sábado, 30 de abril de 2011

Philip Roth / A golpes de martillo


Philip Roth
A GOLPES DE MARTILLO
Por Andrea Aguilar
El País, 23/04/2011

Es el último novelista vivo de una luminosa generación de escritores estadounidenses. Philip Roth tuvo como amigos y maestros a autores como Bernard Malamud y Saul Bellow, y junto a otros contemporáneos suyos como Thomas Pynchon, John Updike y Normal Mailer abrieron una nueva senda en busca de la gran novela norteamericana. En esta entrevista, en su casa de Nueva York, Roth habla de su último libro, Némesis, de lo que significa para él la escritura y la literatura, de la culpa y del paso del tiempo
Su fama, no solo literaria, le precede. Desde que en 1959 publicó Adiós Columbus, la polémica y el éxito han marcado la carrera de Philip Roth (Newark, 1933) como la de ningún otro escritor. La impúdica e hilarante diatriba de su personaje Alexander Portnoy con su psiquiatra, a finales de los años sesenta, fue el pistoletazo que le colocó a ojos de la crítica a la altura de Styron o de su coetáneo Updike. Roth, admirador y amigo de Malamud y Bellow, inauguraba una nueva senda en la novela americana.
Con El lamento de Portnoy también puso en pie de guerra a un grupo de rabinos que le acusaron de antisemita. Las feministas del momento no se quedaron atrás y le señalaron como un flagrante misógino. Los títulos que publicó en la siguiente década azuzaron los furibundos ataques. De la mano de Zuckerman, en nueve de sus novelas, tensó la frontera entre realidad y ficción. Su divorcio de la actriz británica Claire Bloom, y las nada elogiosas memorias que ella publicó poco después, alimentaron los cotilleos. Pero Roth no se arredró. Plantó cara a las sucesivas batallas con genio, a golpe de novela, probando una y otra vez que "la literatura no es un concurso de belleza en el plano moral". En la farsa, la sátira o la tragedia, el escritor se ha declarado enemigo de lo simple, de la dicotomía entre blanco y negro, y trabaja como pocos la gama de grises que tiñen la conciencia.
A diferencia de John Updike, el prolífico cronista de la clase media americana y exquisito crítico, Roth, el chico malo sin pelos en la lengua, satírico, irreverente, crudo, sexual y rabiosamente judío ha concentrado toda su energía en la ficción. El acoso y las peleas públicas nunca le empujaron a la misteriosa reclusión del vanguardista Thomas Pynchon. El héroe de Newark construyó su leyenda con la apabullante fuerza de sus libros, demostrando que no tenía ningún camino prohibido, que su ficción podía crecer y abarcarlo todo. En su obra ha explorado la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial o el macartismo, ha buceado e investigado con ahínco. "Su chorro de creatividad es casi shakespeareano", declaraba a finales de los noventa el crítico Harold Bloom. "Están DeLillo, Pynchon, Cormac McCarthy, pero en términos de diseño total y de inventiva y de originalidad, creo que Philip es lo que está más cerca de lo mejor".
Treinta y tres títulos después de su debut, el autor de Pastoral americana o La mancha humana, es el único novelista vivo cuyo trabajo está siendo publicado por Library of America, un proyecto similar a La Pléiade que reúne la obra completa de los mejores escritores estadounidenses (quitar en ediciones anotadas). Además, Roth cuenta en su haber con una impresionante lista de galardones -en la que solo falta el Nobel- y millones de lectores en todo el mundo. A los más jóvenes les cuesta entender la controversia que despertaron sus primeras obras. Quizá haber forzado el estereotipo de inmigrante judío de segunda generación hasta derribar ese muro sea una de las mayores victorias de este escritor. Con Némesis, su último libro, cierra el ciclo de cuatro novelas cortas que arrancó con Elegía y regresa al escenario de su infancia, en el Newark de la década de los cuarenta durante la epidemia de polio.
El escritor se retiró al campo en Connecticut hace más de diez años, pero pasa los inviernos en la ciudad. Al oeste de Central Park, en el Upper West Side, se encuentra su apartamento neoyorquino. Un gran ventanal con una impresionante vista al sur domina un luminoso y amplio salón de suelos de madera clara y exento de librerías. A la derecha, un flexo ilumina el escritorio de cristal. Falta el ordenador, una pieza clave para Roth desde los noventa, que vino a sustituir una sólida máquina de escribir -"como un cañón, grande, negra, inamovible"-. Antes tuvo una Olivetti portátil -"maravillosa, podías empujarla por la mesa, escribir y empujar"- y, por insistencia de sus amigos, dejó el papel y la tinta y se pasó a la pantalla y el teclado -"lo mejor que le ha pasado a mi escritura"-, algo que le permite reescribir mientras avanza. El oficio de escritor para Roth tiene algo de combate físico. Trabaja cada día, todo el día y, durante muchos años, lo hacía siempre de pie. Ahora, solo la mitad del tiempo. "Empecé porque tenía problemas de espalda. Me encanta no estar metido en el hoyo. Si te atascas puedes caminar y quitártelo de encima".
El sofá se encuentra en el otro extremo del salón. Roth, alto y delgado, camina sin zapatos por la casa. Viste un pantalón de pana y jersey de lana gruesa beis. Mientras habla, sentado en una butaca de cuero negro, juega con las gafas que le cuelgan del cuello y clava la mirada. Agudo y ágil conversador, intercala bromas y carcajadas, pero evalúa sin piedad a su interlocutor y no duda en recordar aquel tiempo en que no se mostraba tan cortés en las entrevistas -"me levantaba, me marchaba de un portazo, si me preguntaban si hacía lo mismo que mis protagonistas les gritaba que sí, exactamente, ¡al pie de la letra!"-. Esta tarde se muestra más sereno. Habla con admiración de la correspondencia de Bellow recientemente publicada y asegura que lo suyo, sin embargo, nunca fueron las cartas, ni los diarios: le cuesta encontrar el tono y siempre está tentado de reescribir, quitar -como todo lo demás-. Aunque hay un ejemplar de The Paris Review bajo su asiento, dice que no ha leído nada nuevo en ficción desde hace tiempo, ni Jonathan Franzen, ni Foster Wallace -"la última gran novela que leí fue Submundo de DeLillo"-.




