sábado, 31 de julio de 2010

Ambrose Bierce / El monje y la hija del verdugo



Ambrose Bierce
EL MONJE Y LA HIJA DEL VERDUGO
Novela corta
I
El primer día de mayo del año de nuestro Señor de 1680, los monjes franciscanos Egidio, Romano y Ambrosio fueron mandados por su Superior desde la ciudad cristiana de Passau hasta el Monasterio de Berchtesgaden, en los alrededores de Salzburgo. Yo, Ambrosio, era entonces el más joven y fuerte de ellos, ya que sólo tenía veintiún años.
Sabíamos que el monasterio de Berchtesgaden se encontraba en una comarca agreste y montañosa, cubierta de oscuros bosques infestados de osos y espíritus perversos, y nuestros corazones se hallaban llenos de pesadumbre al pensar qué podría ocurrirnos en un lugar tan horrible. No obstante, como es un deber cristiano ofrecer el sacrificio de nuestra obediencia a la Iglesia, no protestamos, e incluso nos sentimos alegres de acatar de esta forma el deseo de nuestro reverendo Superior.
Después de recibir la bendición y de rezar por última vez en la iglesia de nuestro Santo, cerramos nuestras capuchas, nos calzamos sandalias nuevas e iniciamos nuestra marcha acompañados por las bendiciones de todos. A pesar de que el trayecto era largo y peligroso, no perdimos la esperanza, ya que ésta es en el fondo el principio y fin de toda religión, y además una característica de la juventud, que también sirve de apoyo en la vejez. Por ese motivo, nuestros corazones superaron enseguida la tristeza de la partida y se alegraron con los nuevos y diversos paisajes que nos ofrecía nuestro primer contacto verdadero con la hermosura de la tierra, tal y como Dios la creó. El colorido y el brillo de la atmósfera recordaban al manto de la Santísima Virgen: el sol resplandecía como el Áureo Corazón del Salvador, del que brota luz y vida para la humanidad entera. La bóveda azul oscura que se desplegaba en las alturas formaba, también, un precioso oratorio en el que cada hoja de hierba, cada flor y cada criatura ensalzaba la gloria de Dios.
Mientras atravesábamos las múltiples aldeas y ciudades que se escalonaban a lo largo de nuestra travesía, miles de personas atareadas en todos los trabajos de la vida cotidiana nos ofrecían a nosotros, pobres monjes, un espectáculo nuevo e insólito que nos llenaba de asombro y admiración. Muchas iglesias se nos presentaban conforme avanzábamos en nuestro itinerario, y la caridad y el fervor popular se ponía de manifiesto en el júbilo con que éramos acogidos y en la velocidad con que satisfacían cualquier necesidad que manifestáramos, haciendo que nuestros corazones se encontrasen plenos de gratitud y alborozo. Todos los emplazamientos de la Iglesia eran prósperos y opulentos, lo que demostraba que eran vistos con buenos ojos, y protegidos por el buen Dios a quien servimos. Los huertos y jardines de monasterios y conventos estaban muy bien cultivados, mostrando así la habilidad y dedicación de los piadosos campesinos y de los honrados habitantes de los claustros. Era una gloria poder escuchar el repique de las campanas que anunciaban cada hora del día, y los dulces tañidos parecían las voces de ángeles que entonasen alabanzas al Señor.
Allí donde llegábamos, saludábamos a las personas en nombre de nuestro santo superior. Encontrábamos todos los ejemplos imaginables de humildad y alegría; mujeres y niños se echaban a la vera del camino y se apelotonaban a nuestro alrededor para besarnos las manos y pedirnos que les bendijéramos. Casi podría decirse que ya no éramos los humildes esclavos del Señor, sino los amos y señores de toda aquella hermosa tierra. Pero que no se arraigue la soberbia en nuestro espíritu; debemos conservar la modestia para no desviarnos de las reglas de nuestra Orden, ni pecar tampoco contra nuestro bienaventurado Santo.
Yo, el hermano Ambrosio, debo confesar con vergüenza y remordimiento, que mi alma se dejó arrastrar con demasiada frecuencia por pensamientos muchas veces mundanos y pecaminosos. Me parecía que las mujeres se empeñaban con mayor afán en besar mis manos que las de mis hermanos, lo que sin duda no era cierto, ya que no soy en absoluto más santo que ellos y, además, soy más joven y menos experto en el temor y los mandamientos del Señor. Cuando percibí el error en que incurrían las mujeres y noté la forma en que las doncellas fijaban en mí sus ojos, me sentí aterrado y me pregunté si estaría en condiciones de mantenerme indemne en caso de que me llegara la tentación; y con frecuencia pensé, tembloroso y asustado, que los votos, las oraciones y la penitencia no bastan en sí mismos para convertirlo a uno en santo; es necesario tener un corazón cuya pureza sea tanta que ignore la tentación. ¡Infeliz de mí!
Al caer la noche siempre nos alojábamos en algún monasterio, e invariablemente éramos calurosamente recibidos. Nos daban comida y bebida en abundancia, y al sentarnos a la mesa, los monjes acostumbraban a reunirse alrededor de nosotros pidiéndonos noticias de ese inmenso mundo que teníamos el privilegio de haber visto y conocido tanto. Cuando conocían cuál era nuestro destino, normalmente nos compadecían, por haber sido condenados a vivir en aquella inhóspita región montañosa. Nos hablaban de glaciares, montañas coronadas de nieve y gigantescos promontorios, torrentes impetuosos, cuevas y tenebrosas selvas; asimismo, solían hacer referencia a un lago tan terrible y misterioso que no tenía igual en el mundo. ¡Que Dios se apiade de nosotros!
Al quinto día de nuestro viaje, cuando nos encontrábamos un poco más allá de Salzburgo, pudimos contemplar un extraño y ominoso espectáculo. Sobre el horizonte, justamente frente a nosotros, se levantaba un enorme banco de nubes, con infinidad de puntos grises y manchas aún más oscuras, y arriba, en medio de esas nubes y del cielo azul, aparecía como un segundo firmamento de blancura inmaculada. Aquel paisaje nos intrigó y alarmó considerablemente. Las nubes permanecían estáticas; las miramos durante horas y no logramos advertir el menor cambio. Después, aquella misma tarde, cuando el sol desaparecía en poniente, las nubes comenzaron a brillar de forma resplandeciente. ¡Brillaban y refulgían de forma asombrosa, dando en ocasiones la impresión de haberse incendiado!
Nadie puede imaginar nuestro desconcierto al ver que lo que habíamos tomado por nubes eran únicamente tierra y rocas. Es más, estábamos en presencia de las montañas de que tanto nos habían hablado, y aquel extraño firmamento blanco era en realidad las nevadas cumbres de la cordillera, que, tal y como afirman los luteranos, les es posible mover con su fe. Aunque yo lo dudo mucho.

