martes, 31 de julio de 2012

Esther Tusquets / Oscar Tusquets / Fraternales desencuentos


Los fraternales desencuentros 

de Esther y Oscar Tusquets

Los hermanos, él arquitecto y artista y ella editora y escritora, publican 'Tiempos que fueron'

Se trata de unas memorias familiares a cuatro manos

Un retrato de la Barcelona cultural de la posguerra


Oscar Tusquets
Oscar (“Sin acento, por favor. No me gustan los acentos en las mayúsculas”) Tusquets ha criticado a su hermana, Esther Tusquets, por sus libros de memorias. "No es cierto todo lo que cuentas de nuestra familia", le recriminó  él un día. "Pues escribe tú", contestó ella. Oscar aceptó el envite y decidieron hacerlo a cuatro manos, correo electrónico viene correo electrónica va. El resultado esTiempos que fueron (Bruguera, también en catalán). En este libro de recuerdos de infancia y juventud se desnudan hasta tal punto que sorprende. Está lleno de fraternales desencuentros y de alguna pasión compartida que reviven en este diálogo en un hotel de la Platja d'Aro, en Girona, donde pasaron 13 veranos. Miembros de una familia destacada de la sociedad y la cultura barcelonesa.
Esther Tusquets (Barcelona, 1936) dirigió durante casi 40 años la editorial Lumen, que compró su padre. Publicó en 1978 su primera novela, El mismo mar de todos los veranos, a la que siguieron El amor es un juego solitario y Varada tras el último naufragio, que integran La trilogía del marPara no volverCon la miel en los labios¡Bingo!, dos volúmenes de relatos (Siete miradas en un mismo paisaje y La niña lunática y otros cuentos), reunidos por Fernando Valls en Carta a la madre y cuentos completos. Es autora, entre otros títulos, de tres libros de memorias:Confesiones de una editora poco mentirosaHabíamos ganado la guerra y Confesiones de una vieja dama indigna.
Oscar Tusquets (Barcelona, 1941) es arquitecto, diseñador, pintor y escritor. Socio fundador del disuelto Studio Per, realizó con el arquitecto Lluís Clotet buena parte de sus proyectos hasta 1984. Con Bd Barcelona Design se inició como diseñador de muebles y objetos. Algunas de sus piezas forman parte de las colecciones del MOMA de Nueva York y del Georges Pompidou, de París. Entre sus obras arquitectónicas, destacan la ampliación y remodelación del Palau de la Música de Barcelona y el Auditorio Alfredo Kraus de Kraus de Las Palmas de Gran Canaria. Ha publicado, entre otros libros, los ensayosMás que discutibleTodo es comparableContra la desnudez y Dalí y otros amigos y Anna. En la actualidad dedica el 50% de su jornada a la pintura y tiene proyectos como la construcción de una estación de metro en Nápoles y una exposición de Dalí en el Pompidou.
“Un día mi padre me dijo que no entendía cómo tenía dos hijos tan talentosos. Mi madre se indignó. ‘Son mis hijos’, dijo. “Quise mucho a mi madre y para lo bueno y para lo malo he heredado su talento artístico”, afirma Oscar.
Esther explica en Tiempos que fueron que su madre estaba convencida de que sería traductora y novelista. “Me parece que había decidido también que tú serías artista: arquitecto o pintor. ¿No te parece increíble que hayamos hecho exactamente lo que ella quería?”.



El mar es una de esas pasiones compartidas de los hermanos Tusquets. Por eso han elegido el Hotel Platja d’Aro , en Platja d’Aro (Girona) para hablar de su libro. Pasaron en él 13 veranos, casi solos, con una criada. Los padres solo iban los fines de semana. “Fue determinante, por lo excepcional y por la edad que tenía”, dice Oscar. “A nuestros padres les gustaba mucho el mar. Nos marcó para siempre”, añade Esther. El mar de Platja d’Aro es protagonista de su trilogía.
Oscar confiesa haber tenido terror a las “arbitrarias criadas”, bajo cuyos cuidados pasaron infancia y adolescencia. “Asesinaron a nuestra perra caniche. Una de ellas me decía: ‘Cuando dé la vuelta la tortilla les cortaremos el cuello a tus padres. Otra me encerró con llave en la habitación del Platja d’ Aro. Otra me pegó un bofetón porque había perdido un zapato”. A lo que Esther replica: “Las criadas no eran todas unas bestias dictatoriales y sádicas como tu describes. Hubo de todo”.
Tiempos que fueron está trufado de anécdotas. El día que Esther quiso vender a su hermano por un duro o cuando él le tiró “un cubierto”, no, un cuchillo”, rectifica Esther, con el que le rompió un trocito de diente porque se reía de él que lloraba ante un plato de espinacas hervidas. Esther no se chivó.
Que los niños pasaran las vacaciones en un hotel con una criada es insólito. Esther y Oscar hablan entre sí, casi como en el libro. Los textos son fácilmente distinguibles: los de Esther en letra azul, de cuerpo más pequeño, y los de Oscar, en negro.