PREGUNTA. En Némesis habla del miedo, un asunto central en Estados Unidos después del 11-S.
RESPUESTA. La polio atacó América en la primera mitad del siglo XX y las advertencias paternas sobre la enfermedad fueron el coro de fondo de mi infancia. Cuando se descubrió la vacuna en 1955, ya me había licenciado en la universidad. No necesitaba el 11-S para escribir este libro.
P. ¿Es la literatura una buena brújula para entender el presente desde el que se escribe?
R. ¿Pienso que la ficción refleja el momento en que ha sido escrito sin importar en qué época esté situada la acción del libro? No. Yo quería describir 1944 en Newark. Leí mucho y me entrevisté con un par de tipos de mi edad que tuvieron la polio. Cuando trabajo pongo mucho cuidado en recrear con fidelidad una época. Si el presente en el que escribo también queda reflejado no es un algo deliberado.
P. ¿Opina lo mismo como lector?
R. Si es sutil, a lo mejor, con el paso del tiempo puedes ver que algunas cuestiones históricas determinaron que los escritores estuvieran interesados en ciertos temas.
P. ¿Cómo ha afectado el 11-S a la literatura norteamericana?
R. Algunos escritores lo han usado en sus libros. Pero, en general, la literatura no funciona así. Yo tardé 65 años en hablar de la polio y ese es más o menos el margen. El paso del tiempo deja espacio para la cavilación y llega una generación de escritores que pueden capturar el hecho, que no suele ser la misma que estaba en su madurez cuando ocurrió. ¿Cree algo de lo que digo?
P. En algunos de sus libros parece que hubiera una advertencia: cuidado con la bondad.
R. Sí, una buena frase. El teatro de Sabbath es el reverso: abraza la maldad.
P. Harold Bloom considera que ese es su mejor libro.
R. Es bueno. Estoy a punto de releerlo y yo nunca releo mis novelas.
P. ¿Por qué no?
R. A menudo es doloroso, ves lo que no conseguiste hacer y el lenguaje que usaste puede resultar un poco embarazoso. Uno no siempre está en buenos términos con sus libros del pasado.
P. ¿Por qué lo está releyendo?
R. Alguien me lo sugirió, mientras yo estaba criticando algo de mi obra. El impulso detrás de Sabbath fue fuerte y nuevo. El nivel de invención es muy alto. Cuando lo publiqué lo odiaron.
P. En un ensayo sobre Bellow habla de su transformación revolucionaria con Auggie March. ¿Piensa en su propia obra en estos términos?
R. Bueno, El lamento de Portnoy fue algo totalmente distinto de mi obra anterior. Vine a Nueva York en 1963 y daba clases en Princeton. Conocí a un grupo de tipos, todos judíos y un poco mayores que yo. Nos reuníamos y teníamos unas juergas hilarantes, enlazando un tema detrás de otro con historias extravagantes. Después de dos o tres años pensé que por qué no escribía eso, y decidí llevar a la página el comedor del restaurante. Aquello fue el comienzo de una explosión que duró unos doce años. Intenté empujar el elemento cómico tan lejos como pudiera.
P. ¿Para defenderse?
R. No, era una ofensiva en todos los sentidos. La idea era "si no te gusta el tipo que escribió Portnoy, vas a odiar al que escribió esto". Me liberé de mi decorosa educación literaria. El siguiente gran cambio llegó con La contravida, a mediados de los ochenta, un nuevo acto de apertura. Me sentía expansivo cuando escribía y las palabras llegaron.
P. ¿Qué se propuso hacer en esta serie de Némesis?
R. En los noventa Bellow estaba escribiendo novelas cortas. Recuerdo que le pregunté cómo lo hacía y él, como siempre, se rió. En aquel momento en mis libros yo buscaba ampliar y seguir incluyendo cosas que nada impedía que metiera. Pensé, ¿puedo recortar todo y escribir a pequeña escala? ¿Cómo destilo y comprimo?
P. Y llegaron estas cuatro novelas.
R. No sabía que serían cuatro. Empecé con Elegía. Quería contar la vida de un hombre a partir de sus enfermedades. Me divirtió especialmente imaginar ese discurso acusatorio y furioso de la mujer contra el adúltero. Fue divertido asumir ese papel, porque no he tenido muchas oportunidades.
P. Después vino Indignación.
R. Quise escribir sobre lo que era ir a una universidad en el tiempo en que yo fui, a principios de los cincuenta. Esos campus convencionales eran sofocantes y detrás de esa asfixia estaba la maldita guerra y la represión sexual. Todo era tan reprimido que ni siquiera sabíamos lo reprimidos que estábamos.
P. Le ha dedicado bastante atención a la explosión de aquello.
R. Si el bang de 1963, 1964, 1965... Yo estaba en la treintena y ver aquello fue vertiginoso, daba mareo. Fue increíble.
P. ¿Ha habido una regresión desde entonces?
R. No. Lo que pasó en los años sesenta fue tímido y templado si lo comparamos con cómo viven ahora los jóvenes. Aquello fue la primera salida de la cárcel sexual y fue emocionante.
P. El nuevo libro transcurre durante un verano muy caluroso en Newark, como Adiós Colombus su primera historia publicada.
R. Aquello lo escribió un chico que no había oído hablar de la muerte. El escritor de Némesis sí ha oído de ella.
P. El doctor, uno de los personajes, advierte al protagonista de lo que debilita un sentido erróneo de responsabilidad.
R. Bucky se siente responsable de cosas que no le corresponden. Y este sentimiento de responsabilidad es insaciable.
P. ¿Asumir la responsabilidad es una forma de eludir el caos y el azar, de crear la ilusión de control del destino?
R. Exactamente, y la polio es un ejemplo perfecto: es caos y azar, aunque él se sienta responsable. La culpa da sentido a muchas cosas.
P. ¿Da por terminada esta serie?
R. Sí. Quería tratar en breve una cierta preocupación fatalista. Chéjov en uno de sus cuentos dice que detrás de la puerta en la casa de cada hombre rico debería haber alguien con un martillo que espera para darles en la cabeza y recordarles que la gente sufre. En cada uno de estos cuatro libros la Némesis espera, un cataclismo.
P. ¿Trata siempre los mismos asuntos desde distintos ángulos?
R. ¿Eso piensas tú? Creo que cada uno tiene un cubo lleno de temas, que son tuyos porque excitan tu energía verbal. Vas sacándolos y usándolos. Llegas al final del cubo y no quedan muchos. Esto es lo que les pasa a los escritores mayores. Tienes un número limitado de temas, diez, seis o veinte, y ese es tu número. Yo no sé cuántos tengo, pero supongo que uno vuelve a trabajar sobre algunas ideas. Mi autorreflexión sobre mi trabajo también tiene un límite.
P. Mientras escribe, ¿lee sobre el tema del libro en el que trabaja?
P. Sí, y cuando no tengo más leo otras cosas, mucha historia y biografías. Leí hasta hace unos años ficción, pero todo cambia. Hace diez años empecé a releer y fue maravilloso. Pasé entre seis meses y un año con cada escritor, por ejemplo, Dostoevski y Conrad.
P. ¿Y la literatura actual?
R. Pareces mi doctor. No leo novela actual desde hace unos veinte años, solo cosas de amigos. No estoy al día de lo que ocurre.
P. Hace poco aseguraba que leer novelas se acabará convirtiendo en una actividad casi de culto. ¿No hay una interminable necesidad de historias?
R. Sí, y el cine la satisface. Las películas no requieren el mismo nivel de concentración y sutileza de mente que una novela seria.
P. En todos los campos, incluso en la política, se habla de la fuerza de la narrativa de un determinado partido o candidato, hasta de un jugador de fútbol.
R. ¿No es extraordinario? ¿Cuándo empezó? Lo oigo todo el tiempo en la radio. Me doy la vuelta un momento y ocurre esto... No pasaba en los viejos tiempos.
P. En Los hechos dice que ocupa el punto medio entre el exhibicionismo de Mailer y la reclusión de Salinger. La eterna cuestión sobre autobiografía y novela, sobre Roth y Zuckerman, ¿no es un éxito para un novelista tener un personaje que el público cree que existe y no es ficción?
R. No. Esto solo ha sido una gigantesca distracción. La gente encuentra una manera de hablar de los libros sin hablar de ellos, es cotilleo. Fue una gran pérdida de tiempo, como la cuestión judía, pero estas cosas componen la vida de uno. No puedes escapar.
Roth da por terminada la entrevista y se dirige hacia la puerta. La despedida recuerda al precioso ensayo sobre Malamud y su último encuentro, en el que le enseñó las pocas páginas que había escrito y él fue incapaz de ofrecerle el aliento que reclamaba. "Desearía que lo que le dije hubiese sido más", escribe Roth, "y que si lo hubiera dicho, él me hubiese creído".