viernes, 30 de julio de 2010

Ambrose Bierce / Diccionario del diablo



Ambrose Bierce
DICCIONARIO DEL DIABLO
A
Abandonado, s. y adj. El que no tiene favores que otorgar. Desprovisto de fortuna. Amigo de la verdad y el sentido común.
Abdicación, s. Acto mediante el cual un soberano demuestra percibir la alta temperatura del trono.
Abdomen, s. Templo del dios Estómago, al que rinden culto y sacrificio todos los hombres auténticos. Las mujeres sólo prestan a esta antigua fe un sentimiento vacilante. A veces ofician en su altar, de modo tibio e ineficaz, pero sin veneración real por la única deidad que los hombres verdaderamente adoran. Si la mujer manejara a su gusto el mercado mundial, nuestra especie se volvería graminívora.
Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.
Abrupto, adj. Repentino, sin ceremonia, como la llegada de un cañonazo y la partida del soldado a quien está dirigido. El doctor Samuel Johnson, refiriéndose a las ideas de otro autor, dijo hermosamente que estaban "concatenadas sin abrupción".
Absoluto, adj. Independiente, irresponsable. Una monarquía absoluta es aquella en que el soberano hace lo que le place, siempre que él plazca a los asesinos. No quedan muchas: la mayoría han sido reemplazadas por monarquías limitadas, donde el poder del soberano para hacer el mal (y el bien) está muy restringido; o por repúblicas, donde gobierna el azar.
Abstemio, s. Persona de carácter débil, que cede a la tentación de negarse un placer. Abstemio total es el que se abstiene de todo, menos de la abstención; en especial, se abstiene de no meterse en los asuntos ajenos.
Absurdo, s. Declaración de fe en manifiesta contradicción con nuestra opiniones. Adj. Cada uno de los reproches que se hacen a este excelente diccionario.
Aburrido, adj. Dícese del que habla cuando uno quiere que escuche.

