujano. Parece el retrato colectivo de Manizales, de cierta modorra de tiempo detenido, pero también del país aturdido por los medios.

El miedo a que una guerrilla desbordada y cruenta se apodere del gobierno ante la ineptitud del presidente Pastrana en la zona despejada del Caguán, y que casi justifica, no sin ligeros reparos, que una sociedad ensimismada y conservadora como la de Manizales piense que los paras sean “también unas bestias” pero que al menos “están de parte del orden”, se da en un ámbito de sospechas en el campo minado de las suposiciones cruentas, que suelen darse en una larga guerra como la nuestra. 

Estos pases hipnóticos que, asaltando a don José Lezama Lima se podrían llamar el “enemigo rumor”, sumergen con frecuencia a toda una colectividad, nos dice sin palabras, como al desgaire y de manera elusiva, la dolorosa pero divertida novela de Escobar Giraldo.

Escobar sabe oír, sabe aprehender la franja no siempre lunática de nuestros habituales temores, le da voces y murmullos al aturdimiento producido por una realidad hipnótica que a veces no nos deja ver otra cosa que un destino miserable. Todo documentado en la percepción que de todos los hechos tiene la opinión pública, que es la opinión de los que no tienen opinión, arrancando de la realidad más inmediata, distorsionada por el espejo deforme y necio de una cierta y avasallante locura.

La cosa empieza con una llamada telefónica y a lo largo del libro se sostendrá un asunto de cosa hablada, como contradiciendo a quien afirma que “la realidad no es verbal”. Acá los sucesos tienen ocurrencia más en la palabra que en el acaecer cotidiano, toda vez que es una ficción fundada no en lo que sucede sino en lo que podría suceder.

El regreso de Andrés, el protagonista de la novela a la neblina espiritual de Manizales, su ciudad natal, tras una década en España, ante el imperioso llamado familiar a causa de la supuesta locura de su padre, está lleno de unos guiños de humor soterrado, de esas incongruencias que casi siempre se deslizan ante el atisbo de una tragedia.

A manera de ejemplo de lo anterior su mujer, una española llamada Mariángeles, solo atina a decir ante la noticia telefónica de la locura de su suegro, que lo siente mucho y sobre todo que la noticia del desatino paterno se dé precisamente “en plenas fiestas”, en pleno diciembre y antes del acontecimiento hispano de la llegada de los Reyes Magos.

Agrego, como simple lector, que estos sucesos se dan en cercanías del mes en que la capital de Caldas se viste de Manola, juega al realengo, bebe manzanilla, hace un despliegue de monteras y canta pasodobles absurdos entre toreros, reinas de belleza y cabalgatas.

El de Andrés es un retorno a casa forzado, como ocurre también con la tiranía de los recuerdos. A partir de ese momento el narrador y con él de la misma manera su protagonista, sufre una especie de desdoblamiento que lo lleva a atrapar una coral de voces que entonan una opereta desafinada, en un orfeón que anuncia como una Casandra colectiva la llegada de un inevitable desastre.

Es un verdadero acierto del autor que todo se inicie con el repicar de un teléfono, pues todo el desarrollo posterior de la novela está estructurado en centenares de diálogos, en sucesos  eminentemente verbales, en una muy justa y verosímil manera de aprehender el habla y las costumbres de una clase social que siempre vive a la espera de perder las pequeñas conquistas: una casa, una posición, una vida muelle, un paisaje inalterable, una certeza.

Y todo esto tiene ocurrencia, repito como lo hace el novelista en un clima de zozobra, en medio de la más cotidiana realidad: un desayuno, un abrazo familiar, el futbol nuestro de cada día, el anuncio de un diluvio expresado sin la menor de las dudas, una cortina que agita el viento, un cura que funge de clarividente, una silla vacía, los ecos del llamado proceso 8.000, todo, absolutamente todo parece anunciar la llegada de algo o de alguien oprobioso escondido bajo la banda sonora del temor.

Todo está envuelto, como en el título meteorológico del libro, en un cielo parcialmente nublado, en un aire enrarecido desde un pequeño apocalipsis de bolsillo. Así, resulta muy afortunado el título del libro, más aún porque la locura del padre también es parcial, como lo es en suma y de manera constante la locura política y social que a su vez engendra pequeñas locuras individuales, distorsiones de lo que presuntuosamente llamamos a cada tanto la realidad.