viernes, 29 de abril de 2011

Así comienza / El guardián entre el centeno


THE CATCHER IN THE RYE
By J. D. Salinger

If you really want to hear about it, the first thing you'll probably want to know is where I was born, and what my lousy childhood was like, and how my parents were occupied and all before they had me, and all that David Copperfield kind of crap, but I don't feel like going into it, if you want to know the truth. In the first place, that stuff bores me, and in the second place, my parents would have about two hemorrhages apiece if I told anything pretty personal about them. They’re quite touchy about anything like that, especially my father. They’re nice and all —I’m not saying that—but they’re also touchy as hell. Besides, I’m not going to tell you my whole goddam autobiography or anything. I’ll just tell you about this madman stuff that happened to me around last Christmas just before I got pretty run-down and had to come out here and take it easy. I mean that´s all I told D.B. about, and he´s my brother and all. He´s in Hollywood. That isn’t too far from this cumbry place, and he comes over and visits me practically every week end. He’s going to drive me home when I go home next month maybe.  He just got a Jaguar. One of those little English jobs that can do around two hundred miles an hour. It cost him damn near four thousand bucks. He´s got a lot of dough, now. He didn´t use to. He used to be just a regular writer, when he was home. He wrote this terrific book of short stories, The Secret Goldfish, in case you never heard of thim. The best one in it was “The Secret Goldfish.” It was about this little kid that wouldn´t let anybody look at his goldfish because he’d bough it with his own money. It killed me. Now he’s out in Hollywood, D.B., being a prostitute. If there´s one thing I hate, it´s the movies. Don´t even mention them to me.



J. D. Salinger
EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO
Traducción de Triunfo Arciniegas

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue mi desastrosa infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás mierdas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso, si quieren saber la verdad. Primero porque esas cosas me aburren y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si me pusiera a revelar sus intimidades. Son muy delicados con estos asuntos, sobre todo mi padre. Son buena gente y todo, no digo que no, pero también más delicados que un demonio. Además, no crean que voy a contar mi maldita autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan ido y tuviera que venir  aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano y todo. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El me llevará  a casa cuando salga de aquí, quizás el mes próximo. Acaba de comprarse un Jaguar, uno de esos cacharros ingleses que alcanzan las doscientas millas por hora como si nada. Le costó cerca de cuatro mil malditos dólares. Ahora está forrado el tipo. Antes ni pensarlo. Cuando vivía en casa era sólo un escritor común y corriente. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El secreto del pez dorado, un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos, precisamente “El secreto del pez dorado”, trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Me mata esta historia. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay una cosa que odie en este mundo es el cine. Ni me lo nombren.



jueves, 28 de abril de 2011

Así comienza / Lolita


LOL ITA
By Vladimir Nabokov

Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at there, on the teeth. Lo. Lee. Ta.
         She was Lo, plain Lo, in the morning, tanding four feet ten in one sock. She was Lola in slacks. She was Dolly at school. She was Dolores on the dotted line. But in my arms she was always Lolita.

Dominique Swain en el papel de Lolita
Vladimir Nabokov
LOLITA

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

miércoles, 27 de abril de 2011

Así comienza / Cien años de soledad


Gabriel García Márquez
BIOGRAFÍA
CIEN AÑOS DE SOLEDAD

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.



ONE HUNDRED YEARS OF SOLITUDINE
By Gabriel García Márquez
Translated from Spanish by Gregory Rabassa

Many years later, as he faced the firing squad, Colonel Aureliano Buendía was to remember that distant afternoon when his father took him to discover ice. At that time Macondo was a village of twenty adobe houses, built on the bank of a river of clear water that ran along a bed of polished stones, which were white and enormous, like prehistoric eggs. The world was so recent that many things lacked names, and in order to indicate them it was necessary to point. Every year during the month of March a family of ragged gypsies would set up their tents near the village, and with a great uproar of pipes and kettledrums they would display new inventions. First they brought the magnet. A heavy gypsy with an untamed beard and sparrow hands, who introduced himself as Melquíades, put on a bold public demonstration of what he himself called the eighth wonder of the learned alchemists of Macedonia. He went from house to house dragging two metal ingots and everybody was amazed to see pots, pans, tongs, and braziers tumble down from their places and beams creak from the desperation of nails and screws trying to emerge, and even objects that had been lost for a long time appeared from where they had been searched for most and went dragging along in turbulent confusion behind Melquíades' magical irons. "Things have a life of their own," the gypsy proclaimed with a harsh accent. "It's simply a matter of waking up their souls." José Arcadio Buendía, whose unbridled imagination always went beyond the genius of nature and even beyond miracles and magic, thought that it would be possible to make use of that useless invention to extract gold from the bowels of the earth. Melquíades, who was an honest man, warned him: "It won't work for that." But José Arcadio Buendía at that time did not believe in the honesty of gypsies, so he traded his mule and a pair of goats for the two magnetized ingots. Úrsula Iguarán, his wife, who relied on those animals to increase their poor domestic holdings, was unable to dissuade him. "Very soon we'll have gold enough and more to pave the floors of the house," her husband replied. For several months he worked hard to demonstrate the truth of his idea. He explored every inch of the region, even the riverbed, dragging the two iron ingots along and reciting Melquíades' incantation aloud. The only thing he succeeded in doing was to unearth a suit of fifteenth-century armor which had all of its pieces soldered together with rust and inside of which there was the hollow resonance of an enormous stone-filled gourd. When José Arcadio Buendía and the four men of his expedition managed to take the armor apart, they found inside a calcified skeleton with a copper locket containing a woman's hair around its neck.