jueves, 29 de julio de 2010

Santiago Gamboa / Geografía de la sospecha


Geografía de la sospecha


La novela negra ha roto sus fronteras. Desde los barrios bajos de Estados Unidos ha saltado al Mediterráneo, los países nórdicos y Extremo Oriente. El nuevo género mezcla ficción e investigación y habla del terrorismo, el choque de culturas y la corrupción.
La novela negra tradicional narra la historia de una anomalía. Alguien mata a alguien. Hay un cadáver en un sillón y un arma de fuego. Alguien huye por las cocinas de un restaurante chino. El detective investiga y persigue y por lo general llega a conclusiones escalofriantes: vivimos en un mundo extraño y las urbes despiadadas despiertan al monstruo que duerme en ciertos seres frágiles. La corrupción y el delito campean. Hemos perdido el decoro, la medida humana de las cosas, la decencia. El detective, bebiendo un vaso de bourbon, lo constata una vez más y luego, en silencio, camina entre las sombras de la calle. En el fondo él es tan frágil y solitario como los monstruos que persigue.
En Italia, como dice el ex juez De Cataldo, la novela es la respuesta a la desaparición del periodismo investigativo Hoy trata de comprender la sociedad globalizada, las economías emergentes y los saltos políticos de una era sin ideologías
Pero la figura del detective ha ido cambiando. Nace con Auguste Dupin, personaje de Allan Poe, en losCrímenes de la Rue Morgue: un hombre elegante y brillante que se mueve por los salones de la aristocracia. Es el modelo de Sherlock Holmes y Hércules Poirot, y el crimen es sobre todo un enigma que reta su inteligencia. Son novelas de salón y el mayordomo es sumamente sospechoso. Estamos aún entre tazas de té y copas de jerez o Bristol Cream. La respuesta llega de pronto a la mente del detective a través de un indicio que desata una complicada álgebra mental, y al final todo está muy claro. Los criminales usan también objetos refinados, como dagas y estatuillas, y su móvil, en ciertos casos, es poético o filosófico: buscan el crimen perfecto, por ejemplo.
La novela negra norteamericana cambia las cosas. Suben los grados de alcohol, pasamos al whisky o la ginebra. Los asesinos no son aristócratas sino personas desesperadas y marginales. Aparecen los barrios bajos de Los Ángeles, Chicago y Nueva York. Las afueras de Baltimore. Chandler y Hammet pululan por ahí y sus detectives son solitarios, miembros de la internacional de la triple D: divorciados, depresivos y dipsómanos. Su trabajo es obsesivo y tienen un fuerte sentimiento de culpa. También ocultan algo. Sus aventuras muestran la vida y retratan las calles y sus gentes. Está la inmigración, la mafia, la prostitución, el vicio... Está la verdad desnuda. La novela latinoamericana parte de ahí y le suma el compromiso político, o el compromiso con la realidad: Paco Ignacio Taibo II contra las fuerzas oscuras del Estado mexicano. Sasturain en Buenos Aires, Leonardo Padura en Cuba, Rodrigo Rey Rosa en Guatemala. En Colombia aparece el mundo sicarial de Rosario Tijeras, de Jorge Franco, y la oscura demencia de un veterano de Vietnam, en Satanás, de Mario Mendoza, entre otros.
Pero hay que dejar claras ciertas consideraciones. La primera es que la novela negra es ante todo novela y debe responder por ello. La coartada del subgénero no le da ventaja alguna. Por eso debe ser buena y también creíble. Debe estar tan bien escrita que sea imposible detenerse. Debe llevarnos a comprender mejor el mundo y la vida y debe instalar en nosotros la duda y el deseo de que la realidad siga siendo explicada o revelada a través de palabras. En suma, debe ser excelente, una buena novela que tiene la característica de ser, después, de género negro, así como hay novelas excelentes que son históricas o románticas o epistolares. Buenas novelas, buena literatura.
¿Nuevos escenarios? "Hoy las novelas negras describen los problemas del mundo contemporáneo, y la intriga, en el fondo, es la arquitectura que usa el novelista para mostrar mejor, con más eficacia, cómo funcionan nuestras sociedades, sus problemas y sus taras, en un ambiente generalmente urbano y de marcado realismo", me dice Anne Marie Métailié, directora de Editions Métailié, en París, una de las editoriales que más ha investigado el tema y que traduce un amplio espectro de autores europeos y latinoamericanos.
El escenario privilegiado es la ciudad, pero esto no es nuevo. El caso de Italia es particularmente llamativo. Carlo Lucarelli, Wu Ming, Giancarlo De Cataldo, Roberto Savinio. En esa privilegiada península en la que todo es bello, donde se gestó el Renacimiento y se inventó la forma poética del soneto, donde vieron la luz el queso parmesano y la pintura de Da Vinci y Raffaello, también suceden cosas muy graves, y la literatura las registra. Ha pasado tiempo desde El zafarrancho aquel de vía Merulana, de Carlo Emilio Gadda. Hoy se habla y se denuncia a la Mafia, y los novelistas, en ocasiones, requieren de guardaespaldas. Es nuevo que algunos autores, como Giancarlo De Cataldo, provengan de la burocracia de la justicia. Su historia es curiosa: un ex juez que transforma los archivos de un caso en novela, Romanzo criminale, para contar el ascenso de una pequeña banda de ladrones que llega a controlar a políticos y empresarios de Roma con los métodos salvajes del capitalismo y la globalización. También son globalizados y neoliberales los métodos de la Camorra de Nápoles descrita en la exitosísima novela Gomorra, de Roberto Savinio, otro escritor italiano que, antes de escribir, pasó diez años investigando a esta gran empresa criminal cuyo objetivo es la optimización de recursos y suministros, muy a la vanguardia de la economía mundializada, por cierto, con negocios que llegan hasta China y presencia en actividades como la industria textilera, todo rigurosamente cierto y, sobre todo, rigurosamente creíble, lo que hace de Gomorra una gran novela que da la razón a De Cataldo cuando afirma que la novela negra de hoy, en Italia, es la respuesta a la desaparición del periodismo investigativo, algo que otros llaman el Noir Mediterráneo o novela negra mediterránea, mezcla de investigación y ficción en dosis fuertes.
Un poco más al Norte, siguiendo el trazado de una imaginaria proyección de Mercator, podríamos decir que algunos novelistas de Islandia también intentan comprender el mundo de hoy a su manera, con el paso violento de una sociedad campesina a la más aterradora modernidad. Le ocurre a Arnaldur Indridason, en Jar City, y a su detective Erlendur, cuya hija escucha música rock y consume drogas de diseño en los bares más aterradores de Reikiavik. Cosas que él no comprende. Mientras tanto, Erlendur debe indagar el crimen de un anciano pedófilo y violador y para hacerlo debe vencerse a sí mismo. Desprecia a la víctima pero sigue adelante. El mundo ya no es lo que era y él debe llegar a la verdad, pues es un viejo que cree en la justicia y la rectitud humana. Algo similar piensa Kurt Wallander, el detective del sueco Henning Mankell, un autor de éxito y una referencia de la novela negra nórdica, de ese grupo de novelistas que vienen del frío, como vino también el danés Jens Martin Eriksen, representante del "realismo obsceno", o Hakan Nesser, apodado el Simenon de Suecia, con su inspector Barbarotti, o el también islandés Arni Thorarinsson, todos ellos asediando este extraño espacio que habitamos.
Un mundo raro e incómodo también para Hannelor Cayre, autora francesa, que en su novela Abogado de oficio cuenta las pobres vidas de los abogados lumpen que defienden a los marginales e inmigrantes pobres de París, lejos de los grandes estrados y alegatos donde domina la palabra y el espíritu de la ley. O más al Sur, el griego de Estambul Petros Markaris y su detective Costas Charitos, implacable a la hora de desentrañar los crímenes de las mafias que trafican con personas, del Este al Oeste. Y por cierto, allá en el Este está Anna Marínina, novelista rusa, ex policía de Moscú y ex criminóloga del Ministerio del Interior, quien transfiere a sus novelas sus propias experiencias en la piel de Anastasia Pavlovna Kaménskaya, inspectora de la Petrovka, la policía criminal de Moscú, pero también gran intelectual, especialista en informática y joven que persigue la corrupción política y empresarial ligada a las poderosas mafias de su país.
Es el Noir Mediterráneo en las estepas rusas, o la novela negra de hoy a secas, al fin y al cabo, en su búsqueda por comprender mejor la sociedad globalizada, las economías emergentes y los saltos políticos de una era sin ideologías, pero también otros problemas como el choque de culturas y generaciones, la violencia terrorista, la inmigración desatada y cruel, la nostalgia del miedo y del horror de los grupos neonazis que en la noche recorren como huestes prehistóricas las calles de Copenhague, Estocolmo o Bakú, en fin, novelas negras y buenas, cuando lo son, que dan cuenta de la realidad, piensan mal del prójimo y se llenan de sospechas que por lo general están muy bien fundadas. -
Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) es autor de la novela policiaca Perder es cuestión de método (Mondadori). Su libro más reciente es El síndrome de Ulises (Seix Barral).