La novela atrapa los tiempos que hoy parecen surreales de los diálogos de paz de 1999, una época donde dos personajes que ahora podrían resultar esperpénticos, el presidente de esos días, el pomposo y hueco Andrés Pastrana y el guerrillero más viejo y legendario a la sazón, “Tirofijo”, entraban a cada tanto en la casa de una familia corriente a través de su televisor, como los más altos emisarios de una realidad oprobiosa a la que asistían como a una víspera del horror, como a nuevas y terribles jornadas luctuosas.

Los demás personajes del libro son una especie de anti-héroes que viven las guerras intestinas del día a día, que libran una pequeña guerrita de rumores en la que los campos minados son las sospechas: las granadas de mano son los hechos imaginados, los disparos son los asertos dictados por el miedo,  el desplazamiento forzado ya no se da de una región a otra, sino desde una comodidad pequeño burguesa que resulta acosada por los malos augurios. Se trata del desplazamiento forzado del hombre satisfecho hacia un territorio mental de incertidumbres.

Es una novela que cuenta la historia reciente del país desde el otro lado del catalejo, desde el lado de quienes han vivido el conflicto en los telediarios, así haya tocado una y más veces a sus puertas. Es un correlato del miedo, de ese sentimiento sobre el que prevenía un viejo filósofo que afirmaba que no hay que tener miedo de la pobreza, ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. Que solo hay que tener miedo del propio miedo.

Octavio Escobar Giraldo, como algunas veces lo ha hecho desde una estética muy diferente Gabriel García Márquez y como también ocurre en parajes escritos por Hernando Téllez, crea una tensión tremenda al no hablar de la violencia que tiene ocurrencia, sino al señalarla en un paréntesis entre una que ya pasó y una violencia por venir. Es allí, donde los primeros caídos, que muchas veces practican una autofagia de  pájaros agoreros, sustituyen su abulia por las más variadas fantasmagorías.

Es como si la debacle de ayer ocultara la de hoy pero anunciara la de mañana.

Se trata de una novela fundacional, muy diferente a todo lo que se escribe actualmente cuando los narradores centran su interés en los diferentes y reiterados conflictos de la vida nacional.

Su falta de temor ante los diálogos, algo a lo que ha sido refractaria casi toda nuestra narrativa, la salud sin pretensiones de su palabra, la ausencia de caimanes que bostezan mariposas, nos lleva a pensar que ya casi solo es exuberante la sencillez, como afirma Thoreau, y que en ello radica sin duda la salud del lenguaje. “Una frase perfectamente saludable es muy rara”, decía, lúcido como siempre, el mismo Henry David Thoreau.

De esto está llena la novela “Cielo parcialmente cubierto”, que es una aguja encontrada en el inmenso pajar de la narrativa colombiana.


Bogotá, septiembre 11 de 2013







martes, 29 de octubre de 2013

Alice Munro / Narro la vida sin engaños





Alice Munro

"Soy insegura y fácilmente impresionable, pero narro la vida sin engaños"

Semblanza íntima de una autora que hizo del aislamiento el fundamento de su singularidad y de su intransferible estilo
Por Livia Manera | Corriere della Sera
LA NACION, 18 de octubre de 2013