Oscar: “Entonces no nos parecía extraordinario, era lo normal. Lo que me extraña es por qué no les explicamos a nuestros padres lo de las criadas”.
Esther: "No estoy muy segura, pero creo que no querían oírnos".
Oscar: "Eran muy especiales. Las memorias suelen ensalzar a los padres. Nuestros padres eran muy contradictorios: no estuvieron con nosotros, pero nos lo permitieron todo: colegios fantásticos y muchos medios para todo".
Esther estudió Filosofía y Letras. Oscar, Arquitectura y dibujo. No tuvo ninguna dificultad con sus "dispersiones": (química, radiofonía, aeromodelismo, trenes eléctricos…). Esther a los 15 ya viajaba sola al extranjero, clases de equitación y ballet.
Oscar: "Te pagaron clases para montar a caballo, ¿por qué lo dejaste?"
Esther: "Cogí miedo. Mi torpeza física siempre ha sido tremenda. Nunca he sabido dar una voltereta".
Coinciden en que a sus padres no les gustaban los niños.
Además de las vacaciones en el hotel Platja d’Aro, los hermanos disfrutaron de los fabulosos viajes de Semana Santa: Italia, Francia, Suiza, Alemania, Austria, Dinamarca, Holanda, Bélgica, siempre en dos coches, con primos, amigos y el amante de la madre.
Oscar: "Esther, a ti la familia te ha interesado mucho más que a mí. EnHabíamos ganado la guerra, cuentas eso de que la familia recibió a las tropas nacionales con banderitas, bueno; pero lo que dices de tía Blanca o de tía Sara, ¿a quién le va a interesar? Claro, vendiste siete ediciones…".
Esther: "Nunca escribo pensando en los lectores, ni en las feministas".
La figura de la madre, según el relato de los hermanos, es fascinante, aunque las relaciones que mantuvieron son extrañas, como casi todo en esta peculiar familia. Oscar dice que estuvo enamorado de ella y Esther está convencida de que mamá no la quería.
Oscar: "El 80% de tus libros gira en torno a nuestra madre. Mamá quería que fueras tan elegante y sofisticada como ella".
Esther: "Cuanto más insistía ella, más me fastidiaba a mí y reaccionaba peor".
Esther explica en el libro que su madre hizo lo que quiso hasta el final, cuidada por dos o tres empleadas y que ellos formalmente se portaron bien con ella y procuraron que no le faltara nada. "Pero ambos fuimos muy crueles con ella. Dejamos que muriera sola".
Oscar: "Mi padre estaba bien. Un día se fue a dormir y a la mañana siguiente estaba muerto. Pero mi madre tuvo una decadencia muy dura y no, no fui a verla en los últimos días. Era difícil de digerir. Victoria, mi mujer de entonces, se pasaba el día con ella".
Esther: "Yo estaba en París y no adelanté el regreso. Cuando volví, de madrugada, me dijo la enfermera que estaba en coma. Me fui sin verla. Yo vivía en el piso de abajo. Luego me dijeron que había muerto. Creo que no me quería".
Uno de los desencuentros más constantes entre los hermanos es si su familia vivía o no en la opulencia.
Oscar: "Esther, no es cierto lo que cuentas en tus memorias anteriores, eso de que vivíamos rodeados de lujo. La riqueza es relativa. Si me comparaba con mis condiscípulos de la Llotja (donde estudiaba dibujo) el abismo era enorme. Si lo hacía con los de la Escuela Alemana, el nivel era parecido, pero si lo hacía con algunos amigos del Club de Tenis Barcelona nuestro nivel era inferior".
Esther: "No éramos ricos si nos comparábamos con las familias del Tenis Barcelona o con las del Golf de El Prat, pero teníamos palco en el Liceo".
Oscar: "Sí, pero se alquilaba. No pertenecíamos al Círculo del Liceo ni al Ecuestre".
Esther: "He decidido que la riqueza no está bien".
Oscar afirma en el libro que ha perdido todo interés por "multitud de temas ideológicos, solidarios, de identidad nacional y no digamos políticos". Critica a Esther por el "buenismo zapateril" que, según él muestra en Pequeños delitos abominables.
Oscar: "Te lo dije antes de que cayera Zapatero, pero tú nunca has dicho que fuera listo".
Esther: "Presumo de ser de izquierdas".
Ambos coinciden en algo: saben cómo les gustaría morir. Oscar ha hecho testamento vital y Esther ha tomado también algunas medidas. Ella quiere morir en su "pisito de la calle Muntaner" o junto al mar. "No quiero que me ingresen en un hospital. No quiero un final feo y sórdido". Él desea que Eva, su mujer, organice una gran fiesta.
Oscar: "No temo a la muerte, pero sí al sufrimiento. Pienso en las cosas que dejaré de hacer, otro edificio, otra pintura, ver crecer a mis hijos".
Esther: "El año pasado creí que iba a morir, no tuve miedo, pero sí pensé en el futuro de mis perras".
Oscar: "¿Cuántas veces me llamaste? Muchas. ‘Oscar, ¿me quieres? Me muero".
Esther: "Solo te llamé dos veces".
Oscar: "Bueno, solo dos".
Esther: "No quiero que me incineren".
Oscar: "No me digas que tienes miedo al fuego".
Ester: "Quiero que me construyas un panteón cerca de Vicenza".
Tiempos que fueron. Esther Tusquets y Oscar Tusquets. Bruguera. Barcelona, 2012. 265 páginas. 17,10 euros
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/21/actualidad/1329845193_956401.html





Esther y Oscar Tusquets

"No tenemos claro 

si los hermanos pueden ser amigos"


Por Alberto OJEDA  
El Cultural, 28/02/2012

Publican el libro de conversaciones sobre su infancia y adolescencia 'Tiempos que fueron'



El apellido Tusquets tiene una sonoridad muy potente en la ciudad de Barcelona. No suele pronunciarse en balde. Los hermanos Esther (Barcelona, 1936) y Oscar (Barcelona, 1941) han contribuido en particular a ponerlo en el candelero de las conversaciones en los círculos burgueses e ilustrados de la ciudad. Ella ha dirigido la editorial Lumen durante cuatro décadas. Es autora de varias novelas y una minuciosa serie de memorias (Confesiones de una editora poco mentirosa, Habíamos ganado la guerra y Confesiones de una vieja dama indigna). Él es un hombre de un espectro creativo renacentista: pinta, esculpe, escribe... Aunque es la arquitectura (fundó el Studio Per junto a Lluís Clotet) lo que más fama le ha proporcionado. Entre ambos prima una relación fraterna, aunque no ha estado exenta de altibajos y palabras más altas que otras ("No tenemos ninguna habilidad como diplomáticos", explica Esther). Ahora publican un libro de conversaciones escrito a cuatro manos, Tiempos que fueron (Bruguera), donde repasan y cotejan experiencias comunes de su infancia y adolescencia (la narración acaba cuando llegan a la universidad). El relato resultante es un revelador retrato de la burguesía catalana, tan sustanciosa y tan contradictoria ella. 



Pregunta.- ¿Es cierto que las memorias de su hermana le habían despertado alguna contrariedad y quería corregirla en algunos puntos? 
Oscar Tusquets: ¡No, qué va! No hubo contrariedad alguna, solamente observé que recordábamos algunas cosas de forma bien diferente y Esther propuso que escribiésemos ambas versiones. No se trata de enmendar sino de dar una visión alternativa. 