miércoles, 28 de julio de 2010

Michael Connelly / El policía más salvaje de EE UU

Michael Connelly
Barcelona, 2009
Foto de Carles Ribas


El policía más salvaje de EE UU

Michael Connelly, estrella de la novela negra actual, habla de literatura en Barcelona

 Barcelona 4 FEB 2009
Harry Bosch, el popular detective de Michael Connelly (Filadelfia, 1956), nació a las letras en El eco negro, en 1992. Supimos entonces que la guerra de Vietnam le marcó profundamente. Su unidad, las ratas de túnel, estaba encargada de limpiar los pasajes subterráneos del Vietcong.
Más tarde y en otras novelas, Connelly va construyendo su biografía. Nos enteramos así que era hijo de una prostituta, que fue asesinada, que él había estado en diversas casas de acogida. También que se había casado, que tuvo un mal divorcio y que no había vuelto a saber de su hija. Entró en la policía de Los Ángeles y estuvo cinco años patrullando las calles. Fue ascendido a detective de Homicidios y pasó a la Brigada Especial de Robos y Homicidios.

El autor de 'Echo Park' cita a Chandler y Ellroy como referencias

El escritor de Filadelfia recibió ayer el IV Premio Pepe Carvalho

"Sé que los agentes de mi país piensan que la pena de muerte es buena"

"Los Angeles Times' me dio disciplina. Los periodistas escriben cada día"
En El último coyote fue suspendido por haber agredido al teniente Pounds, que le estropeó un interrogatorio a un sospechoso. Aprovechó el paro para averiguar quién asesinó a su madre y tras duros avatares -es golpeado en la cabeza, sufre una conmoción, es hospitalizado, pero se escapa- resolvió ese caso que le torturaba.
Durante ocho meses fue castigado en la División de Robos. En Pasaje al paraíso, vuelve a Homicidios. Pero novela a novela, va enfrentándose más y más con el Departamento de Policía. A quien más odia es al subdirector Irving, que luego jugará a ser político. Al fin se cansa y, tras 25 años de servicio, decide retirarse. EnLuz perdida, Harry tiene ya 52 años y se ha sacado licencia de detective privado. En Cauces de maldad, quiere de nuevo su placa y se incorpora a la Unidad de Casos Abiertos. Echo Park,uno de esos casos no resueltos, le lleva a las puertas del infierno y a su compañera de trabajo, al borde de la muerte. Nuevamente es apartado del trabajo, al que regresa con El observatorio, donde se enfrenta con el FBI.
Bosch resuelve, de una manera u otra, y no todas legales, los casos en que trabaja. Está en la policía, pero actúa por libre. "Yo crecí leyendo a Raymond Chandler y a Joseph Wambaugh y de la admiración por sus personajes surgió esa mezcla que es Bosch, un policía que no está totalmente dentro del departamento", dice Connelly. Además de estos autores, el escritor cita a Ross McDonald y James Ellroy. Por todos ellos se fue a California. "Su lectura y los escenarios de Los Ángeles me ayudaron mucho. Mientras estuve en Florida intenté escribir dos novelas y no salió nada". Y es en "esta ciudad magnética", donde se inventa al policía. "Bosch tiene que luchar contra todo tipo de obstáculos para llevar adelante sus investigaciones. A veces es la política, otras la corrupción, la burocracia, incluso la estupidez. El resultado es que casi siempre está en contra de su propio departamento, eso le acerca mucho a sus lectores".
El ex agente del FBI McCaleb, otro de los espléndidos personajes de Connelly, define perfectamente a Bosch: le llama "el ángel vengador". "Es concienzudo y listo, pero se aproxima demasiado al abismo". Connelly lo confirma: "McCaleb tiene razón. Yo admiro el trabajo de la policía. Es fácil hacerlo mal y difícil hacerlo bien. Se asoman al abismo y luego vuelven a casa con todo eso a cuestas. La oscuridad a que se enfrentan les alcanza también a ellos".
En un momento de desesperación, en Echo Park, Bosch se muestra favorable a la pena de muerte. "No creo que fuera un impulso. Por mi trabajo de reportero sé que todos los policías piensan que la pena de muerte es buena ante tanta devastación. Yo no estoy del todo de acuerdo, pero en esto soy objetivo, doy la opinión de un policía".
Connelly nació en Filadelfia, pero a los 11 años se fue a Florida, donde estudió periodismo. Trabajó 10 años en Los Angeles Times. "Si no hubiera estado en este diario ahora no estaríamos sentados aquí. Me sirvió para meterme en el mundo de la policía y del crimen. Y me dio disciplina. Los periodistas escriben cada día".
Si Bosch ha protagonizado 14 novelas, Terry McCaleb sólo tres. La primera, Deuda de sangre, la llevó al cine Clint Eastwood. Le siguieron Más oscuro que en la noche y Cauces de maldad, en la que el detective Bosch investiga la muerte del agente McCaleb. ¿Por qué le mató tan pronto? "Se me hizo difícil seguir con él tras haber visto su cara en el cine".
Y el abogado Michael Heller, ¿volverá alguna vez? "Aparecerá en la próxima novela, El veredicto. Un fiscal es asesinado. Heller asume las investigaciones que estaba efectuando y Bosch se encarga del asesinato". Se publicará en España en octubre. Esta novela, como las más recientes de Connelly, están editadas por Roca Editorial, que también recupera en bolsillo sus otros títulos. Ediciones B ha lanzadoCrónicas de sucesos, que reúne sus trabajos periodísticos. Connelly recibió ayer el IV Premio Pepe Carvalho, y habló de lo bien que se siente en Barcelona- donde participa en el festival BCNegra- y en España, donde "se valora la novela negra".