martes, 26 de abril de 2011

Gabriel García Márquez / La tigra


Gabriel García Márquez
BIOGRAFÍA
LA TIGRA

Está bien —dijo Prude Shelton—, entonces iremos a Casanare, aunque sigo pensando que es un lugar muy extraño para pasar la luna de miel.
Ella hubiera preferido pasarla en Pantelería, donde dos años atrás había sido feliz todo un verano. Pero su prometido, Phillip Agnello, un apasionado de la cacería, insistió en que era mucho mejor, por lo cercano y novedoso, pasarla en los llanos de un país de América del Sur, en Casanare. La discusión había durado varios días, hasta culminar, esa tarde, en el amplio salón que daba a la terraza de la mansión de los Shelton, una de las familias más ricas e importantes de Nueva York, en Locust Valley.
Phillip Agnello acababa de cumplir 43 años. Alto ejecutivo de una compañía productora de computadoras, divorciado y sin hijos, había sido campeón de bridge, afición que compartía con la caza mayor. Precisamente en los días en que decidió casarse con Prude Shelton se había enterado de la excursión para la cacería del tigre en Casanare, gracias a unos folletos enviados por correo a su oficina. La excursión incluía un crucero inicial por el Caribe, que los llevaría por mar hasta Cartagena de Indias, y luego un rápido viaje por carretera hasta los llanos de Casanare, una región famosa por la abundancia y la ferocidad de sus tigres. Fue el argumento del crucero por el Caribe lo que terminó convenciendo a Prude Shelton. Alta, elegante, aunque un poco sin gracia, era casi 20 años menor que Phillip Agnello, y tres veces más rica que él. Se había graduado en Historia del Arte, pero su verdadera vocación era la literatura. Lectora voraz de novelas, cuando volviera de su luna de miel dirigiría una grande y sofisticada librería y venta de discos, acondicionada por su padre especialmente para ella en una de las calles más céntricas de Nueva York.
La excursión se inició al día siguiente de la boda de Prude Shelton con el crucero que zarpó de Nueva York, donde fueron reunidos los participantes. Eran alrededor de 60 personas, incluidos los familiares de los cazadores, procedentes de todos los rincones de los Estados Unidos, en su mayoría jubilados magnates con sus esposas y sus hijos o con sus amantes igualmente otoñales. Había pocos cazadores profesionales. Estos se distinguían porque eran hombres solos, con su característico aspecto de expertos cazadores y viejos marinos, siempre fumando su pipa y siempre mirando hacia el horizonte.
El crucero era coordinado por varios funcionarios de la Oficina de Turismo del país de América del Sur, quienes permanecían atentos a que todo marchara en el flamante yate. A Prude Shelton y Phillip Agnello les fue reservada la suite nupcial. El honor les encantó, pero pronto comprendieron que había sido un error aceptar, porque así fueron convertidos en la pareja más señalada y popular de la excursión. Les tocó presidir el brindis de la partida y el simulacro de medidas de emergencia en caso de naufragio, y en la puerta de la suite les colgaron latas y utensilios de uso doméstico que denunciaban claramente su condición de recién casados. Y ella era la más joven de las mujeres de la excursión, lo cual le confirió una popularidad adicional. Pero se aburría muchísimo. Pasaba las mañanas dorándose al sol en la cubierta del yate, junto a la piscina, añorando su frustrado viaje a Pantelería. Por la tarde, se quedaba acostada desnuda en la cama. A esa hora todos los pasajeros se retiraban a hacer la siesta, incluida la pareja, pero ella no podía dormir, y su único consuelo eran sus libros.
Poco después de cruzar el canal de la Florida, comenzaron a notarse evidentes cambios en la calidad del viento, y el calor fue haciéndose más intenso. Estaban entrando en el Caribe. La noche anterior a la llegada a Cartagena de Indias se organizó una grande fiesta en el yate. Se brindó con champaña por cuenta de la Oficina de Turismo y todos gozaron y se divirtieron casi hasta el frenesí. Algunos cazadores improvisaron shows como cantantes y bailarines de tango, otros manifestaron sus cualidades como humoristas, prestidigitadores o magos. Hubo un cazador que pasó la segunda parte de la fiesta con un turbante en la cabeza adornado de serpentinas, leyendo la suerte en las manos de todas las mujeres con las que se tropezaba. Una de ellas fue Prude Shelton.
Lo que le dijo a ella fue bastante convencional. Sin embargo, hubo un momento en que el cazador fijó su mirada en la mano de Prude, guardó breve silencio, y luego continuó hablando sin darle importancia a lo que había visto. Ella se inquietó:
—Tuve la impresión de que vio algo en mi mano que no quiso decirme.
—No es cierto —le respondió el cazador—. Aunque si fuera verdad tampoco es para preocuparse, ya que uno puede cambiar las líneas de la mano con la fuerza de la voluntad. Yo he cambiado mis líneas muchas veces.
Y mientras le decía mostró su propia mano.
—De todas maneras —insistió Prude Shelton—, sigo creyendo que usted vio que algo horrible iba a suceder en mi vida.
—No se preocupe —le repitió el cazador—, lo que vi ya sucedió.
Ni siquiera esto la convenció. Quedó afectada hasta el extremo de que abandonó la fiesta casi al momento, y después de discutir el incidente con Phillip Agnello, ya en su cuarto, pasó el resto de la noche llorando.
No obstante su melancolía, Prude se levantó temprano para contemplar desde la cubierta del yate los minaretes y campanarios de las iglesias de Cartagena de Indias. La ciudad surgía a lo lejos, en la niebla del amanecer.
Estaba situada al fondo de una doble bahía, fortificada por completo con baluartes y murallas. En el puerto pequeño y acogedor, embarcaciones de escaso calado se bamboleaban serenamente y de ellas descendían negros cargando bultos de arroz y racimos de plátano. Más allá de la cerca metálica que rodeaba el muelle se alcanzaba a vislumbrar la arquitectura civil de la ciudad, igualmente de estilo colonial.
Los pasajeros tuvieron que permanecer en el yate durante casi todo el día, a causa de los trámites de aduana y los rigurosos requisitos impuestos por la Policía y el Ejército locales. Fue una labor dispendiosa.
         Sólo al atardecer los cazadores pudieron abandonar el yate, guiados por sonrientes jovencitas uniformadas con trajes de azafatas, que hablaban un inglés con acento tropical. Los cazadores subieron a dos grandes buses modernos, dotados de aire acondicionado, ventanas con cristales ahumados y asientos reclinables, y por fin pudieron descansar de la agotadora jornada.
La caravana, presidida por jeeps donde iban los funcionarios del Turismo, inició el viaje ascendiendo hasta una pequeña colina desde la cual se divisaba la ciudad amurallada y el puerto donde esperaba el yate. A medida que avanzaban, la vegetación se iba haciendo más densa, y más intenso el olor del trópico. La tarde se colmó de sonidos de animales y de rumores de aguas que se precipitaban por desfiladeros de niebla. Fue un recorrido lento y cuidadoso. No habían llegado a la cima cuando iniciaron el descenso, siempre bordeando precipicios.
Ya estaba entrada la noche cuando la caravana llegó al campamento, donde cada pareja tenía reservada su tienda de campaña, y casi inmediatamente los cazadores se retiraron a dormir, guiados por las azafatas. Prude Shelton, que durante el recorrido fue incapaz de dormir, cayó rendida por el sueño.
—Odio este país —gritó—, este calor infernal, estos chillidos de pájaros, y odiaré todo esto y este viaje hasta la muerte.
Apenas acababa su diatriba colérica, cuando se oyó a lo lejos, en pleno llano, un profundo y prolongado rugido de tigre que estremeció la noche.