P.- ¿Qué cree que aportan estas conversaciones respecto a lo que ya ha escrito sobre su infancia y su juventud? 
Esther Tusquets: La verdad es que este libro, de todos los que he escrito, es el que menos claro tengo qué es. No ha surgido de plan premeditado, sino que se ha ido construyendo sobre la marcha. Hemos hecho lo que nos ha dado la gana. He intentado eludir todo aquello en que se pudiera solapar con los anteriores. A mí me ha cambiado mucho la imagen de mi familia en algunos aspectos. Y creo que es muy interesante cómo vemos cada uno la relación con nuestra madre. 

P.- Usted siempre dice que a él lo quiso mucho más, y, además, no tienes muy claro que a ti te quisiera. 
E. T: Sí, mi madre lo adoraba. Eso ya lo sabía, pero hablando ahora con mi hermano me he dado cuenta de hasta qué punto era generosa y tierna con él. Y no, no tengo muy claro que me quisiera. 

P.- ¿Está de acuerdo, Oscar? ¿Esa visión le hace justicia a su madre? 
O. T: Nuestra madre ha sido una fuente de complejos y de inspiración para Esther. Como todo buen escritor no se trata de que la haga justicia. La venera y la odia en exceso. 

P.- ¿Y su padre? 
E. T: Era mucho más ecuánime a la hora de repartir los afectos entre los hijos. Aunque era un hombre muy difícil de entender. No creo que ninguno de los dos llegáramos a entenderlo bien nunca. En nuestra familia siempre ha sido complicada la comunicación, porque casi todos, en lugar de hablar, farfullamos. Lo bueno de mi padre es que era muy tolerante y permisivo. Si le pedías dinero, por ejemplo, no estaba preguntándote para qué lo necesitabas. Y siempre nos ha dejado hacer lo que queríamos. 

P.- ¿Ve a su hermano como a un amigo? 
E. T: Nos llevamos cinco años y eso se notaba en la infancia. El máximo grado de complicidad empezó cuando fundamos Lumen, en el trabajo conjunto en la editorial. Viajábamos mucho en coche. ¡A mí me encanta viajar en coche! Y antes era una maravilla, sin tanto tráfico. Íbamos juntos a la feria de Frankfurt. Ahí me sentía muy cercana de mi hermano. 

O. T: A mí en realidad lo que se me da bien no es la arquitectura, ni la pintura, ni la escultura... ¡Es organizar viajes! Creer que los padres pueden ser amigos de sus hijos es una simpleza. No sé si los hermanos lo pueden ser. No sé, no lo tengo claro...

P.- ¿Cuáles son los rasgos de la personalidad de su hermana que más valora? 
O. T: La sinceridad, la libertad, ser ella misma en todas las circunstancias. 

P.- ¿Y usted, Esther? 
E. T: Lo que más me gusta es que siempre me divierto con él. Yo soy alguien que se aburre mucho con la gente, por eso lo valoro tanto. Ante un cuadro, un libro, una película, mi hermano siempre te plantea teorías e ideas muy originales, que nunca antes has escuchado, muy creativas. Y además no es nada vanidoso. 

P.- ¿Y lo que menos soportáis el uno del otro? 
O. T: De mi hermana lo soporto todo pero me enerva un poco lo que en el libro denomino su buenismo zapateril. 

E. T: Su violencia verbal (no física, él nunca ha pegado a nadie), la protesta constante y la agresividad. Aunque yo también peco de lo mismo: no somos nada diplomáticos. Si alguien nos parece tonto, no podemos disimular. 

P.- ¿Hay posibilidad de que esta conversación se amplíe a los tiempos posteriores a la universidad? 
E. T: A mí lo que me pide el cuerpo ahora es volver a la ficción; novelas, que, aunque den menos dinero, me da igual. 

O. T: Pues Dios dirá, pero es difícil porque nuestras vidas surcaron mares algo diferentes a partir de entonces.

Nota: El nombre Oscar ha sido escrito sin tilde por expreso deseo de su portador.