Libros, 'El Caso' y una plaza para Manuel Vázquez Montalbán

- Nueva colección y nuevos autores. Entre las muchas actividades que desarrolla BCNegra, destacó ayer la salida de una nueva colección, Roja & Negra, que edita Mondadori y dirige Rodrigo Fresán. Tratará temáticas rojas (criminales) y negras (policiacas). Fresán afirmó que no se ajustará exactamente a los parámetros del género, ni a que "tengan más muertos", sino que ofrecerá una voluntad estilística y un mejor contenido. Ya están los dos primeros títulos en las librerías: Delitos a largo plazo, del británico Jake Arnott, y El poder del perro, del estadounidense Don Winslow.
- Una plaza para el 'padre' de Carvalho.
Cinco furgonetas de la policía dos calles arriba en una redada contra un posible comando islamista, suelo mojado por la lluvia, frío y policía secreta mezclada con escoltas. Un auténtico escenario negro envolvió ayer la inauguración en Barcelona de la plaza (dura) dedicada a Manuel Vázquez Montalbán, en la calle Sant Rafael junto a la Rambla del Raval. En realidad, no muy lejos del despacho de 39 metros cuadrados que el detective Pepe Carvalho tenía en La Rambla y casi al lado del piso de 50 metros cuadrados donde vivió la familia del escritor, y al que no llegó la electricidad hasta 1947. Hoy, en su plaza desemboca un hotel de cuatro estrellas. Por debajo limita con la futura sede de sindicatos. Menos mal...
- Fuente de inspiración. Durante años la única información de sucesos era la que hacía la Dirección General de la Policía. El panorama cambió en 1952 con la salida del periódico El Caso, que durante tres décadas explicó los sucesos de la España real frente a la oficial. BCNegra le rindió homenaje con una mesa redonda donde participaron uno de sus redactores, el cineasta Pere Costa, y el periodista Josep Martí Gómez. En el palacio de la Virreina se exponen portadas de sus 35 años de vida.





Michael Connelly se traduce 

por vez primera al catalán

C. G. Barcelona

EL PAÍS, 3 AGO 2009



Michael Connelly
Michael Connelly (Filadelfia, 1956), último premio Pepe Carvalho de novela negra y uno de los autores más emblemáticos hoy del género, está traducido a 35 lenguas. En octubre serán, como mínimo, 36 porque Club Editor ha decidido publicarlo en catalán. Y el azar, o el olfato, hará que la editorial catalana empiece con la que hasta la fecha es su novela más vendida en sus más de 20 años de trayectoria. Se trata de la número 19 de su producción, El veredicte, que Club Editor publicará el próximo octubre en su colección El club dels novel.listes, traducido por Joan Puntí. La versión castellana llegará al unísono de la mano de Roca Editorial.
The Brass Verdict, título original, aparece este mismo mes en EE UU en edición rústica tras su exitosa versión en tapa dura, editada el año pasado. Amén de la acidez de las tramas y la intrahistoria de la ciudad de Los Ángeles aprovechando las pesquisas de su policía que ya son rasgos clásicos en las narraciones de Connelly, el éxito recae en el hecho de que, por vez primera, el autor reúne en el mismo libro a su famoso detective Harry Bosch con el abogado Mickey Haller, protagonista ya de El inocente (2007).
En esta ocasión, Haller se ve involucrado en la defensa de un alto ejecutivo de unos estudios de Hollywood, acusado de asesinar a su esposa y a su amante. En plena pesquisa judicial, el abogado se da cuenta de que la próxima víctima bien podría ser el propio Haller. Mientras, Bosch es el encargado, por la parte policial, de investigar el caso. Tras obvios recelos iniciales, la complejidad del caso invita a trabajar juntos.