Al día siguiente, al levantarse, los cazadores encontraron que todo funcionaba a la perfección. Era un campamento idéntico a los de África: las tiendas de campaña bajo grandes árboles, los sirvientes negros y los portadores de fusiles con sus blusas caquis, sus pantalones cortos y sus sandalias de cuero. Los guías de la cacería, oriundos de Casanare, habían sido adiestrados en Kenya.
No obstante su fachada primitiva, el campamento estaba dotado de los servicios indispensables de la sociedad de consumo. Había luz eléctrica, agua purificada e incluso agua caliente. Las tiendas eran herméticas al polvo levantado por el viento y a los incesantes mosquitos que acosaban la región durante el atardecer y durante toda la noche. Tenían un pequeño baño y una cocineta portátil donde se podía preparar un café o servirse un whisky con hielo, un aparato de ventilación de aspas silenciosas, una lámpara en la mesita de noche para leer, y un diminuto receptor portátil de televisión que captaba el único canal a color con que contaba el país. Sólo carecían de teléfono. Los funcionarios del Turismo aclararon, sin embargo, que sólo así podrían descansar y estar tranquilos, sin las molestias del mundo exterior. De todas maneras, cerca de allí habían instalado una oficina telefónica desde la cual los cazadores podrían comunicarse cuando quisieran con cualquier lugar del mundo. Muy cerca había un pueblo primitivo, que veía con grandes ilusiones la llegada de los turistas.
La cacería se inició en la madrugada siguiente. Los cazadores fueron divididos en varios grupos y diseminados por la extensa región, famosa más que nada porque el tigre asaltaba durante la noche los corrales de ganado de las haciendas. Alrededor de uno de esos corrales, donde días antes habían sido halladas sus huellas, fue apostado el grupo más grande de cazadores. A otro le tocó la zona pantanosa de los arrozales, y el más pequeño fue trasladado en jeep hasta el llano profundo. También se decía que al amanecer el tigre siempre iba a beber agua al río, y allí fue apostado el grupo de Phillip Agnello y Prude Shelton, quien muy entusiasmada con la feria y el pueblito del día anterior, se había reconciliado con su marido y había decidido acompañarlo en la primera cacería.
Sin embargo, el tigre no apareció. Los cazadores esperaron durante varias horas, sin que nada sucediera, y cuando el sol empezó a calentar, decidieron volver al campamento. Con el resto de los grupos sucedió algo similar. El tigre parecía haberse esfumado. Pero en esa primera ocasión nadie se desanimó, y al otro día partieron también muy de madrugada, y se apostaron en los sitios estratégicos. Pero tampoco esa vez apareció el tigre, ni al otro día, ni al siguiente. La moral de la expedición empezó a flaquear.
Una noche se creyó que por fin el tigre había aparecido, pero fue sólo una falsa alarma. Un cazador había partido solo, antes que su grupo, y se situó en la parte más alejada de los corrales. No había esperado mucho tiempo cuando sintió que un bulto se movía en la oscuridad, y disparó guiándose por el sonido. No era más que un potro escapado de los corrales de la hacienda vecina.
El incidente produjo un revuelo no sólo porque el disparo atrajo al resto de los cazadores, entusiasmados al creer que el tigre había por fin aparecido, sino porque los administradores de la hacienda exigieron la reparación del daño. La oficina de Turismo pagó el potro muerto, y prometió a los impacientes cazadores que el tigre había de aparecer muy pronto.
Al principio, fascinados por la primitiva belleza del paisaje y por la rica imaginación de los funcionarios del Turismo para entretenerlos en los momentos de ocio, los cazadores no se preocuparon demasiado por la ausencia del tigre. De hecho la pasaban bastante bien, ya que el campamento tenía la excitante apariencia de una primitiva aldea en el corazón de una jungla, pero dotada con todos los recursos de la civilización de consumo. Durante el día, se paseaban a pie o en jeeps por la extensa región, cazando raras especies de mariposas o asustando a los patos salvajes en los lagos cercanos. Por la noche se divertían en el pueblo, donde la oficina de Turismo había instalado toda suerte de atracciones nocturnas. Continuamente llegaban hasta allí circos y salas de cine, parques de diversiones mecánicas, juegos de competencia y de azar, y prostitutas de ricos, atraídos por la propaganda oficial.
En esa forma, las treinta casas de barro y cañabrava fueron desbordadas por una avalancha que levantó un pueblo dentro del pueblito, con casas de madera y techos de zinc que surgían de la noche a la mañana, y calles luminosas llenas de ruido que se ramificaban en todas direcciones. El pueblito, que hasta ese momento había sido un lugar desolado que apenas si alcanzaba a sostenerse con la caridad de los viajeros ocasionales, se transformó en pocos días, debido al milagro del turismo, en un escandaloso centro de placer.
A su vez, los cazadores, que al principio aguardaron con paciencia y hasta con buen humor a que el tigre apareciera en los diferentes sitios donde cada madrugada esperaban escondidos, comenzaron a sentir que estaban perdiendo el tiempo. El tedio también los invadía cada vez que, durante el día, volvían a recorrer los mismos pantanos, los mismos lagos y arrozales, y las mismas praderas inmensas y desoladas.
Prude Shelton y Phillip Agnello terminaron haciendo vidas distintas tanto en el campamento como en el pueblo, aunque guardando siempre un poco las apariencias con la tienda de campaña en común. Agnello pasaba jugando bridge en el billar del pueblo, y sólo regresaba al campamento para seleccionar las armas que llevaría a la inútil cacería de esa madrugada. Con bastante frecuencia no encontraba de noche a Prude Shelton en su tienda.
La Oficina de Turismo, desesperada por la larga ausencia del tigre, comenzó a tomar medidas de emergencia. Llevaron a los cazadores para que conversaran con los campesinos, quienes les relataron fantásticas historias de tigres ocurridas en la región.
Sin embargo, lo único que podía convencerlos era la presencia real del tigre vivo. Incluso algunos, exasperados, amenazaron con quejarse ante el embajador de los Estados Unidos. Fue entonces cuando cundió la alarma entre los funcionarios del Turismo, que comenzaron a inventar recursos delirantes para atraer al tigre y a su vez mantener la moral de los cazadores.
Contrataron campesinos para que efectuaran el simulacro del rugido del tigre, con el antiquísimo procedimiento de rugir con la cabeza metida dentro de una tinaja de barro. Así, en el silencio de la medianoche, equipos de sonido instalados en sitios estratégicos del llano asustaban al ganado en sus corrales y hacían temblar de terror a los solitarios viajeros, pero mantenían despiertos a los cazadores, con sus corazones colmados de nuevas ilusiones. También simulaban huellas de tigre en los caminos, y colocaban sobras de animales despedazados con garras en los matorrales para hacerles creer a los cazadores que la prometida bestia estaba a punto de aparecer. Fue una farsa costosa. El experimento había sobrepasado los cálculos económicos previstos, y los recursos del gobierno local ya no podían seguir resistiendo los enormes gastos de los cazadores. Sin embargo, el honor del país exigía que las promesas del programa se cumplieran.