Decía Alice Munro en una infrecuente entrevista que nos concedió hace nueve años (puede decirse incluso que las entrevistas a Munro se cuentan con los dedos de una mano), que "cuando se crece en un lugar donde no tenemos rivales, una se hace una idea exagerada de lo que puede lograr en la vida."
Puede parecer una frase arrogante, incluso viniendo de una escritora que ha hecho cosas realmente excepcionales en la vida, sobre todo tras haber ganado el Premio Nobel de Literatura. Pero intenten imaginar el contexto en que creció esta reina del relato breve, que a los ochenta y dos años es la estrella más brillante de la literatura canadiense: una pequeña granja en una zona habitada por prostitutas y contrabandistas de alcohol, en los márgenes de una región del estado de Ontario Occidental. La vida social, inexistente. La madre, enferma de Parkinson desde los cuarenta años, debe ser asistida por su hija de doce. Vecinos llenos de prejuicios: metodistas, protestantes, presbiterianos, anglicanos. Una pésima escuela de campaña donde los varones te hacen la vida imposible. Y una educación fundada sobre la base de que si después de haber terminado de lavar, planchar, cocinar, ordenar y ayudar a la madre enferma, todavía te quedan ganas de hacerte la inteligente, tu padre te agarra a lonjazos con el cinto.
Lo cuenta Alice Munro en su último libro, Mi vida querida, en cuyos cuatro cuentos finales, "que no son realmente historias. sino que son lo primero y lo último que tengo para decir de mi vida". Y que por lo tanto ella misma anuncia como fragmentos autobiográficos, reveladores, por no decir directamente indiscretos, cuando en verdad contienen lo que de su historia ya habíamos entendido leyendo entre las líneas de las trece colecciones de cuentos anteriores: la cría de zorros y visones de su padre, que quebró durante la Gran Depresión; las aspiraciones sociales de su madre maestra, el impacto de la enfermedad, la hermanita menor que Alice fantasea con estrangular en su cuna, el deseo de escaparse de su casa. "Cosas que si hubiese puesto todas juntas en una ficción, habrían sido demasiado", escribe hoy Munro, contradiciendo la opinión de tantos escritores autobiográficos para quienes la vida no basta, y la página parece falta de color si no se le agrega un poco de inventiva.
De hecho, puede decirse que Alice Munro logró escaparse de su casa dos veces. La primera, cuando se casó, muy joven, y tuvo tres hijas, abandonó la universidad sin recibirse y vivió en Vancouver primero y en Victoria después, escribiendo como otro grande del relato, Raymond Carver, en las pausas de una vida doméstica que, como máximo, le permitía escribir narrativa breve. Y la segunda, cuando se divorció a los cuarenta años y pudo dedicarse verdaderamente a la escritura con el apoyo de su segundo marido, el geógrafo Gerald Fremlin, junto a quien se quedó hasta su muerte, hace pocos meses.
"Intenten entenderme. Mi marido y yo teníamos una regla: no permitir que nuestra vida y nuestra casa fuesen invadidas por nada que fuese resultado de mi trabajo", me había dicho Munro en la época de nuestra entrevista, para justificar el hecho de que, aunque había aceptado hablar de sí y de su libro de aquel momento, Escapada, prefería hacerlo por teléfono. Y cuando le preguntamos si vivir en las afueras de un pueblo de tres mil habitantes junto al lago Huron no la hacía sentirse aislada, ella respondió: "Si viviera en un lugar más grande, donde hubiesen otros escritores, creo que no los frecuentaría. Tengo una personalidad más bien impresionable, en el sentido de que me dejo influenciar fácilmente por las personas que tienen más carácter que yo. Para colmo, no soy una persona particularmente instruida, y mi apego a la escritura es un poco frágil. Si alguien me dijese que estoy por el camino equivocado y me diese argumentos convincentes, sentiría que debo dar un paso atrás. No cambiar de idea, sino dar un paso atrás, para reencontrarme con mi seguridad de escritora". Ésa es la fuerza de Alice Munro: no cambiar de idea, sino apostarlo todo a la propia singularidad fundada sobre el aislamiento. ¿Y qué ha surgido de esa forma de ir sumisamente contra las reglas? Un estilo "que debe ser como el agua transparente, y sincero, por más que un escritor no sea nunca sincero del todo". Se trata de una "indagación emotiva "que muestra lo complicadas que son las cosas, y sorprendentes, porque es así como yo veo la vida", dice Alice Munro.
"Quiero emocionar a las personas con sorpresas, pero no con trucos. Quiero que los lectores piensen: sí, la vida es así. Porque ésa es mi reacción frente a la literatura que más me gusta: una sensación de maravilla y asombro. No es el sentimiento de felicidad que te da un libro escrito para suscitar felicidad, sino una sensación de gratitud por haber visto la vida de un modo tan intenso, a través de la escritura".
  • Periodista cultural, la italiana Livia Manera ha realizado un importante proyecto televisivo de entrevistas con autores norteamericanos.
Traducción: Jaime Arrambide.