martes, 27 de julio de 2010

Carlos Boyero / Los hijos de Philip Marlowe


Michael Connelly

Los hijos de Philip Marlowe

Crónicas de sucesos constata el proceso iniciático de Michael Connelly en un universo de violencia interna y externa
Si no se poseyeran datos ni referencias sobre Raymond Chandler, si sólo te hubieras enamorado en las novelas de un individuo llamado Philip Marlowe, aficionado al alcohol y al ajedrez solitario, experto en decepciones (el engaño que sufrió de su falso amigo Terry Lennox en El largo adiós era de los que se incrustan duraderamente en las entrañas), mordaz hasta el virtuosismo, biológicamente alérgico a la autoridad aunque se hubiera encontrado con algunos tipos decentes en la policía, sabedor de que si algún día la palmaba en cualquier callejón, algo probable en su oficio, ningún hombre ni mujer sentiría que había perdido la razón de su existencia, jamás podrías sospechar que su lírico y excepcional creador no tenía ni puñetera idea de lo que era un arma, ni familiaridad con los bajos fondos, que sólo conocía de oídas el crimen y la corrupción. Leyendo con sobrecogimiento hace infinitos años una desoladora biografía de Chandler que escribió Frank McShane descubrías que hasta los cuarenta años el gran retratista de aquel solitario frecuentemente acorralado e irrenunciablemente ético trabajó como ejecutivo en el negocio petrolero, que se casó con una mujer veinte años mayor que él y que al morir ésta el derrumbe alcohólico y la depresión le machacaron interminablemente hasta el final, que poco antes de su muerte intentó suicidarse en un hotel de Londres pero que falló patéticamente porque no acertaba al apretar el gatillo de la pistola.
Un fallo técnico que nunca se hubiera permitido el muy experimentado Dashiell Hammett, empleado desde muy joven en la agencia de detectives de la temible Pinkerton y que la abandona con escepticismo perdurable a los veinticuatro años, asqueado de que ésta sirva para destrozar huelgas, de que su legitimada metodología en la defensa del capitalismo supere con creces la salvaje eficiencia de la delincuencia. El inventor de aquel diablo con hoyuelo llamado Sam Spade, del enigmático hombre gordo de la Continental especializado en cosechas rojas después de liar y enfrentar a los lobos, del aún más romántico que cínico Ned Beaumont de La llave de cristal. Sus descripciones literarias se alimentan de su contacto con la realidad, de haber tenido trato precoz con las flores del mal.
Nadie ha hablado de la policía con tanto conocimiento e intensidad como Joseph Wambaugh, alguien que nunca se pondrá de moda entre determinado izquierdismo. Wambaugh fue cocinero antes que fraile. O sea, fue madero antes que escritor. Y comprende demasiado bien la naturaleza de sus antiguos compañeros, justifica actitudes y comportamientos ante los que resulta cómodo abusar del maniqueísmo, no reniega de una profesión que casi siempre ha padecido una notable turbiedad en las mejores crónicas del género negro.
De James Ellroy, que afirma que los libros de Wambaugh le ayudaron a sobrevivir en su desastrosa juventud, se sabe por su propio testimonio que fue carne de lumpen, drogota compulsivo, mendigo zarrapastroso, irredento profesional del palo callejero, obligado y permanente huésped de comisarías y cárceles, hijo de una puta asesinada y cuyo autor nunca fue trincado, cuyo enigma se convertirá en el protagonista de La dalia negra y de su desgarrada autobiografía Mis rincones oscuros. Se supone que Ellroy sabía mucho y de primera mano de navajeros y de parias al margen de la ley, pero que no tuvo contacto con los monarcas del organizado mal, pero su imaginación, al igual que su estilo literario, es prodigiosa. Está contando mejor que nadie el siglo XX en Estados Unidos a través de la historia de sus grandes crímenes. Y hace escalofriantemente veraces sus feroces retratos, su convicción de que nadie era inocente.
Llevamos demasiado tiempo buscándole un hijo legítimo a Philip Marlowe. Que cada cual escoja el suyo, aunque no está nada claro que entre su prolífica descendencia haya nadie a su legendaria altura artística y moral. Tampoco una prosa tan ácida y poética como la del escritor que le parió, su capacidad descriptiva, su atmósfera, sus imborrables frases plasmando ambientes y estados de ánimo, sus diálogos veloces y sabrosos. Yo tengo debilidad por las novelas de Lawrence Block y por el personaje de Matt Scudder, su sentido de culpa, su fidelidad a Alcohólicos Anónimos, su necesidad de redención. Donald Westlake y Elmore Leonard a veces me hacen mucha gracia y otras menos.
Y no he conseguido engancharme excesivamente a Michael Connelly, aunque gente que respeto es absolutamente adicta al racional, sensible y muy humano detective Harry Bosch y al trasplantado corazón del ex agente del FBI y cazador de asesinos en serie Terry McCaleb. Las novelas de Connelly, a diferencia de las de Chandler, tienen un punto de partida basado en la experiencia propia, en su trabajo como periodista de sucesos que le servirá después para construir y alimentar sus ficciones.
Acabo de leer Crónicas de sucesos, la recopilación de los reportajes que publicó en los periódicos South Florida Sun-Sentinel y en Los Angeles Times. Dividido en tres secciones, tituladas 'Los policías', 'Los asesinos' y 'Los casos', ofrece su notaría directa de lo que forjaría su vocación de novelista. Esas crónicas son irregulares, en función del interés de sus contenidos, nada sensacionalistas ni manipuladoras, están muy correctamente escritas, pero sólo a los fans incondicionales les pueden resultar apasionantes. Es sabroso su seguimiento de un grupo de policías de Los Ángeles que actúan con la eficacia letal y la impunidad de un escuadrón de la muerte. También el tragicómico retrato de una banda de surrealistas y chapuceros mercenarios que se anunciaban en la revista Soldados de Fortuna y que casi siempre fallaban o se equivocaban en la ejecución de sus víctimas. Es un libro para coleccionistas, para constatar el proceso iniciático de Connelly en un universo de violencia interna y externa, los conocimientos sobre personajes y situaciones que almacenó en su trabajo cotidiano, en su contacto con la sangre y el horror.
David Simon, antiguo periodista de sucesos, no escribe novelas, sino que en compañía del ex detective Ed Burns se ha inventado la serie de televisión más hipnótica, inteligente, realista y documentada de los últimos años. Estoy hablando de The Wire. Policías, camellos, políticos, mafiosos y periodistas están dibujados con la precisión, el conocimiento y la inteligencia de un observador con ojo, oído y memoria privilegiada. Todo en ella huele a verdad, una verdad terrorífica. -
Crónicas de sucesos. Michael Connelly. Traducción de Javier Guerrero. Ediciones B. Barcelona, 2008. 336 páginas. 19,50 euros. La quinta temporada de The Wire se emite los domingos a las 22.00 en la cadena TNT.


lunes, 26 de julio de 2010

Raymond Chandler / Marlowe como Chandler


Bogart como Marlowe

Marlowe como Chandler


En 1932, a los 44 años, Raymond Chandler es un completo fracasado. No ha conseguido nada con sus intentos de dedicarse a la literatura. Su matrimonio con Cissy Pascal, por culpa de los dieciocho años que ella le lleva, funciona a un nivel maternal, pero no erótico. Sus excesos en la bebida y sus complicaciones con secretarias hacen que sea despedido de su único empleo importante.Este fracaso le hace abandonar su vida anterior y por tercera vez intentar dedicarse a escribir. Ahora abandona sus altos vuelos literarios y comienza a colaborar en revistas baratas, de gran tirada, especializadas en la publicación de narraciones policíacas. Toma como modelo a Dashiell Hammett y el nuevo estilo policíaco creado por él, y comienza a escribir y a publicar regularmente.