lunes, 30 de julio de 2012

Esther Tusquets / Una trayectoria de excelencia


Esther Tusquets

Esther Tusquets

IN MEMORIAM

Una trayectoria de excelencia




¡Qué dolorosa noticia! Esther Tusquets, además de gran editora y escritora, fue también una gran amiga durante muchas décadas. Aunque la conocí ocasionalmente en la primera adolescencia, en un verano que pasamos en Platja D’Aro, nos reencontramos hacia 1960, cuando empezaba a dirigir Lumen y yo tenía un proyecto editorial (que se truncó). Nuestra amistad se consolidó cuando fundamos Distribuciones de Enlace, en 1970, con Barral, Castellet y Beatriz de Moura, entre otros.
Esther, desde sus inicios, llevó a cabo una actividad editorial marcada por la excelencia, en la que destacaría dos colecciones. Una, cuidadísima y pionera (con diseño de los jovencísimos futuros arquitectos Oscar Tusquets y Lluís Clotet), era Palabra e Imagen, que combinaba en cada título textos de autores como Ignacio Aldecoa (Neutral Corner), Camilo José Cela (Izas, rabizas y colipoterras), Miguel Delibes (La caza de la perdiz roja), J. M. Caballero Bonald (Luces y sombras del flamenco) con fotografías de Ramón Masats, Joan Colom, Oriol Maspons y su gran amiga Colita.
Y en la colección Palabra en el Tiempo, que dirigía Antonio Vilanova, se publicaron alguno de los nombres mayores de la literatura del siglo XX, como Franz Kafka, James Joyce, Marcel Proust, Samuel Beckett, Claude Simon o Virginia Woolf. Ediciones elegantes, durante unos años con muchas portadas de Ángel Jové, y con cuidadísimas traducciones: así, Carlos Manzano, del francés, y Marta Pessarrodona, del inglés. Y tuvo dos grandes golpes de fortuna: Umberto Eco, de quien publicó el ensayo Apocalípticos e integrados, se dedicó de repente a la novela y Lumen publicó con extraordinario éxito El nombre de la rosa. Simultáneamente publicó las Mafalda de Quino y el resto de su obra.
Al morir su padre, Magín, quien se ocupaba de los aspectos administrativos y financieros, Esther se desanimó y vendió Lumen a Random. Pero el virus seguía latente y se aventuraron con su hermano Oscar y su hija Milena Busquets con una nueva editorial, RqueR, que no logró despegar y, según me dijo Esther, supuso un descalabro económico.
Además Esther, en 1978, nos pilló de sorpresa: una noche de 1978 invitó a cenar a un nutrido grupo de amigos, cosa que hacía con frecuencia. Pero esta vez nos abría la puerta con un regalo en la mano: un ejemplar de El mismo mar de todos los veranos, una novela que había escrito y editado sigilosamente en Lumen; primera sorpresa. La segunda fue su extraordinaria calidad, con una prosa bellísima, sinuosa y envolvente, llena de meandros e incisos, que recordaba a su admirado Claude Simon. Esta fue la primera novela de una trilogía considerada como una aportación de primerísimo nivel a la novelística española del siglo XX. Luego Esther demostró que era una escritora de largo aliento: después de otras obras en Lumen publicó tres más en Anagrama, entre las que destacaría Correspondencia privada, un libro excepcional con notorio anclaje memorialístico. El tramo final de su obra, publicado en Bruguera, ya fue netamente autobiográfico: así, Habíamos ganado la guerra o Confesiones de una vieja dama indigna, en las que destaca, omnipresente, su peculiar y puntiaguda relación con su madre. El último libro fue su viejo proyecto Tiempos que fueron: una especie de memorias a cuatro manos con su hermano Oscar, recordando, cada uno a su manera, no siempre coincidente, experiencias mutuas o individuales de su infancia y adolescencia.
Esther fue una de mis mejores y más leales amigas y tuvimos una gran complicidad literaria. Prueba de ello fue que cuando, en 1982, estaba preparando nuestro premio de novela y pensando en el posible jurado, además de Luis Goytisolo, Juan Cueto y Salvador Clotas pensé también en Esther Tusquets. Le dije que si, además de los libros de su editorial, tenía ganas de leer manuscritos de nuestro premio, a mí me haría muchísima ilusión. Aceptó de inmediato y formó parte del jurado durante las 25 primeras convocatorias y me demostró, en las distancias cortas, lo que ya sabía: que era una finísima lectora. Lúcida, leal, aguda, en ocasiones inesperada y mordaz, quite a character, como sus grandes escritoras británicas… Adiós, querida Esther.

Umberto Eco / Esther Tusquets

Esther Tusquets

IN MEMORIAM

Me faltará, nos faltará



A principios de los años sesenta me encontraba en la feria de Fráncfort y el puesto de mi editor italiano, Bompiani, estaba junto al de una desconocida editorial española. Montaban el stand Beatriz de Moura y Oscar Tusquets, y más tarde conocí a Esther. La familia Tusquets había comprado poco antes una casa editorial de pequeñas dimensiones, Lumen, y me contaron que querían publicar autores italianos como Gillo Dorfles y Umberto Eco. Llegados a ese punto tuve que confesar que yo era Umberto Eco. Bravos y abrazos. A partir de aquel momento el catálogo de la editorial Lumen aumentó vertiginosamente, la casa albergó alguno de los autores más importantes del momento, y yo me encontré acogido en la que iba a convertirse, tras la muerte de Carlos Barral, en la editorial cultural más prestigiosa de España.


Esther Tusquets

Después, Oscar y Beatriz se fueron por su cuenta, Esther quedó sola al timón y desde entonces he publicado con ella y con Lumen todas mis obras. Incluso si cualquier otro editor ofrecía más dinero, yo siempre he seguido fiel a Esther. Nació entre nosotros una amistad que iba más allá de las relaciones profesionales y, para mí, Barcelona quería decir la casa de Esther. Esther era una intelectual refinada que intentaba que no se notara. Leía y controlaba todo lo que publicaba pero trabajaba en la sombra, de modo que sus autores se sentían libres y respetados. Tuvimos que descubrir por nuestra cuenta (buscando en librerías o leyendo las páginas literarias de los periódicos) que ella era también una autora, y de gran talento. Parecía más interesada en las obras de sus autores que en las suyas. Y pese a que ha sido una persona que con sus decisiones ha ejercido una gran influencia sobre la cultura española, era modesta y una amiga fiel y silenciosa.
Me faltará, nos faltará.


EL PAÍS
FICCIONES

DE OTROS MUNDOS

DRAGON

PESSOA

RIMBAUD

DANTE

FOTOS DE TRIUNFO ARCINIEGAS






domingo, 29 de julio de 2012

Esther Tusquets / La vejez es una porquería


Esther Tusquets

"El sentido del humor aumenta con la edad porque la vejez es una porquería"

Fundadora de la editorial Lumen y autora de una decena de títulos de narrativa, ensayo y memorias, la escritora barcelonesa acaba de publicar, a los 70 años, su nueva novela, ¡Bingo! Allí retrata un universo "de medio pelo" al tiempo que reflexiona sobre el amor y el final de la vida. En esta entrevista habla de su pasión por el juego, de la liberación de la mujer y de su infancia de "niña bien".

"Habremos conseguido la igualdad el día que una mujer incompetente alcance un cargo de responsabilidad"

"Se ha escrito mucho sobre los perdedores de la Guerra Civil, pero no sobre los ganadores. Los privilegios eran totales. Yo no recuerdo el racionamiento"
En el local abundan los colores rojos y las luces brillantes. Una profusión de empleados extremadamente amables -el aparcacoches, el portero, los camareros, el propio que reparte los cartones- recibe a Esther Tusquets (Barcelona, 1936) con familiaridad. Estamos en un bingo de Barcelona, un lugar en principio insospechado para una intelectual de características tan exigentes, pero si algo define a esta escritora es su radical singularidad y, desde luego, su capacidad para sorprender. La sala es grande, las mesas espaciosas y los sillones confortables. Apenas instaladas disponemos de los prescriptivos cartones. Son muy pequeños, como billetitos de lotería. Una voz va recitando números y las partidas se suceden muy rápidas, más o menos cada dos minutos. No hay que poseer una habilidad especial para el juego, sólo tachar los números enunciados y esperar que la totalidad del cartón coincida para cantar el anhelado ¡bingo! Y, aparentemente, esto es todo. Tusquets pide los cartones de cuatro en cuatro porque "es la única forma de ir un poco más loca". Y añade, "pero no se preocupe, no se canta nunca y aunque se cante, al final nunca se gana". Uno se pregunta cuál es el atractivo real de este ambiente para que una experta jugadora de póquer y una asidua del bridge (juega por ordenador hasta las cinco de la mañana) dedique su tiempo a un juego de tan escasas emociones. Pero las respuestas van saliendo cuando relata las anécdotas vividas con las personas asiduas al local, con los taxistas que la devuelven a casa de madrugada, con algunas mujeres a las que ella misma acompaña en su coche al término de la jornada. En ese ambiente y esas vidas se ha inspirado para escribir el libro que acaba de publicar: ¡Bingo!