Alice Munro / Misterios cotidianos

Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena
Alice Munro
MISTERIOS COTIDIANOS

Por Raquel Loiza
LA NACION, 18 de octubre de 2013

Hay escritores que se desarrollan siempre por una misma senda. Otros, en cambio, toman rumbos variados. Sin duda Alice Munro pertenece al primer grupo. Cuentista excepcional, en su obra la realidad y la ficción se entrelazan. Sus relatos evocan siempre los mundos existentes de los pueblos cercanos a Ontario (Canadá), donde siempre ha vivido, pero además de una evocación de esos mundos de provincia, la autora los trasciende para convertirlos en obras de notable calidad artística.
Las referencias autobiográficas y su definida vocación de escritora siempre están presentes en sus libros. Por ejemplo, en la novela La vida de las mujeres (1971) dice: "La vida de la gente, en Jubilee como en todas partes, era aburrida, simple, asombrosa e insondable." y más adelante aclara: "Comprendí que lo único que podría hacer con mi vida era escribir [.]. Escogí a la familia Sheriff de forma impresionante, la condenaba a ser materia de ficción", confiesa. En el relato homónimo de su libro de cuentos Secretos a voces (1994) reflexiona: "Y su memoria se agitará, pero no acabará de desvelarle ese momento en el que parece estar contemplando un secreto a voces, algo que no te sobrecoge hasta que intentas contarlo".
La mujer es uno de los ejes de la obra de Munro, quien ha declarado respeto por Katherine Ann Porter, Katherine Mansfield, Flannery O'Connor, Carson McCullers, Willa Cather, a quien menciona como una de sus autoras preferidas en el cuento "Arrastrado por la emoción" (de Secretos a voces). Pero también en sus relatos se recrea una amalgama de tipos y sucesos de una sociedad: paisajes, calles, personas, clases sociales, amor y soledad, anécdotas, nacimientos, muertes, vicisitudes de las guerras, lucha por la subsistencia, todo en una aparente calma sobre la cual, quizá, se cierne una tragedia que es retratada con maestría por la autora. Aguda observadora, Munro devela misterios cotidianos, vuelve visible lo invisible y presenta con vigor plástico los escenarios naturales.
La riqueza también consiste en su forma de narrar. Discreta, cáustica, sutil, cruel, sugerente en el pensar y el decir. La sobriedad y naturalidad de su lenguaje nunca son patéticas aunque el hecho sea trágico, como por ejemplo en "El amor es una mujer generosa" (1988), relato que da el título a uno de sus volúmenes. El enternecedor relato "Grava", incluido en Mi vida querida (2012), donde confluyen el recuerdo y el olvido, es otro ejemplo de cómo utiliza con maestría diferentes tiempos verbales. El realismo transfigurado en forma sensible de la escritora canadiense puede ser revivido por cada lector: su escritura se desliza sin esfuerzo, transcurre como agua límpida que nos deja ver el fondo.

Alice Munro / Las mujeres necesitan interpretar la vida verbalmente


Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena




Alice Munro

"Las mujeres necesitan interpretar la vida verbalmente"

La narradora canadiense habla, en este diálogo realizado poco antes de obtener el Premio Nobel de Literatura 2013, sobre el mundo rural del que proviene, en el que lo femenino cumplía un papel clave; rememora la compleja relación con sus padres y revela los rituales de una escritura que acecha el surgimiento de lo inesperado
Por Lisa Dickler Awano | The Virginia Quarterly Review
LA NACION, 18 de octubre de 2013