Adiós, muñeca

Raymond Chandler. Barral Editores. Barcelona, 1977.
Transcurridos cinco años y con una gran experiencia en el género, empieza a planear su primera novela. Sitúa la acción en Los Angeles, parte de materiales de sus primeros cuentos, escribe la historia a través de un narrador, y utiliza como protagonista al mejor personaje de sus cuentos, el detective privado Philip Marlowe. Al mismo tiempo consigue apartarse de la tradición del género y hacer que la novela policíaca no sea un fin, sino el medio de expresar su particular concepción del mundo. Y gracias a su especial sentido del humor consigue que el aburrimiento y el fracaso de su vida se transformen en unas divertidas y chispeantes narraciones con unos peculiares diálogos que definen la personalidad de ese Marlowe, que es algo así como su contrario, su opuesto «alter ego», el personaje que hubiese querido ser, pero al que nunca consiguió parecerse.
Después de tres meses de arduo pero provechoso trabajo, en 1939 termina su primera novela, El sueño eterno. Una dinámica y compleja intriga en la cual brilla la personalidad de su característico personaje, el enamoradizo y cínico, pero moralista y rígido, Philip Marlowe. La obra no tarda en alcanzar un gran éxito y rápidamente Chandler se convierte en un autor comercial y en un personaje conocido.
Poco después comienza a escribir Adiós, muñeca, partiendo de sus cuentos Try the Girl y Mandarin's Jade, pero tropieza con unas dificultades que nunca le abandonaron. La facilidad y rapidez con que ha redactado su primera, novela no se vuelven a repetir. Debido a su poca imaginación, a su gran dificultad para escribir y a emplear cuentos preexistentes como punto de partida, la escritura de sus novelas le supone un grandísimo esfuerzo.
Desesperado abandona Adiósmuñeca y, partiendo de un cuento homónimo, empieza a escribir La dama del lago, pero se encuentra con los mismos problemas. Finalmente, consigue terminar Adiós, muñeca en 1940. Aunque tiene menos interés que la primera, también obtiene un gran éxito, dado que vuelve a brillar la personalidad de su magistral personaje, y le abre las puertas del cine que con sus adaptaciones le proporciona importantes ingresos durante el resto de su vida.
Con su característico estilo, en Adiós, muñeca cuenta cómo Philip Marlowe, al intentar ayudar desinteresadamente a un gigantón ex presidiario -a quien llaman Iniciativas Malloy- en la búsqueda de su antigua novia -una pelirroja llamada Velma-, se ve envuelto en una complicadísima historia en la que se entrecruzan un robo de joyas, unos consumidores de marihuana y diversos personajes femeninos que fascinan y engañan al protagonista con gran facilidad.
Salvo en El largo adiós (1953), tal vez la mejor de sus novelas, y aquella en que tras la habitual complejidad de la intriga y la deslumbrante personalidad de Marlowe se esconde una interesante amistad, las novelas de Raymond Chandler se caracterizan por una confusa anécdota que el lector puede ir descifrando, pero que le cuesta gran trabajo sintetizar.
En 1946, el gran director Howard, Haws hace una excelente versión cinematográfica de Esueño eterno sobre un guión de William Faulkner. Durante el rodaje Haws discute con Humphrey Bogart -que encarna con perfección a Marlowe- sobre quién ha matado a uno de los personajes y envían un telegrama a Chandler para que les aclare la duda. Chandler, a quien gusta el guión y está completamente de acuerdo con la película, reflexiona, repasa la novela y en otro telegrama contesta que lo ignora. Lo que demuestra que las dificultades para desenredar la madeja son uno de sus máximos valores y sus principales características.
Tanto sus cuatro primeras novelas, escritas con una cierta precipitación entre 1939 y 1943, como las tres últimas, escritas con gran calma entre 1949 y 1958, muestran esa misma complejidad argumental.
Cuando en 1959, cinco años después que su mujer, Chandler muere, tras un período enloquecido de viajes entre Estados Unidos e Inglaterra, de mujeres y de alcohol, sigue creyéndose un fracasado.
De forma que, a lo largo de sus casi cuarenta años de vida literaria, tanto en su primera aparición como en la última, Marlowe continúa siendo el mismo fantástico, enamoradizo, desinteresado, eficiente, fanfarrón y buen chico de siempre, personaje principal de siete obras maestras del género policíaco, que se encuentran entre la más destacada literatura norteamericana del siglo XX.






domingo, 25 de julio de 2010

Augusto Martínez / Raymond Chandler y el cine



Raymond Chandler y el cine


Tras vender los derechos cinematográficos de Adiós, muñeca y La ventana siniestra, en 1943, Paramount contrata a Raymond Chandler (1888-1959) para escribir con Billy Wilder, una adaptación del relatoLiberty, de James M. Cain. El resultado es Perdición (Double Indemnity, 1944), dirigida por el propio Billy Wilder, que les vale una nominación para el Oscar al mejor guión del año.Por la susceptibilidad y la timidez de Chandler, admite con dificultad tanto el mal trato que reciben los guionistas de la época por parte de los productores, como las lógicas intervenciones del director de la película en su trabajo. Esta situación, que se repite regularmente en todas sus colaboraciones cinematográficas, le impide realizar un trabajo más continuo en el cine.

