sábado, 23 de enero de 2010

Stieg Larsson / Los libros más vendidos de 2009



Stieg Larson, 

auténtico fenómeno editorial 

de 2009


Falcones y Cercas, únicos españoles entre los autores más vendidos 

ANTONIO FRAGUAS Madrid 23 ENE 2010


La trilogía Millenium (Destino), de Stieg Larsson, ha sido el "auténtico fenómeno editorial de 2009", con unas ventas totales que superan los 2,7 millones de ejemplares, según el informe Bookscan que elabora la consultora Nielsen con datos de librerías. El primer título de la trilogía de Larsson, Los hombres que no amaban a las mujeres, supera el millón de ejemplares.
El símbolo perdido (Planeta), de Dan Brown, autor del célebre El Código Da Vinci, ocupa el cuarto puesto. En el quinto llega el único gran éxito de un autor español, La mano de Fátima (Grijalbo), de Ildefonso Falcones. La sexta, séptima, octava y décima plazas son para los cuatro títulos de la saga Crepúsculo (Alfaguara), de Stephenie Meyer. En el puesto número ocho se cuela el libro de no ficción más vendido, El Secreto (Urano), de Rhonda Byme.
"El éxito de ventas de Millenium en 2009 es aún más significativo si se tiene en cuenta que los dos primeros libros de la trilogía se publicaron en 2008, por lo que sus ventas totales en España superan ampliamente las realizadas el pasado año, cuando se editó el tercer volumen", señala el informe.
Se da el caso de que tanto Millenium como Crepúsculo cuentan con versiones cinematográficas lo que, según Nielsen, puede explicar su éxito editorial continuado.
Entre las obras de no ficción, además de la ya citada El Secreto, que ocupa el primer puesto de esta categoría, destacan La crisis ninja y otros misterios (Espasa), de Leopoldo Badía, Gomorra (Debolsillo), de Roberto Saviano, y Anatomía de un instante (Mondadori), de Javier Cercas.
Los 10 primeros puestos de literatura infantil y juvenil se los reparten la saga de Crepúsculo y los libros de Gerónimo Stilton (Planeta), el ratón periodista que, supuestamente, firma sus propias obras...


viernes, 15 de enero de 2010

Clint Eastwood / Desmontando a Harry





La crucifixión de Clint Eastwood

Por Gregorio Belinchón
Madrid, 15 de enero de 2010

Llega a España la implacable biografía de Patrick McGilligan sobre el cineasta - El libro alaba al autor, pero critica ferozmente su personalidad


A Patrick McGilligan se le presupone una piel gruesa, bastante temple. También, grandes dosis de paciencia, olfato de sabueso investigador y mano con la gente. McGilligan es el escritor de algunas de las más soberbias biografías de cineastas: George Cukor, Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Robert Altman, una curiosa, la de Oscar Micheaux, el primer director afroamericano... Pero ¿qué ocurre cuando el objeto en cuestión está vivo? "Cuando escribí el libro sobre Jack Nicholson", recuerda el autor a través de un correo electrónico, "él no colaboró, pero no coartó a nadie para que no atendiera mis llamadas o mis cartas. Con Clint Eastwood fue diferente".
Y tanto. Clint Eastwood es uno de los grandes del cine mundial, el actor más taquillero en los años setenta y parte de los ochenta, con 31 películas a sus espaldas como director -y ya está en la 32ª, el thrillersobrenatural Hereafter-. A sus 79 años, el hombre sin nombre de la trilogía de Sergio Leone (Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo) es un tipo respetado como pocos, una leyenda del cine y un tipo omnipotente en Hollywood. "Empezó como casi todos mis libros, por un encargo. Eso sí, deben de ser artistas grandes o bastante fascinantes, porque les dedico cuatro años. En el caso de Clint yo ya le había entrevistado y conocía toda su extraordinaria carrera. Intuía que había una historia compleja más allá de la versión publicitaria, pero incluso a mí me sorprendió todo lo que encontré".