Alice Munro, que ha ambientado gran parte de su obra en el sudoeste de Ontario, de donde es oriunda, es considerada desde hace mucho tiempo la más prominente escritora de ficción psicológica en lengua inglesa. Su constante innovación de la estructura del relato breve ha expandido nuestra comprensión de los alcances de esa forma narrativa. Durante sus 60 años de carrera, Munro ha publicado más de trece colecciones de cuentos y una novela, y recibió innumerables premios, incluyendo el Premio Internacional Man Booker, el Premio PEN/Malamud a la excelencia en ficción breve, y el Premio del Círculo Nacional de Críticos Literarios. El título de su última colección de cuentos, Mi vida querida, parece un adecuado suspiro de exasperación mezclado con alegría proveniente de una autora cuya escritura celebra la irreductible complejidad de la experiencia y las relaciones humanas. De hecho, cuando le pregunté cómo decidió el título, Munro explicó:
"Son dos palabras muy maravillosas para mí, porque las escuchaba cuando era niña, y significaban todo tipo de cosas. '¡Ay, vida querida!' a veces significaba nada más que uno estaba abrumado por todo lo que tenía que hacer. Me gusta el contraste entre eso y las palabras 'vida querida', que son tal vez una gozosa resignación, pero cuando decimos "querida" -la palabra-, no convoca tristeza. Convoca algo precioso."
Munro habla conmigo de su narrativa desde hace nueve años. Me descubro sonriendo de agradecimiento cuando me dice, en el transcurso de esta entrevista, que su trabajo muchas veces se inspira en la forma en que se hablan las personas entre sí y en la forma en la que cuentan sus historias. Me sorprendió que nuestras entrevistas compartieran algunos aspectos del modo en que ella estructura sus relatos.
Aunque Munro y yo jamás planeamos el rumbo que tomarán, las conversaciones suelen orillar un sendero similar al que ella toma en sus relatos autobiográficos incluidos en "Finale", la última parte de Mi vida querida: yo le pido que nos ponga en situación de uno de sus nuevos relatos o libros, y ella me responde conectando su relato o historia personal con hechos o circunstancias más amplios de la época en que ocurre la historia en cuestión, una técnica que confiesa admirar en Ancestors: A Family History, de William Maxwell. El cuento "Mi vida querida", por ejemplo, abre con una descripción geográfica del barrio en el que Munro creció. Cuando examino estos comentarios introductorios "factuales", sorprende que tengan tantos niveles de sentido y que sean tan reveladores del proceso creativo de la autora: echan luz sobre los motivos subyacentes de su obra y suelen ser la clave de ese libro o de ese relato.
Al igual que sus historias, nuestras conversaciones se zambullen en temas como la caracterización y la estructura, y dan giros sorprendentes en curvas cerradas e imprevistas. Podemos estar hablando, por ejemplo, de un aspecto menor de un relato, cuando de pronto sale a la luz un tema mayor o una trama de emociones subyacente. Cuando eso ocurre, Munro suele seguir ese camino pero en sentido contrario y explorar su transformación, tal como lo hace en su narrativa.
A veces una pregunta no conduce a ninguna parte y nos deja en silencio. Entonces Munro de pronto dice algo que me resulta inconexo. Lo que suele suceder es que poco tiempo después, cuando ya he trabajado con la transcripción de la conversación durante un tiempo, empiezo a encontrarle sentido al comentario y a ver cómo encaja en algo que tal vez discutimos antes o en otra entrevista, o cómo efectivamente sí estaba relacionado con lo que estábamos conversando en el momento que hizo el comentario, pero de un manera indirecta que yo no estaba listo para captar. Y al repasar sus comentarios finales, suelo encontrar conexiones inesperadas que me hacen volver al principio de nuestra entrevista, para oírla y escucharla de nuevo, en todos sus matices.
-¿Cuál es su proceso de escritura?
-Trabajo con lentitud. Siempre es difícil. Casi siempre es difícil. La realidad es que vengo trabajando sin parar desde que tenía veinte años, y ahora tengo ochenta y uno. Ahora mi rutina es así: me levanto a la mañana, me tomo un café y me siento a escribir. Y después, un poco más tarde, puede ser que haga una pausa y coma algo, para seguir escribiendo. La escritura de verdad sale a la mañana. Al principio de lo que sea que estoy escribiendo no puedo dedicarle mucho tiempo, apenas unas tres horas. Reescribo mucho, así que reescribo y cuando pienso que está listo, lo envío. Y después quiero reescribirlo un poco más. Lo que me pasa a veces es que hay una o dos palabras que me parecen tan importantes que pido que me manden el libro de vuelta para poder agregarlas.