PREGUNTA. Así pues, ¿juega usted al bingo?
RESPUESTA. Juego al bingo. Llegué al bingo por casualidad, porque, aunque parece raro, hay muchos jugadores de bridge que van al bingo. Un día fui con un grupo de bridgistas y me pareció que era muy aburrido, porque no tienes ninguna iniciativa. Volví otro día y otro y me enganché. El bingo tiene algunas grandes cualidades; una es que conoces gente muy dispar, otra es que juegas a la hora que te dé la gana y otra que juegas sola, no con un partner que se te enfada y te riñe, como en el bridge.
P. ¿Es consciente de la sorpresa que supone el que alguien como usted, que ha dedicado su vida a los libros, se dedique a un juego en el que además la cabeza interviene poco?
R. El día que me fui de la cena en la que me daban el Premio Herralde para ir al bingo no lo podían creer, creían que bromeaba. Un bingo es un sitio al que una mujer puede ir sola a las cuatro de la mañana, que hay muy pocos. Y puedes ir pensando bastante en tus cosas. Luego está la emoción del azar. Soy muy jugadora, me divierte el puro azar.
P. ¿Y del bingo concretamente, qué es lo que le engancha?
R. Primero, la gente, y luego, el cantar. Que el numerito te salga. Es un momento genial, aunque sabes que pierdes dinero, porque siempre pierdes. Si un día ganas 1.000 euros, el próximo mes perderás 2.000. Tú sabes que recuperarás la mitad de lo que inviertas. Pero esto es algo que el binguero no piensa. Al entrar aquí se sorprende muchísimo de que su número no salga. Y se lo decimos a los vendedores como una cosa muy especial: "Me he quedado a uno". Y hay muchísima gente que se queda a uno. "Se me ha quedado en pantalla", y es la tragedia número uno. Lo normal es que no te toque.
P. ¿Le engancha más que el póquer o que el bridge?
R. Si hubiera un sitio en el que se pudiera jugar a cualquier hora y con la comodidad del bingo, prefiero el póquer. El bridge no, porque para jugarlo bien hay que concentrarse y dedicarse, y me da pereza. Elbridge es un juego fantástico, pero va en serio. En cambio, el bingo es puro azar, aunque los bingueros creen que depende de la mesa: "Siéntate en esta mesa, que hoy toca mucho", te dicen.
P. Lo mejor de su libro ¡Bingo! son los personajes y las historias en torno a ellos. Son historias de soledad o al menos bastante melancólicas.
R. Muchas sí. Sobre todo porque hablo del bingo a altas horas de la madrugada. Entonces es más melancólico. Por la tarde puedes encontrarte señoras que van un rato a jugar, se toman un té y unas pastas y cotillean de sus cosas. Y luego están los grupos de jóvenes, que irrumpen, hacen unas grandes partidas, gritan, casi los echan y se van. Está la persona que juega 20 euros y se larga, y está la que se va poniendo nerviosa y va saliendo al cajero automático a buscar más y más dinero...
P. ¿Ha encontrado algún drama humano que le haya conmovido?
R. No. Le dije a un taxista que me llevara a un bingo determinado, y me dijo: "Señora, si juega en serio, ahí se juega muy poco, vaya al Don Pelayo, que por lo menos merece la pena". Él me contó que un día salió un señor que iba en el taxi y le dijo que le llevara a un hotel de las Ramblas porque no se atrevía a volver a su casa. Ese nivel de drama no lo he visto.
P. El libro se lo ha dedicado a su hijo Néstor. ¿Cómo han recibido sus hijos su nueva afición?
R. Milena es muy tolerante, va a la suya, pero es muy tolerante. Néstor es un puritano, tiene unos criterios morales sumamente rígidos. Hubo un terrible drama porque un día estábamos comiendo juntos, a mí me quedaban tres cuartos de hora para ir a una radio y le dije que iría a El Corte Inglés a comprar un tapete. En su lugar me metí en el bingo y me vio. Fue una tragedia.
P. ¿Y cómo le convenció de que no tenía que tomárselo así?
R. Le escribí una carta que pensé que era muy convincente, pero no me dijo nada. Cuando le llamé diciendo que si la había recibido, me dijo: "No sirve de nada, porque no cedes en nada". Yo no dije que iba a dejar de jugar al bingo. Se lo tomó a la tremenda.
P. Correspondencia privada es uno de sus mejores libros. ¿El género epistolar es el que prefiere para expresarse?
R. Me siento muy cómoda. Hablando en segunda persona es muy fácil escribir. En literatura nunca parto de cosas a priori, nunca me propongo el estilo ni el tema, ni hacer literatura moderna o no moderna. Sale como sale. En mis primeros libros, las frases interminables de los incisos, no era en absoluto deliberado, es que salía así.
P. Sus textos también se caracterizan por un erotismo suave.
R. Sí, y creo que también está el sentido del humor, que quizá va aumentando con los años porque la vejez es una porquería. No estoy nada de acuerdo con eso de que cada edad tiene sus cosas buenas. Una ventaja tiene, y es que te da una enorme distancia con las cosas, y esto es fantástico. He aprendido que hay muy pocas cosas importantes.
P. Hace tiempo señalaba que a las mujeres el amor nos dura menos, pero usted se ha enamorado poco antes de cumplir los setenta años.
R. Sí, al final de Correspondencia privada digo que antes vivía aventuras y que con la edad sólo me pasaban cosas, y es que la vida es fantástica, te ocurren cosas inesperadas. Lo último que yo me esperaba era enamorarme, ni se me pasaba por la cabeza. Cuando en una reunión veía que las mujeres de mi edad estaban pendientes de una llamada telefónica, pensaba: "Dios mío, están chifladas". Y entonces me enamoré.
P. ¿Y cómo se dio cuenta? ¿Es lo mismo que a los 20 años?
R. Sí, el flechazo es el mismo que a los 20 años. Te pone la vida en tecnicolor. Todo adquiere otro relieve, todo tiene otro interés. Fue fantástico.
P. ¿Le gusta la época que vivimos?
R. Yo pienso que todo el tiempo presente es mejor que el pasado. Tenemos ventajas que son muy importantes. Sólo los avances de la medicina, por ejemplo, son de tal ventaja que compensan casi todo. La anestesia, eso de que no te duelan las cosas, que la gente muera sin sufrir, las mujeres en el momento de parir...
P. ¿Y por qué prefiere ser mujer, como decía en el título de uno de sus libros?
R. Es curioso, pero a todas las mujeres a las que les he preguntado prefieren ser mujeres.
P. Es cierto, pero parece una aberración.
R. Es una aberración. Las mujeres lo tenemos mucho más difícil que los hombres. Si tienes una niña es para pensar: "Pobrecilla, qué mala suerte has tenido". Pero me horroriza tanto el machismo, la obligatoriedad de los hombres de dar la talla, ser capaces de liarse a puñetazos, ser heroicos en la guerra, no llorar. Prefiero no ser yo la responsable del mundo en que vivo. Lo han hecho ellos. A lo mejor nosotras lo haríamos peor, pero está por demostrar. El mundo tal como es hoy de desastroso lo han hecho los hombres.