El zoológico de Cartagena, situado fuera del recinto amurallado, junto al Baluarte de San Felipe, era un destartalado pabellón de madera pintado de verde, con empolvadas jaulas alrededor de una fuente sin agua, y donde había, una pareja de tigres de Bengala implantados en el país desde hacía varias generaciones. Era un viejo y feliz matrimonio que durante muchos años demostró tener una gran compatibilidad de caracteres. Habían procreado muchos hijos para los zoológicos del país y los circos del mundo, gracias a su buena estirpe. Pero ya les quedaban muy pocos años de vida, se pasaban los días acariciándose y bostezando en sus desvencijadas jaulas, y de noche dormían enroscados el uno con el otro. Al macho le llamaban El viejo, por su edad y mansedumbre. A la hembra, más saludable y valiente, se le conocía con la simple referencia de La tigra. Con el fin de que le presentaran el último gran servicio a la Nación, también ellos fueron escogidos para distraer a los cazadores, del río.
Dos días después, poco antes del amanecer, escondidos en los estratégicos sitios de la región, los cazadores lograron finalmente el premio a su paciencia. El grupo de Phillip Agnello, apostado cerca del río, percibió con las primeras luces del día que contrastaban con el resplandor del horizonte, la silueta de las dos mansas bestias que se acercaban a beber agua. Hacían un blanco fácil y el primer cazador que los vio mató al tigre de un certero disparo. A su vez, Phillip Agnello disparó contra La tigra, pero falló, permitiendo que escapara. Pero con el resplandor del disparo, La tigra había logrado ver el rostro del cazador que mató a su compañero. Sólo le bastó un vistazo para distinguirlo entre los demás, reconocer su olor y fijar su identidad para siempre en su memoria.
El cazador era mister H. G. Haldin, de Nueva York, presidente ejecutivo de un poderoso grupo financiero de Wall Street. Tenía 61 años y una salud perfecta, y estaba casado con una mujer muy bella, que no lo acompañó a la excursión por quedarse cuidando a sus dos nietos en Nueva York. Era un apasionado del trabajo, siempre había querido ser un cazador profesional de leones en el África, pero su completa dedicación a los negocios no le había permitido realizar sus deseos.
Su más satisfactoria experiencia fue la de conocer a Ernest Hemingway en el único safari en que había estado en Kenya. Después de la cacería ellos habían tomado juntos un trago, y de este recuerdo histórico mister Haldin conservaba una fotografía, cuya copia ampliada estaba en su oficina de Wall Street.
Jamás había pensado visitar América del Sur, pero su mujer, que durante muchos años le había insistido en que se tomara unas vacaciones, lo convenció para que hiciera parte de la cacería del tigre. Así, matar al animal, aunque no hubiera sido una de sus más gloriosas hazañas, le permitió realizar la ambición de su vida en una escala modesta.
Todo parecía calcado de una buena película de safari africano. Los cazadores tomaron las fotografías de rigor, y los sirvientes negros llevaron el cadáver del tigre al campamento. Allí lo despojaron de su piel, que era ya un cuero duro, arrugado, pero poblado de manchas espléndidas.
Mientras los sirvientes negros realizaban su labor de carnicería llegaron los restantes grupos, también cargados de hermosos trofeos. Habían cazado otros cuatro tigres, un león sin pelo, dos jaguares, una pantera, dos perros lobos, y hasta un gato montés, grande y feroz, escapado la noche anterior de una expedición botánica que andaba por la región.
La tigra, agazapada tras unos matorrales en el límite del campamento, soportó su intenso dolor al ver cómo despellejaban a su compañero. En idéntica forma resistió el espectáculo de las fotografías, con la piel exhibida como trofeo, el brindis con champaña de los funcionarios de Turismo por la fructífera cacería, y la escandalosa fiesta de despedida que se celebró esa noche en el pueblo. Los cazadores, felices con sus increíbles trofeos, se desbordaron a su vez con los festejos. La propia Prude Shelton, quien no había asistido a la cacería, participó de la fiesta, divirtiéndose como nunca, a pesar de que su matrimonio se había extinguido en aquella excursión proyectada como su luna de miel.
Hasta allí llegó La tigra siguiéndole los pasos a mister Haldin, y esperó pacientemente al margen de la fiesta, escondida en medio de unos barriles de petróleo, en una calle lateral de la plaza. Durante toda la noche no lo perdió de vista un solo instante, pero no tuvo ocasión de consumar la venganza.
Tampoco lo logró en el campamento. Para llegar a la tienda de campaña de mister Haldin habría tenido que cruzar por delante de los sirvientes negros y los guardias que custodiaban el lugar durante la madrugada, e incluso atravesar otras tiendas donde dormían felices cazadores con sus mujeres, y que nada tenían que ver con el hombre que había matado a su macho.
Al día siguiente, mientras los cazadores desayunaban, los sirvientes negros colocaron los equipajes y los estuches con las armas en los portamaletas de los autobuses. Luego subieron los cazadores. Phillip Agnello quedó en un autobús distinto al de Prude Shelton, que era el mismo donde había subido mister Haldin.
Por su parte, La tigra en acecho comprendió que la expedición había llegado a su fin, al ver cómo el campamento era levantado y cómo los alegres turistas abandonaban el escenario en los autobuses oficiales. Entonces una severa e irrevocable decisión se arraigó en su corazón: mister Haldin, hasta el más lejano rincón del mundo donde fuera, debía pagar su crimen.
La tigra inició la persecución. Conocedora de la escabrosa montaña, aprovechaba los atajos para acortar distancias. Siempre aparecía en cada recodo, mientras un poco más abajo o un poco más arriba de la ladera, la caravana continuaba su lenta y cuidadosa marcha hacia Cartagena. Después de un extenuante recorrido de varias horas, La tigra logró llegar hasta la colina, desde donde pudo contemplar el mar y la antigua ciudad de los reyes y los bucaneros, con el flamante yate anclado en su bahía. En ese mismo momento los cazadores entraban al recinto amurallado. La tigra no perdió en ningún instante la pista de mister Haldin. Hubo ocasiones en que la caravana desaparecía a sus ojos vigilantes, pero esto no sólo era momentáneo, sino que ella sabía perfectamente hacia qué calle o sitio de la ciudad se dirigían. En su tenaz persecución escaló murallas y paredes, y atravesó plazas y calles solitarias o populosas, sin que nadie la viera. Cuando finalmente los cazadores volvieron al yate, se apostó en una garita de la muralla cubierta de maleza, justamente frente al muelle. Desde allí, amparada por las primeras sombras del atardecer, bajó de la muralla y cruzó la avenida que la separaba del puerto, y casi enseguida logró aprovechar el descuido de un guardia para entrar al muelle y subir directamente al yate.
Inicialmente se dirigió hacia el bar, situado al lado opuesto del camarote del cazador, donde momentos antes mister Haldin había tomado una copa con otros compañeros. La confusión le hizo perder momentáneamente el rumbo, pero al volver sobre sus pasos retomó la pista acertada. Entonces se encaminó hacia el ansiado camarote, donde en ese instante mister Haldin rememoraba, acostado en su cama, muy cerca de la piel de su tigre, el acontecimiento más importante de aquella accidentada cacería.
Sin embargo, La tigra no logró llegar hasta allí. Sólo le faltaba una corta distancia, cuando se volvió a tropezar con miembros de la tripulación. Ellos no notaron su presencia, pero la obligaron a retroceder, descendiendo por una escalerilla y luego por otra, hasta que tuvo que ocultarse en un lugar oscuro cuya puerta encontró abierta. Era la bodega del yate. Casi enseguida, alguien cerró la puerta con gran estrépito.