Playback

Raymond Chandler. Editorial Bruguera. Barcelona, 1978.
El éxito de Perdición le permite firmar un contrato con Paramount para escribir los diálogos de El povernir es nuestro (And Now Tomorrow, 1944), dirigida por Irving Pichell, y de Misterio en la noche (The Useen, 1945), dirigida por Lewis Allen, y para escribir el guión de La dalia azul (1945), dirigida por George Marshall.
Esta experiencia hace que cuando en 1945 vende a Metro Goldwyn Mayer los derechos de La dama del lago, lo hace con la condición de escribir personalmente el guión. Vuelve a tener problemas con el productor. La versión que él escribe no es aceptada y se niega a firmar la que finalmente dirige Robert Montgomery, en 1946.
Warner le compra El sueño eterno, en 1945. Gracias al trabajo en el guión de William Faulkner y en la dirección de Howard Hawks, el resultado es la mejor de las adaptaciones cinematográficas de novelas suyas. En 1946 Universal le encarga un guión original. Acepta con la condición de poderlo escribir en su casa y no tener que aparecer por los estudios. Así nace Playback, que nunca se llega a convertir en película.
Rechaza numerosas propuestas para escribir para el cine y en 1950 admite la que le hace Warner para adaptar Strangers on a Train, de Patricia Highsmith, porque Alfred Hitchcock va a dirigirla. Empieza a escribir en su casa, pero las periódicas visitas de Hitchcock para ver cómo avanza el trabajo y discutirlo, vuelven a convertirse en un problema. No se entienden, no se llevan bien y el trabajo final es un guión que no gusta a Hitchcock, que hace revisar a otros guinistas y que da lugar a Extraños en un tren (1951), que Chandler detesta.
Playback
En 1953 Raymond Chandler, a los 65 años, tras el gran éxito alcanzado con El largo adiós, la mejor de sus obras, comienza a escribir la séptima y última de sus novelas, la más cinematográfica y la única que nunca ha sido llevada al cine. El punto de partida es el guión Playback, escrito en 1947 por encargo de Universal y que continúa inédito.
A pesar de su reducido número de páginas, tarda cinco años en escribir la novela. La explicación hay que buscarla en las circunstancias que vive durante esos años: en 1954 muere su mujer, poco después vende la casa de La Jolla, donde habían vivido los últimos años, y empieza una vida itinerante, entre Estados Unidos e Inglaterra, entregado a la bebida, enamorado de mujeres mucho más jóvenes que él y jalonada de intentos de suicidio.
Esto hace que en Playback, Philip Marlowe, el famoso detective protagonista de todas sus obras, se encuentre, como el propio Chandler, considerablemente envejecido y solitario y no frene, como tenía por costumbre, los avances sexuales de lasiovencitas de ojos azules con que regularmente se encuentra y que, incluso al final, se abra la posibilidad de una boda.
Por tanto, la anécdota, como siempre narrada en primera persona, empleando un estilo de claro origen cinematográfico y con el peculiar lenguaje de su autor, todavía más que otras veces, es una excusa para que Marlowe, el claro alter ego de Chandler, aparezca como un enamoradizo, quijotesco y romántico detective, más dispuesto a defender los intereses de la joven a quien le han encargado seguir que a descubrir la intriga que se cierne a su alrededor.
Hay que señalar, que no se trata de la reedicción del volumen que con el título Coctel de barro y en una traducción plagada de americanismos apareció, por primera vez en castellano, el año pasado en Ediciones Corregidor, Argentina, sino de una nueva traducción realizada con habilidad por María Teresa Segur, en la que consigue conservar el humor y el peculiar lenguaje de Chandler sin tenerlo que aclimatar, como hacen la mayoría de sus traductores, a la actual y distorsionada forma de hablar para tratar de dar a sus diálogos un máximo tono coloquial.





viernes, 23 de julio de 2010

Asesino en la lluvia / Los cuentos póstumos de Raymond Chandler


Los cuentos póstumos de Raymond Chandler


En 1932 Raymond Chandler tiene 44 años, está casado con una mujer que le lleva dieciocho y le han despedido de su trabajo por tener problemas con la bebida y complicaciones con secretarias. Decide aprovechar la ocasión para cambiar de vida e intentar una vez más una carrera literaria en la que también había fracasado. Empieza a escribir un tipo diferente de literatura del que antes había intentado. Se trata de narraciones policíacas al estilo de las de Dashell Hammett. En diciembre de 1933 publica su primer cuento en Black Mask, la mejor de las revistas baratas de gran tirada especializadas en narraciones policíacas.A lo largo de su carrera, Chandler escribe veintitrés cuentos en revistas especializadas, pero sólo quince se editan en forma de libro durante la vida de su autor, tanto en El simple arte de matar (1950), como en otras colecciones. Las ocho restantes únicamente se editan en forma de libro en 1964, cinco años después de su muerte. La razón de este hecho reside en la poca imaginación de Chandler, en las múltiples dificultades que tiene para escribir y en su extremada honradez, que sucesivamente le llevan a utilizar estos ocho cuentos como parte de sus tres primeras novelas y a creer que es una deshonestidad su reedición.
El sueño eterno (1939), su primera novela, se basa en Asesino en la lluvia(1935) y El telón (1936). Su segunda novela, Adiós, muñeca (1940), se apoya en El hombre que amaba los perros (1936), ¡Busquen a la muchacha! (1937) y El jade del mandarín (1937). Y La dama del lago (1943), su cuarta novela, pero comenzada a escribir en tercer lugar, está integrada por Bay City Blues ( 1938), La dama del lago (1939) y No hubo crimen en las montañas (1941).
La reciente publicación por Editorial Bruguera de la traducción castellana de estos cinco primeros cuentos, dentro de su interesante colección de novela negra, bajo el título genérico Asesino en la lluvia, con una introducción de Philip Durham, y el anuncio de la publicación de las tres restantes por la misma editorial bajo el título Bay City Blues,pone en manos del aficionado a la literatura policíaca estos famosos relatos y descubre al estudioso la compleja forma de escribir de Chandler.
Cada uno de estos cuentos es un borrador para sus novelas, donde ensaya métodos narrativos, siempre en torno a un punto de vista único ostentado por un narrador, y prueba nombres para ese narrador, que sucesivamente pasa de ser anónimo a llamarse Carnady, John Dalmes, John Evans para terminar llamándose Philip Marlowe, al tiempo que es un terreno de cultivo donde se va forjando su personalidad. Mucho más lejos que esto, las tres novelas citadas no sólo se apoyan en los cuentos indicados, parten de sus tramas para agrandarlas y enriquecerlas, sino que en una complicadísima operación especialmente reagrupan varios personajes en uno, entremezclan capítulos enteros de diferentes cuentos con otros nuevos, hasta alcanzar un resultado que es la suma de los cuentos iniciales con unos pocos elementos nuevos.
Los resultados conseguidos en estos primeros cuentos de su carrerra literaria son muy homogéneos. Son muy iguales, denotan un alto grado de profesionalidad y, como queda indicado, tienen un parentesco directo con sus novelas. En ellos aparece su peculiar forma narrativa, aunque esté en embrión su particular y hábil manera de dialogar y, lo que es más importante, la personalidad de Marlowe todavía no existe. El alto grado de nostalgia que emana de ese particular detective, que trabaja por muy poco dinero, que recibe grandes palizas en su intento de ayudar a cuantos le reclaman y que tanto al final como durante el transcurso de sus aventuras se encuentra solo -en gran medida transposición de la personalidad del propio Chandler y máximo atractivo de sus novelas-, no aparece, se está fraguando y todavía no ha llegado al papel.