P. Esa talla que le horroriza es la que exigen a las mujeres, y si no las excluyen.
R. Sí. Las mujeres que llegan muy arriba se comportan como hombres: es una pena. Habría que inventarse otra forma de influir y tener poder que no fuera el masculino. En general, las mujeres son un poquito menos petulantes o ambiciosas. Se dice que en las empresas los ejecutivos masculinos son un poco más agresivos, se ponen histéricos si a uno le cambian la moqueta y a él no se la cambian. He visto a muchas escritoras dar entrada a otra mujer, me parece que somos menos celosas y más generosas. Las mujeres escritoras que he conocido son estupendas. Muchas siguen en la historia de que no hay problemas para la mujer: las mujeres que destacan deciden que si las otras no destacan es porque son tontas. Y claro, a mí me gusta mucho recordar esa frase de que habremos conseguido la igualdad el día que una mujer incompetente alcance un cargo de responsabilidad. Cuando una tonta sea director general habremos conseguido la igualdad. De momento no es así. De momento las mujeres, para llegar donde ellos empiezan, llegamos agotadas. El esfuerzo que tenemos que hacer para llegar al punto de partida de ellos ya te deja medio muerta.
P. ¿Y qué opina de esas culturas en las que el sometimiento de la mujer forma parte de su esencia?
R. Yo no acepto nada que me ponga de ciudadana de segunda. Cualquier ideología, cualquier nacionalidad que lo haga no me interesa. Los árabes no me interesan. Con eso y con el racismo soy beligerante. Hay cosas en las que no hay que pasar ni una porque si pasas una vas listo. Uno de estos días tengo que ir a hablar en un curso sobre Freud...
Esa prepotencia de los psicoanalistas de que si dices no a algo "es una resistencia". ¿Cómo demuestras que no es una resistencia? La envidia del pene es una estupidez: ninguna mujer sensata piensa esta tontería. Pero ellos te dicen, "en el fondo no lo sabéis". Es una tontería como una casa, y llevamos decenios de años hablando de la envidia del pene. Y además, que si compensa cuando tienes un hijo porque el hijo sustituye al pene... Eso para cualquier mujer sensata es una estupidez. El psicoanalista que dice eso es un machista. Todo lo que me haga ciudadano de segunda no me interesa. No soy masoquista.
P. ¿Por dónde ve un rayo de esperanza?
R. En esto de que decidamos cuándo queremos tener los hijos. El trabajo y la maternidad son irrenunciables. Será complicado, tendrá inconvenientes, pero son irrenunciables: tenemos que tener hijos, pero tenemos que trabajar. La independencia de la mujer empieza por tener su propio dinero, y el dinero lo consigue trabajando. Eso de que los padres también pueden tomarse sus días de vacaciones para el cuidado del niño son pequeños pasos que no están mal. De todos modos, la lucha de la mujer es dura. Ellos no aceptan que haya mujeres más tenaces que ellos y que ganen más dinero. Las mujeres de mi generación que están viviendo solas, incluso algunas muy guapas, son muchas.
P. ¿La solución está muy lejos?
R. La solución está muy lejos en todo, no por ser mujer, sino en todo. Yo creo que las mujeres hacen que la vida sea un poco más posible. Vivimos quizá demasiado consagradas a que reine la paz del hogar, a que reine la paz no sé dónde, a arreglar las cosas para que no se produzcan conflictos. Hacemos la vida un poco más suave. Que las mujeres sean como los hombres me choca mucho. De una taxista espero que se comporte de otra manera. Cuando una mujer conduce un coche y se comporta como un hombre, pienso: "¡Serás tonta!". Porque en principio nos podemos comportar de otro modo.
P. ¿Sigue escribiendo?
R. Escribo cuando tengo ganas. Ahora estoy escribiendo una cosa que me encanta y a lo mejor sólo me encanta a mí. Intento hacer un retrato de lo que era yo y de lo que era la sociedad burguesa catalana de los años cuarenta y cincuenta. Empieza con la entrada de los nacionales en Barcelona y no sé si terminará cuando entré en la universidad. Me parece que se ha escrito muchísimo sobre la Guerra Civil, sobre los que la perdieron, pero no sobre los que la ganaron, y sobre lo que era la infancia de una niña bien en Barcelona se ha hablado menos. Pasaban cosas muy fuertes. Yo jamás hice cola para un pasaporte, porque siempre me lo daba la policía. Llegaron a venir a hacernos el carnet de identidad al comedor de mi casa, sin tener que bajar a la comisaría. Se podía despedir a una criada sólo porque llevara una ropa que no correspondía a su clase aunque tuviera dinero para comprársela, o porque cantaba cuando trabajaba. Eran cosas muy fuertes. Yo he visto a un médico coger un plato y tirárselo por encima a la doncella que estaba sirviendo la mesa porque había untado el tomate por los dos lados del pan tal y como le había dicho el niño. Los privilegios eran totales. No recuerdo lo que llamaban racionamiento, el pan negro
... Había diferencias totales.
P. ¿Y de dónde le viene esa conciencia social?, porque usted formaba parte de esa burguesía.
R. Ha sido una reacción muy rara, pero siempre lo tuve muy claro. También te pasaban cosas divertidas. Teníamos dos personas trabajando en mi casa, y como mi madre era muy franquista, no decían nada, pero iban las dos por la carretera dando saltos y diciendo, "somos comunistas", y todos los días nos daban ensaladilla rusa. Yo las oía en la cocina decir, "para que se enteren". En mi familia estaban los Tusquets y los Guillén. Los Tusquets eran encopetados, por parte de madre, parientes de los Milá y de muy buena familia. Por lado del padre éramos banqueros judíos, y el hijo Juan, el sacerdote, estaba en el complot de los militares para el alzamiento. Franco le consultaba qué había que hacer en muchas cosas. Por otro lado, la familia de mi madre era completamente diferente: su padre era masón y el hermano de mi madre era nazi, pero nazi de ir por los bares cantando himnos con una corbata del color de la bandera alemana, y tenía en su casa un museo nazi. Las dos familias eran de la burguesía catalana, pero eran muy diferentes. Las mujeres eran fortísimas, para empezar. Vivían un millón de años. A mi abuela, cuando celebró su 90 cumpleaños, le hicieron una gran fiesta, y todos dijimos: "¡Qué bien ha funcionado todo, lo tenemos que repetir todos los años!". Ella dijo: "No, todos los años no, que es muy caro, cada cinco años". Tenía 90. Así era mi abuela. En toda la guerra salió a la calle con sus medallas de oro, y durante toda la guerra se morían de hambre en Pedralbes, pero las criadas servían la mesa, y luego comían en la cocina. ¿Sabe lo que eran las entradas en el Liceo? Señoras despampanantes con joyas, y en la calle, la gente mirándonos con admiración: entrabas como en los Oscar.