Mi idea era escribir novelas, pero empecé a escribir cuentos porque era para lo único que podía hacerme tiempo. Entre las tareas de la casa y el cuidado de los chicos, nunca habría tenido tiempo de escribir una novela. Y después fue como si el formato del cuento -en realidad, una forma más bien inusual de cuento, por lo general una forma de relato bastante largo- fuese lo que quería hacer. Ese espacio alcanzaba para decir lo que quería decir. Y al principio fue difícil, porque la gente esperaba que el relato breve tuviera cierta extensión y no otra. Querían que fuese una historia corta, y mis historias eran bastante inusuales, ya que de alguna manera cuentan más y más cosas diferentes y no paran. Nunca sé -o al menos no suelo saber- la extensión que tendrá un relato. Pero no me asusto: le doy todo el espacio que necesite. De todos modos, no me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento -algo clasificado como cuento- u otra cosa. Es ficción y punto.
-Usted es una escritora muy lírica. ¿Sigue escribiendo poesía?
-Un poco y cada tanto, sí. Me gusta la poesía, ¿pero sabe una cosa?, cuando uno escribe prosa hay que tener cuidado de no intentar deliberadamente que sea poética. La prosa debe tener cierta aspereza, y actualmente me gusta escribir así. Me gusta escribir de un modo que. no sé. ¿que asuste un poco a la gente?
-También tengo la sensación de que le interesa mucho el folklore.
-Sí. pero nunca sabemos lo que nos va a interesar. Uno no lo decide de antemano. De pronto, uno se da cuenta de que quiere escribir sobre eso. Así que nunca pensé que me interesaría, pero lo cierto es que escucho mucho las historias que cuenta la gente, trato de encontrarles el ritmo interno y luego intento escribir. Pienso: ¿por qué esta clase de historias son tan importantes para la gente? Creo que seguimos escuchando un montón de historias que cuenta la gente y que supuestamente sirven para ilustrar alguna extrañeza de la vida. Y a mí me gusta recoger esas historias y ver qué me dicen a mí, o qué quiero hacer yo con ellas.
-Leí en alguna parte que se considera que el folklore es la forma narrativa de las mujeres.
-Creo que es cierto, que incluso después de que las mujeres aprendieron a escribir, aquellas que escribían y no eran tomadas en serio quisieron seguir contando historias. Las mujeres siempre pasaron mucho tiempo juntas, o al menos así era antes. Y recuerdo todas las cosas que hacían juntas cuando servían grandes comidas para alimentar a los hombres. Los hombres trabajaban en el campo, al volver -en mi infancia- se les servía una abundante mesa llena de comida. El gran orgullo de las mujeres era la abundancia y calidad de esa mesa, y después quedaba esa montaña de platos y vajilla que lavar. Y durante todo ese tiempo, las mujeres hablábamos entre nosotras. Es algo muy importante.
Pero por supuesto que todo eso pasó. Es una costumbre antigua -rural-, y no sé si las mujeres siguen hablando así o no. ¿Las mujeres hablan entre ellas? ¿Se las alienta a hacerlo o no? De todos modos, yo creo que donde sea que se juntan mujeres, hay una gran necesidad de contarse historias, una gran urgencia de decirse algo una a la otra, "¿Por qué crees que pasó esto?", "¿No es raro que haya dicho eso?" o "¿Esto qué significa?" Las mujeres necesitan interpretar la vida verbalmente. Mientras que muchos hombres que conozco, o que alguna vez conocí, no tenían esa necesidad, sino que más bien prefieren seguir adelante y lidiar con lo que haya que lidiar sin preguntarse nada demasiado.
-Justamente me pregunto si esta podría ser una pista de por qué eligió la forma del relato breve. ¿O el relato breve la eligió a usted?
-Podría ser. Me encanta trabajar con gente, con las conversaciones de la gente y también con las cosas inesperadas que le ocurren a la gente. Lo inesperado es muy importante para mí. En uno de mis cuentos ("Escapada"), una mujer que tiene un matrimonio complicado decide dejar a su marido, alentada por una mujer muy sensata mayor que ella. Y entonces, cuando intenta irse, advierte que no puede hacerlo. Lo más razonable es irse, sus motivos son muchos, pero no puede. ¿Cómo puede ser? Yo escribo ese tipo de cosas, porque soy yo la que no sabe "cómo puede ser". Por eso tengo que prestarle atención: allí hay algo que merece mi atención.