El yate, con La tigra en la bodega, llegó a Nueva York a finales del otoño. Ella había intentado salir de su escondite en varias ocasiones, pero sólo lo logró al final del viaje, y cuando ya los pasajeros habían abandonado el yate. Descendió al puerto con idéntico sigilo al que había mantenido en el largo recorrido, aprovechando el descanso de los marineros y los trabajadores de los muelles. Pero inmediatamente pisó pavimento neoyorkino comprendió que estaba en un lugar extraño, donde no reconocía ni sonidos, ni olores, ni nada que se asemejara a lo que estaba acostumbrada. Además hacía mucho frío.
A partir de allí cesó su agresividad. Su figura fue entonces la de un hermoso y manso animal casero, que en ningún momento intentó ocultarse. Su presencia pareció tan natural que los guardias del puerto la dejaron salir sin el más mínimo reparo, y ya en la calle le sucedió algo similar: pudo moverse sin el menor obstáculo.
Sin embargo, era una dura prueba para ella, ya que no sólo no comprendía el idioma, sino que carecía de los recursos necesarios para sobrevivir. Por el intenso aire otoñal, cargado de infinitos olores de la inmensa ciudad, era incapaz de reconocer la pista dejada por su presa. Tenía que reiniciar su investigación partiendo de cero, al azar, paseándose primero por callejones poco transitados y luego, lentamente, a través de la gran urbe, cuyos habitantes, para fortuna suya, la contemplaban impávidos. Sólo en una ciudad como Nueva York, donde las cosas más asombrosas o atroces parecen naturales, pudo actuar La tigra con semejante espontaneidad. La Policía detenía el tráfico, evitando que la atropellaran los automóviles y permitiéndole que cruzara tranquilamente las calles y avenidas. Entró a Tiffany y encaramó sobre los mostradores sus envejecidas y cansadas patas de felino, para contemplar las joyas y olfatear a las señoras. Entró a los grandes hoteles, siempre oliendo a los clientes, y sólo los botones del Hotel Plaza perdieron la paciencia y la echaron a la calle. Atraída por la gente que llegaba al Hotel Hilton recorrió uno por uno los múltiples salones, en busca del rastro de mister Haldin. Ya había terminado su recorrido cuando uno de los empleados del hotel, extrañado, preguntó qué hacía este tigre descansando en el vestíbulo. Y como nadie respondió y ningún cliente parecía ser su dueño, lo dejó en paz. En realidad, su aparente mansedumbre era sólo una máscara detrás de la cual se escondía una determinación invencible.
Su instinto la guió hacia el Central Park, donde se instaló en un acogedor refugio cerca del lago, y donde pudo un día cazar al perro que una anciana soltó a correr por el prado. Cuando nadie la observaba, La tigra atrapó al animal de un zarpazo, para saciar su hambre de varios días. Muy pronto se convirtió en el Central Park en una figura familiar para los corredores y paseantes, y los niños que al salir de sus escuelas jugaban con ella.
Pero al llegar el invierno, uno de los más fríos de la centuria, tuvo que abandonar aquel refugio. Su situación se volvió dramática. Ya no pudo calentarse en las parrillas de ventilación del tren subterráneo, como tantas veces lo había hecho durante el otoño, y si lograba encontrar un refugio ocasional dónde dormir, el sótano de un edificio o el portal de una casa, la despertaban a patadas y la echaban a la calle.
Una noche fue capturada por la Policía mientras dormía en un rincón en penumbras de una sala de cine, y llevada en el baúl del carro patrulla hasta la estación más cercana. Inicialmente se entusiasmó porque pudo así por fin terminar la noche bajo techo y a salvo del implacable frío. Al día siguiente le dieron de comer las sobras de la cocina. Pasó allí el resto del día, pero al atardecer vio, a través de los nublados cristales de una ventana, a un grupo de hombres armados de redes y collares con cadenas para asegurar el cuello y las patas, que venían por ella para llevársela en una jaula hacia el zoológico. Huyó despavorida por la primera salida de emergencia que encontró, y esa noche no le quedó otra alternativa que pasarla de largo, a la intemperie y bajo una intensa nevada que la vistió de blanco por completo.
Aún así no desfalleció. Sabía que mister Haldin estaba en Nueva York, y su implacable paciencia y natural instinto de hembra dolorida la impulsaban una vez más en su búsqueda. Nadie se sorprendía entonces de ver en los lujosos restaurantes de Park Avenue, a la bestia ecuatorial cubierta de nieve paseándose de mesa en mesa, tratando de encontrar el perdido rastro de su víctima. A veces, en un descuido de los meseros, se deslizaba hacia la cocina para saciar la sed en los lavaplatos y alimentarse de toda clase de sobras. Alguna vez, incluso, logró atrapar un costillar de buey que colgaba de un gancho en los refrigeradores.
Un día al pasar por casualidad junto a una camioneta que descargaba revistas y periódicos, sintió un olor familiar, y casi inmediatamente oyó que el chofer conversaba con el encargado del puesto de periódicos en la lengua de su región. Sin titubear se metió por la puerta trasera de la camioneta, ocultándose entre los bultos de revistas fuertemente impregnadas con los olores de su tierra. Luego el chofer cerró la puerta, subió a la camioneta y se dirigió al Bronx.
La tigra sintió que regresaba a sus orígenes. Era de noche y nevaba cuando salió de la camioneta, pero tanto de la casa a donde habían llegado como de las del resto de la calle surgían ruidos y olores que le eran familiares. Varios niños que jugaban junto a la camioneta la recibieron con asombro, después con cautela y finalmente con alegría, festejando su inesperada aparición. La llevaron luego a la casa, donde produjo la misma reacción entre los mayores. Allí le quitaron los restos de nieve que aún la cubrían, le dieron de comer alimentos calientes y le acondicionaron un rincón con viejas mantas de lana cerca de la calefacción para que durmiera esa noche. Se quedó a vivir allí.
Mientras duró el invierno, no salió del Bronx. Se la pasaba en la casa, donde se convirtió en otro miembro de la familia, tenía un plato especial para comer, un cepillo sedoso para lustrarle la piel, un jabón perfumado para bañarse, y hasta veía televisión todas las noches, la cabeza reclinada a los pies de la abuelita de la casa. Por las tardes salía a pasear con los tres niños, después que estos regresaban de la escuela. La llevaban de casa en casa como una alegre mascota, o al parque para jugar con otros niños del vecindario, y donde su único problema era un perro pequinés celoso de la entusiasmada acogida que siempre recibía La tigra.
Una noche se celebró en la casa una ruidosa fiesta de cumpleaños, típicamente del Caribe. Acondicionaron un potente equipo de sonido con grandes parlantes que emitían la música antillana más actualizada que se oía en Nueva York. Durante la mayor parte de la noche, La tigra se movió alegre y feliz entre la multitud de latinoamericanos que bailaban con furor en la sala de la casa y devoró complacida la variedad de platos autóctonos del trópico. Un poco cansada, antes de que terminara la fiesta, se durmió en una de las habitaciones. De repente se sobresaltó por una algarabía. Se había armado una pelea ruidosa, que comenzó cuando dos bailarines se disputaban una pareja y terminó convirtiéndose en una batalla campal de todos contra todos.
La tigra se divirtió con la pelea, pero al ver que llegaba la Policía, el fantasma del zoológico le oprimió el corazón. Aterrorizada, se escondió debajo de la cama. Luego, temiendo que hasta allí llegara la Policía, huyó por la ventana que encontró abierta, hacia la calle azotada por una terrible tormenta de nieve.