Esther Tusquets

Una editora particular


ESTHER TUSQUETS empezó su carrera como editora en los años sesenta cuando su padre compró una pequeña editorial en la que proyectaban publicar no más de seis libros al año. Aunque esa cifra pronto se elevó hasta treinta, nunca sobrepasó el tamaño que le permitía leer personalmente la totalidad de su catálogo y relacionarse de forma atípica, casi doméstica, con el equipo de profesionales que siempre trabajaron con ella. "Empecé con muchísimo miedo porque la editorial me cayó de las nubes, no tenía vocación de editora", recuerda ahora. "Mis amigos daban por descontado que no duraría más de dos años. Tuve suerte y mi mérito fue saber aprovecharla. Cuando tengo una buena mano de póquer le saco partido. Y Mafalda y El nombre de la rosa fueron dos buenas manos", dice refiriéndose a los títulos que asentaron definitivamente aquella aventura. Esther Tusquets dirigió Lumen durante casi cuarenta años y su trayectoria estuvo caracterizada por la calidad de autores frecuentemente descubiertos por ella. Fue el caso de Gustavo Martín Garzo, que pasó de publicar en un sello local a ganar el Premio Nacional de Literatura con El lenguaje de las fuentes. Además, fue pionera en dar a conocer a escritores nunca antes editados en España (Susan Sontag, por ejemplo) y en crear colecciones de literatura infantil magníficamente ilustradas, cuando ese género era aquí casi inexistente. También creó una excepcional colección de poesía nada rentable en aquella época y la ya emblemática Femenino Singular, una colección sólo para mujeres escritoras. Cambiar, el panorama editorial, sostiene, no ha cambiado tanto desde entonces: "Lo que está mal ahora es lo mismo que estaba mal en mi época, y es que se edita diez veces más títulos de lo que se debería. Las multinacionales lanzan un título a ver qué pasa en tres meses: o se convierte en un pequeñobest seller o se destruye y se quita del catálogo. Es lo contrario del editor vocacional, que hace poco a poco un buen catálogo del que nunca se tacha un autor. Y si salen cinco al año, salen cinco". Sobre las cifras de venta, matiza: "Son muy falsas. Quizá se venden más libros que antes, pero se venden los best sellers, los libros de calidad se venden menos. Eso es grave. Lumen vendía no sé cuántos miles de El nombre de la rosa, pero yo hubiera preferido que fueran menos y vender cinco mil de cada título de la colección Fantaciencia". Esther Tusquets se adelantó a su tiempo y con su estilo sereno contribuyó decisivamente a la cultura cosmopolita de la Barcelona que fue un referente cultural para todo el país en las décadas de los sesenta y setenta. Cuando a finales de los noventa las cifras del negocio amenazaban con obligarla a dedicar más tiempo a los números que a la literatura vendió el 80% del sello a una multinacional (Random House Mondadori), que la jubiló poco tiempo después, hace ahora diez años. Pero ni siquiera la jubilación la sumió en la nostalgia: "Comparado con el disgusto que tuve cuando murió mi último perro, el disgusto de vender Lumen no tiene color", declaraba en aquel momento, y esa declaración retrata muy bien la escala de valores de la editora, para la que disfrutar de lo que la vida le ofrece implica dedicar también su tiempo, y no en menor medida, a sus hijos, sus amigos, sus perros o sus viajes. Paralela a la edición, Tusquets desarrolló una brillante carrera como escritora que comenzó en 1978 con El mismo mar de todos los veranos y cuya última entrega es¡Bingo! Entre uno y otro, más novelas, relatos, ensayos y memorias como Prefiero ser mujer y Memorias de una editora poco mentirosa (ambos publicados por RqueR, el sello que montó con su hija al dejar Lumen). Finalmente, a caballo entre la autobiografía y la ficción, un libro excepcional, Correspondencia privada (Anagrama, 2001). Allí se reúnen cuatro cartas de la autora -una a su madre y tres a cada uno de sus amores- que constituyen un modelo de literatura introspectiva y el alumbramiento de toda una ética. Una auténtica joya y la demostración de que la buena literatura es la que habla de lo que le pasa a uno, de lo que nos pasa a todos.