-En el cuerpo de su obra los temas se repiten, anudando sus historias unas con otras a través de las distintas colecciones de cuentos. Incluso pensaba que "Escapada" podría haber sido el título alternativo de algunos de los cuentos de Mi vida querida, como por ejemplo "Tren".
-Sí, claro. Esa historia me interesó mucho porque creo que a veces las personas no entienden lo que tienen que hacer. Este hombre, Jackson (el protagonista de "Tren"), tiene que deshacerse de ciertos enredos personales, pero no sabe por qué, hasta que lo hace, y listo. Hay un elemento sexual en todo eso, pero no es lo único. Y yo creo que hay gente que es así.
-Pienso que hay un personaje de los que aparecen en Mi vida querida que realmente logra lo que quiere en la vida, y esa es Belle, también de "Tren".
-Sí, sí, claro, yo creo que ella sí. Y me encanta la manera en que ella se va volviendo cada vez más franca acerca de las cosas, a medida que toma más y más pastillas. Me cae muy bien Belle. Pero ella es una sobreviviente en un sentido raro, porque siempre tuvo todo en contra, lo pasó mal. Pero creo que hay muchas personas como ella, que aceptan lo que les toca y se fabrican con eso una buena historia. En otras palabras, ella no se siente despojada en la vida. Su existencia le resulta interesante. Para muchos, sería un completo fracaso, porque ella no lleva la clase de vida que una persona de su clase esperaría tener: no está casada y su vida es asexual desde hace mucho tiempo. Y sin embargo ella tiene algo. No es que lidie con lo que le pasa y nada más, sino que ha logrado tejerse con todo eso una vida propia. Y creo que es alguien que siempre logrará hacerlo. Yo conocí gente así, personas que parecen tener una especie de don para interesarse por las cosas que les pasan y para ser, hasta cierto punto, felices.
-Personas como usted.
-Me parece que yo soy mucho más tradicional.
-Pienso que su historia "Sin ventajas" ofrece algunas pistas de su éxito. En la descripción de Belle, siento que su éxito es similar al suyo. Usted atravesó por todas esas dificultades, y las convirtió en una oportunidad para escribir.
-Eso es cierto, pero también tuve mucha suerte. De haber nacido en una granja una generación antes, no habría tenido la menor oportunidad. Pero en mi generación ya había becas. Nadie esperaba que las chicas las solicitaran, pero una podía hacerlo. Me fue posible imaginarme a mí misma como escritora desde muy chica. Pero nadie más pensaba eso ni en esos términos. Igual yo no era una chica rara y nada más. También tenía que hacer mucho esfuerzo físico, porque mi madre no podía. Igual eso no logró demorarme. Pienso que en cierto sentido fui muy afortunada, porque si hubiese nacido, digamos, en el seno de una familia muy culta, una familia neoyorquina, por ejemplo, rodeada de gente que sabe mucho de literatura y del mundo de la escritura, me habría sentido totalmente disminuida. Me habría dicho: "Bueno, eso no puedo hacerlo, no es para mí". Pero como no viví entre gente que pensara nunca en la escritura, entonces fui capaz de decirme: "Bueno, esto lo puedo hacer".
-En el cuento "Mi vida querida", usted explora la paradoja de su relación con sus padres.
-Amor, y miedo y disgusto. Todas esas cosas a la vez.
-En sus trabajos recientes, vuelve una y otra vez al tema de su relación con su padre, un escritor consumado y una persona extremadamente sensible, así como un lector de por vida.
-Así era él, sí.
-Una persona que, en muchas de sus historias, aparece casi como un doppelgänger de usted misma, como joven escritora en desarrollo. Pero después está ese hecho inamovible, del que usted se niega a apartarse, y es que durante la infancia él le pegaba con un cinto.