Su vida cambió con la primavera. Entonces, revitalizada por el calor humano de su nuevo hogar y por la exuberancia de la espléndida estación, La tigra reinició su implacable pesquisa. Salía por la mañana en la camioneta y se bajaba donde su olfato le indicara una posible pista, para volver al atardecer a esa misma calle o a otro sitio por donde ella sabía que la camioneta pasaría en su recorrido de regreso al Bronx.
Más tenaz, más minuciosa, rastreó la pista en los hospitales, en los grandes almacenes tanto de alimentos como de calzado y vestidos, como en los parques de diversiones. En cierta ocasión se pasó toda una tarde y parte de la noche en el Yankee Stadium, olfateando uno por uno a los fanáticos que presenciaban un doble partido de béisbol. Aprendió a utilizar el Metro, saltando las barreras metálicas con una elegancia que hacía palidecer de envidia a las mujeres que la observaban, y se acomodaba entre los asientos con tal cuidado que nunca incomodó a los pasajeros.
Nada alteraba su voluntad. Continuó su investigación semana tras semana, paciente, sin apresurarse. En una de esas excursiones y por pura rutina entró un medio día a un restaurante. Como siempre, lo primero que hizo fue levantar la cabeza hasta cierta altura para olfatear el enrarecido aire de los restaurantes. De repente la estremeció un olor conocido: Prude Shelton.
Estaba sentada en una de las mesas del fondo, casi oculta en la íntima penumbra de un rincón rodeado de plantas, con un hombre que por supuesto no era Phillip Agnello. Tenía el aspecto ligeramente cambiado, los cabellos cortados y peinados en diferente estilo y hasta sus ropas tenían más colorido. Estaba acompañada por un joven y apuesto latino, que debió reprimir el espanto cuando vio entrar a La tigra. Prude Shelton lo tranquilizó.
–Un tigre en las calles de Nueva York es la cosa más natural –le dijo–. Ya te acostumbrarás a que en esta ciudad todo es posible. Yo me tropiezo a diario con elefantes, con canguros, con camellos. Deben estar filmando una película muy cerca de aquí, seguro un documental para continuar promoviendo en los Estados Unidos la cacería del tigre en Casanare.
La tigra, al comprobar que era Prude Shelton, salió del restaurante. Pero ya afuera se puso al acecho. Poco después, la pareja salió caminando tomada de la mano y sin demasiada prisa por la avenida populosa, seguida por La tigra. Esperó con ellos a que un semáforo se iluminara para cruzar la avenida en medio de la muchedumbre apresurada que apenas si prestaba atención a su presencia. Finalmente la pareja se detuvo frente a un local cuyas vitrinas exhibían libros y donde Prude Shelton entró después de despedirse de su amigo. Era su librería, cuya sofisticada elegancia y prestigio atraía a lo más selecto de la intelectualidad neoyorkina.
La tigra se volvió una presencia constante en los alrededores. Era la primera que llegaba y la última que se iba. Rondaba la librería día y noche, bajo el sol primaveral o bajo la lluvia. Se hizo amiga de los celadores, de los empleados de la basura, de los agentes del tránsito. En su meticulosa atención llegó a conocer perfectamente el azaroso horario de Prude Shelton, la variedad y extravagancia de los amigos que la visitaban, los que con más frecuencia la invitaban a almorzar, los que le robaban los libros, e incluso el apartamento cercano donde la muchacha se quedaba a dormir con su compañero latino. En varias ocasiones intentó seguirla, cuando Prude Shelton se iba al atardecer en su pequeño automóvil deportivo hacia Locust Valley, pero rápidamente la perdía de vista en las grandes avenidas.
Comenzaba a temer que aquella fuera una pista equivocada, cuando ya al final de la primavera apareció mister Haldin. Llegó una tarde en su limusina negra, acompañado de su mujer y su nieta de cuatro años. Con el corazón palpitante de emoción, La tigra los vio entrar en la librería. Dentro, mientras una de las empleadas fue a buscar lo que mister Haldin le había pedido, él se quedó ojeando las últimas novedades exhibidas en la mesa circular del centro. Su mujer y su nieta caminaban hacia el fondo donde se encontraban las colecciones para niños.
Compraron cuentos infantiles y un libro en edición de bolsillo sobre la cacería en el África con prólogo de Hemingway. Después subieron en el ascensor para saludar a Prude Shelton. Y media hora más tarde abandonaron la librería en la limusina negra. La tigra trató de seguirla a través del intenso tráfico de Manhattan, pero muy pronto la perdió de vista.
Fue así como se inició la fase final de su pesquisa. Lo primero que estableció fue que la limusina pasaba todos los días a la misma hora frente a la librería de Prude Shelton, cuando mister Haldin iba de regreso a su casa. Esta ruta coincidía en varios sitios con algunos de los muchos recorridos que hacía la camioneta de reparto de revistas. La tigra se apostaba al atardecer en alguno de estos sitios, y desde allí perseguía a la limusina hasta donde se lo permitían tanto las circunstancias geográficas de la calle como la intensidad del tráfico. Pero al perderla de vista, realizaba de inmediato una investigación por todos los alrededores, estudiando las distintas vías que hubiera podido seguir la limusina, hasta encontrarla y apostarse allí y volverla a perseguir y así sucesivamente, día tras día, paciente, implacable, hasta que descubrió la residencia de mister Haldin, en el sector residencial de Park Avenue.
A partir de entonces estableció sus hábitos cotidianos, la rutina de la señora Haldin, la nunca impostergada visita que le hacían los nietos durante los fines de semana. En sus tediosos domingos, mister Haldin salía a pasear a pie acompañado por sus nietos, pero esa evidente oportunidad nunca fue aprovechada por La tigra. Los seguía a prudente distancia, paseaba con ellos sin que notaran su presencia, pero jamás atacó a mister Haldin para no atemorizar a los niños.
Siguiendo el mismo método con que encontró la residencia, pero en sentido inverso, La tigra logró establecer el lugar donde trabajaba mister Haldin: el piso 92 del World Trade Center. Entonces elaboró el esquema perfecto del ataque final. Subiendo a veces por el ascensor, pero casi siempre por las escaleras de servicio, hizo su plan maestro, pues aspiraba a que la venganza se consumara de una vez y de un modo infalible.
El día señalado a las ocho de la mañana, mister Haldin salió del ascensor rodeado de todos sus ayudantes. Pasaron tan cerca del lugar donde La tigra esperaba, que era casi un milagro que nadie la viera. Pero ella no se apresuró. Conocía las costumbres de mister Haldin y sabía que iba a su breve sesión de instrucciones del día con sus ejecutivos. Lo dejó tomar sus multivitaminas y su café, y le permitió también continuar hasta el enorme salón de conferencias donde, sentados alrededor de la larga y brillante mesa, sus socios lo esperaban para la primera reunión del día. El salón estaba decorado con toda clase de trofeos deportivos, y en la pared del fondo había una enorme copia de la fotografía de mister Haldin con Ernest Hemingway, junto a la piel del tigre que había matado en la expedición de América del Sur.
En el momento en que mister Haldin se sentó en la silla presidencial, La tigra empujó la puerta de la oficina, cruzó majestuosa el hall, con un absoluto control de sí misma, en medio del terror de los empleados. Siempre tranquila, irrumpió en el salón de conferencias, se encaró a los incrédulos ojos de mister Haldin y saltó por encima de la suntuosa mesa y lo despedazó sin prisa, sin hambre ni odio, con la perfección simple de un inexorable destino.




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