Esther Tusquets

"Me parece un error muy grave que las mujeres no trabajen"


La editora y escritora barcelonesa reúne en un libro, con el significativo título de Prefiero ser mujer, artículos que fueron publicados a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. Amor, profesión, hijos y amistad componen el ensayo.
En algunos casos por repasar el camino recorrido; en otros, por comprobar que muchas cosas no han cambiado tanto como parece y, en ocasiones, por pura curiosidad, los artículos publicados por Esther Tusquets en la desaparecida revista Destino ofrecen una reveladora panorámica de la evolución de las españolas en las últimas tres décadas. La selección de la editora y escritora se ha completado con la inclusión de textos actuales al final de cada capítulo para que los artículos queden situados en el tiempo y contrastados con el presente. Con un criterio independiente ha abordado Esther Tusquets (Barcelona, 1936) la escritura de Prefiero ser mujer hasta el punto de que afirma en el prólogo que el libro "no contentará a nadie: ni a las feministas, ni a las sometidas, ni imagino que a muchos hombres".






PREGUNTA. Tres décadas después, usted cree que sus artículos mantienen el interés. ¿Por qué?
RESPUESTA. De algún modo, he planteado el libro como un balance, una recapitulación. Es cierto que muchas cosas se han transformado totalmente, pero otras apenas han cambiado en la situación de las mujeres.
P. ¿En qué se ha avanzado menos en la igualdad entre hombres y mujeres?
R. Sin duda alguna, en el plano profesional, en la igualdad de oportunidades en el trabajo y en el acceso a los puestos. Creo que las niñas siguen orientadas hacia actividades digamos femeninas. Y todo ello ocurre a pesar de que la coeducación está implantada en España desde los años setenta. Además las mujeres que trabajamos tenemos que desempeñar siempre un triple empleo: atender y complacer al marido, ejercer nuestra profesión y ocuparnos de los hijos y de la casa. En esa faceta del trabajo doméstico podemos afirmar que las mujeres siguen asumiendo la mayor parte de las tareas y que los hombres no colaboran mucho.
P. Señala en su libro que muchas mujeres tienen un sentimiento de culpa al tener que optar entre la profesión y los hijos. Usted ha sido madre y, al mismo tiempo, editora y escritora. ¿Tuvo sentimiento de culpa?
R. La verdad es que nunca he tenido ese sentimiento de culpa porque he rechazado de plano ese tipo de educación cristiana. Pienso en cualquier caso que para los hijos siempre resulta más enriquecedor tener una madre activa y con una vida más interesante que la rutina de un ama de casa. Para mí es imprescindible que las mujeres trabajen porque, además, los hijos representan una etapa de la vida, ya que con el tiempo desaparecen de la casa familiar.
P. No obstante, en algunos países europeos muchas mujeres con estudios abandonan sus profesiones para dedicarse a la casa y los hijos.
R. Me parece, en cualquier caso, un error grave que las mujeres no trabajen. Es cierto que en ocasiones se producen retrocesos como el que usted describe. También asistimos al regreso de algunas madres a parir con dolor, algo que me parece un atraso, o el fenómeno de sobrevalorar la lactancia porque a algunas mujeres les parece una forma más natural de criar a los hijos.
P. Sostiene en su libro que una mayoría de hombres prefiere a las mujeres sumisas antes que a las independientes tanto ayer como hoy.
R. Poco, ha cambiado poco esta predilección de los varones, en términos generales. Es decir, a gran número de hombres les resulta incómodo convivir o tratar con mujeres independientes, protestonas, que buscan una relación de tú a tú. Aspirar a una relación interesante y fructífera requiere de un esfuerzo mayor y, por otra parte, a los hombres les cuesta renunciar a privilegios mantenidos durante siglos. Aunque esté de acuerdo de un modo racional con muchas propuestas de las mujeres, el varón tenderá a defender sus privilegios. Es cierto asimismo que hoy en día, a diferencia de hace unos años, las mujeres valoran más y hablan más del aspecto físico de los hombres.
P. Usted defiende la amistad entre mujeres y rebate esas tesis de que siempre existe rivalidad.
R. Siempre ha sido fácil la amistad entre nosotras y es falso que las relaciones femeninas estén marcadas por la envidia o la competencia. La amistad entre nosotras ha sido denostada mientras se ensalzaba una cierta camaradería entre los hombres. Estar entre mujeres siempre me ha resultado muy gratificante porque se establecen unas relaciones de mutua lealtad. Entre mujeres, lo normal es que las convivencias o los viajes discurran dentro de un ambiente de relajación, tolerancia y permisividad mayor que cuando están presentes los varones. Con los hombres las convivencias son más tensas. En realidad, poner paz siempre ha sido una misión de mujeres, en todos los órdenes de la vida.
P. Al final de su ensayo, incluye una narración sobre una amiga y usted, como autora, concluye que el amor es un juego solitario. ¿Lo cree de verdad?
R. No, no lo creo. En realidad fue un recurso literario y un guiño al título de una novela mía. Es cierto que en el amor hay mucho de invención, pero no es un juego solitario porque incluye momentos y etapas en los que se comparte mucho. En definitiva se trata de un juego compartido que, a veces, incluso dura toda la vida.
P. La edad, el envejecimiento, siguen marcando con un rasero muy distinto a hombres y mujeres. ¿A qué se debe?
R. La percepción de las diferencias de edad ha evolucionado poquísimo en las últimas décadas, la visión de la sociedad es prácticamente idéntica, de modo que si ven a una señora mayor con un jovencito muchos van a pensar que está pagando por la compañía. Se trata en última instancia de una cuestión de poder porque un hombre se divorcia y, aunque sea un desastre, pronto tiene a una veintena de jovencitas a su alrededor. Por el contrario, una mujer mayor que liga con un hombre de menos edad se convierte de inmediato en piedra de escándalo. Cuando una mujer se separa tiene verdaderas dificultades para entablar nuevas amistades. Si nos fijamos bien, el mundo está lleno de mujeres que son presentadas en público como la ex de alguien.