-Eso es cierto. Y uno podría decir: "Bueno, en esa época era común, a la mayoría le pegaban de vez en cuando", y que en ese entonces pegarle a un chico con un cinto era en absoluto algo reprensible. A los chicos se los enderezaba a lonjazos, era de lo más natural. También estaba el factor de la pobreza, que hacía que se esperase que los niños contribuyeran a la economía doméstica con su trabajo, y no que fuesen sólo una cosa interesante de ver crecer, como parecen ser los niños ahora. Así que había que ser práctico y hacer lo que había que hacer. Y también era bastante aterrador y probablemente -mucha gente diría eso- era muy destructivo. Yo no puedo pensar de esa manera porque no. Sigo rechazando la idea y siento una especie de horror de mi misma por eso. Siento que yo era una persona que no valía, y así es como te hace sentir eso. Pero también me doy cuenta de que en ese entonces esas cosas pasaban, y que no tiene sentido sentir pudor por eso. Así como tampoco tiene sentido sentir pudor por el porqué debió suceder eso. Simplemente no había tiempo ni dinero para criar a los hijos teniendo en cuenta sus necesidades, ni de pensar por qué se portaban como se portaban. Y tampoco había tiempo para que los chicos fueran contestadores o malhablados. Simplemente no podían permitírselo, porque había que ocuparse, básicamente, de ganar lo suficiente para sobrevivir, y todos tenían que trabajar y aportar y ser útiles a la familia. Y como yo era una niña extremadamente rebelde, al menos tenía ideas que estaba ansiosa por largar por la boca, así que era contestadora con todo el mundo. Y todo eso era de lo más contraproducente para el ámbito familiar.
-La relación con su madre también fue paradójica.
-Y en cierto sentido, mucho más complicada. Porque básicamente yo era muy parecida a mi padre, pero no era como mi madre, y eso a ella la entristecía mucho.
-¿Debido a su enfermedad?
-No, no debido a su enfermedad. Ella estaba de acuerdo con los derechos de las mujeres y todo. Lo que pasa es que ella era muy, pero muy puritana, algo común en las mujeres de su época.
-Se diría que su mayor frustración con su madre fue por la actitud de ella respecto del sexo.
-Bueno, sí. Pero por supuesto que todo eso venía de vaya Dios saber dónde. La mayoría de las mujeres que eran ambiciosas, creo yo, sentían de alguna manera que el sexo era el enemigo, porque casarse era sepultar todas esas ambiciones. Quiero decir que lo peor que podía pasarle a una mujer, como solían decir, era tener que casarse, o sea, tener relaciones sexuales. Así que el sexo era algo que una debía estar segura de mantener bajo control.
-En el relato "Mi vida querida", usted conecta la idea de la remodelación de una casa con el trabajo de la memoria. ¿Puede contarnos lo que piensa sobre la naturaleza de la memoria?
-Es interesante lo que sucede al envejecer, porque los recuerdos se vuelven más vívidos, en especial los recuerdos lejanos. Pero yo no hago ningún esfuerzo de memoria, simplemente está ahí todo el tiempo, y no sé si escribo más sobre eso de lo que solía hacerlo antes. Ciertamente, las historias de "Finale" son un trabajo consciente con la memoria, y no lo he hecho muy seguido porque creo que si una quiere escribir en serio sobre sus padres, su infancia, una tiene que ser tan honesta como pueda, pensar lo que realmente pasó, y no en la historia que te sirve en un plato tu memoria. Pero por supuesto que eso no es posible, así que al menos una puede decir: "Bueno, ésta es mi versión de la historia. Esto es lo que yo recuerdo".
-Usted me ha dicho algunas veces que nos pasamos repitiendo las cosas que son difíciles hasta que logramos superarlas.
-Creo que eso es particularmente cierto respecto de los recuerdos de la primera infancia. Y siempre hay un trabajo sobre eso para intentar superarlo. ¿Pero qué significa "superarlo"? ¿Que ya no duela más? ¿Que lo hemos pensado hasta hacernos una idea más o menos clara de lo que realmente pasó? Pero nunca escribimos sobre eso. Tenemos hijos. Cuando ellos escriban la historia de su infancia, seguirá siendo sólo la historia de ellos, y el "tú" de esas historias será un "tú" en el que tal vez no nos reconozcamos. Y es por eso que hay que reconocer que incluso el relato que haga el esfuerzo más honesto seguirá sin contemplar la verdad de todos. Pero ese esfuerzo es valioso.
-Cuando uno es escritor, de alguna manera se pasa la vida tratando de entender las cosas, y uno pone lo que ha entendido en papel y la gente lo lee. En realidad, es algo de lo más extraño.
-Una se dedica toda su vida a esto, por más que sepa que fracasa. No se fracasa todo el tiempo, ni en todo, y yo pienso que vale la pena, al menos pienso que lo vale. Pero es como llegar a un acuerdo con cosas con las que una puede lidiar sólo parcialmente. Esto suena de lo más desesperanzado. Pero yo no me siento en absoluto desesperanzada.