Conforme elabora su leyenda, deja una gigantesca lista de damnificados

El actor demandó al biógrafo por 6,8 millones de euros al sentirse difamado
El resultado es Clint Eastwood. La biografía (Editorial Lumen), que apareció por primera vez en 1999, 800 páginas que McGilligan ha actualizado hasta el pasado otoño. En España se edita el 22 de enero, siete días antes de que se estrene Invictus, el biopicsobre Nelson Mandela que ya es el penúltimo filme como director de Eastwood.
Arrasador, incisivo, documentado, repleto de declaraciones, el libro avanza por la vida del cineasta como un machete en la selva o, como le gustaría más a él, como el detective Harry Callahan un día de revueltas en San Francisco: con contundencia. Clint Eastwood demandó a McGilligan en 2002 por 10 millones de dólares (unos 6,8 millones de euros) y llegaron a un acuerdo extrajudicial. "Legalmente no se me permite detallarlo. Es un ejemplo más de la costumbre habitual de Eastwood a la hora de resolver sus jaleos legales, con lo que mantiene una imagen muy férrea: todos los documentos y papeles judiciales siempre quedan a salvo del escrutinio público. Pero sí puedo decir que no pagué ni un centavo, que quedó claro que no me había equivocado, y sólo tuve que cambiar algunos párrafos en futuras ediciones, como la española".
La chicha: tras rastrear a sus antepasados desde que llegaron a EE UU -el primer Eastwood nace en ese país en 1746-, el biógrafo arranca la apasionante vida de un bebé, Clinton junior, que el día de su nacimiento, el 31 de mayo de 1930, en San Francisco, pesa más de seis kilos. Al contrario que la anterior biografía del cineasta, la única autorizada, escrita por Richard Schickel, un baboso monumento a la adulación, McGilligan va describiendo las andanzas reales de Clint, y no lo que él ha edulcorado posteriormente. Ni era tan rebelde, solitario o introvertido, ni tan diestro musicalmente, ni con talento interpretativo, ni en contacto constante con la naturaleza -su misma madre, la mujer de la que heredó el amor por el jazz, niega que Clint pasara muchas temporadas en el rancho de la abuela, como afirma la mitología oficial-. Tampoco logró los títulos académicos que asegura, aunque sí fue monitor de socorrismo, como Ronald Reagan, Gary Cooper o John Wayne en sus inicios, y se libró de ir a Corea al ser profesor de natación en el cuartel. El libro avanza a través de su salto -sorprendente- a Holly-wood gracias a su porte, 1,92 metros de estatura y todo músculo fibroso, y a su gancho con las mujeres.
Porque, según el libro, las mujeres y la tacañería marcan la vida profesional y artística de Clint Eastwood. Padre de siete hijos de cinco mujeres (se ha casado dos veces), el cineasta sólo ha sido fiel a su actual esposa. Por las páginas desfilan centenares de mujeres... y amigos, a los que el creador usa, exprime y menosprecia. A unas y a otros les olvida igual: un día deja de llamarles y como si nunca hubieran existido.
Implacable, la biografía muestra cómo racanea hasta un aparato de teléfono a su ex, la actriz Sondra Locke, a la que remata en los tribunales. Tacaño, cada año exige un pavo congelado a Warner para regalárselo a su madre en el Día de Acción de Gracias. Avaro, se queda con un coche de todas sus películas y jamás ha pagado en un restaurante. Machista, en su carrera ha mantenido la tradición de que sus novias encarnen a prostitutas en sus películas.
La lista de damnificados es mayúscula, mientras Eastwood construye poco a poco su leyenda: de la serie Rawhide a los spaghetti westerns de Sergio Leone, y su posterior asentamiento en Hollywood. "Me sorprendió", recuerda McGilligan, "que mucha gente quisiera hablar conmigo. Nadie le había entrevistado en los miles de artículos sobre Eastwood. Alguien que le había dirigido en cine y televisión me dijo: 'Hablaré contigo si prometes no escribir un libro lameculos'. ¡Y yo pensaba que era un íntimo suyo!". Eso sí, hay mucha fuente anónima y miedo. Hasta un profesor de su colegio llamó a la productora de Eastwood, Malpaso, a pedir permiso. No hubo charla.
Recordar su vida es pasear por la peor cara de Hollywood: guionistas menospreciados -labor que nunca le ha interesado a Eastwood, que filma siempre el primer borrador que le llega y a veces no habla con su guionista hasta el estreno-, publicistas mentirosos, abogados destrozavidas... "Eastwood ha batallado duro por controlar su imagen. Es falso eso de que no da entrevistas: hay centenares, pero poquísimas veces con un periodista escéptico. Es un supervendedor de sí mismo, de su imagen y de su cine. Se ha convertido en una personificación de EE UU, y no siempre de sus mejores cualidades".
Nunca ha logrado el Oscar como actor, aunque sí como productor (Sin perdón y Million dollar baby) y director (también por ambas). "Como actor es limitado y ha buscado trabajar con directores que no le han llevado al límite. Como realizador, es extremadamente competente y tiene visión. Pero nunca ha escrito nada y rueda con lo que le cae en las manos, jamás revisa un libreto. No guía a los actores, le suele valer la primera toma y todo lo rodado suele estar en pantalla. No me parece que ésos sean los mimbres de un genio del cine. Me interesa más comoactor-auteur que como director, pero en esa faceta crece día a día", dice su biógrafo. Eastwood debe de estar esperándole a la salida.

Sombras de un genio

- Tacaño. "Cada año exige un pavo congelado a Warner para regalárselo a su madre en el día de Acción de Gracias".
- Avaro. "Se queda con un coche de todas sus películas y jamás ha pagado en un restaurante".
- Machista. "En su carrera se ha mantenido la tradición de que sus novias encarnan a prostitutas en el cine".
- Despreciativo. "No tiene en cuenta a los guionistas. Filma el primer borrador que le llega y a veces no habla con su guionista hasta el estreno. Usa a los amigos, a los que un día deja de llamar como si nunca hubieran existido".




Clint Eastwood: desmontando a Harry

De la mano de Invictus y a lomos de una cobertura mediática pocas veces vista, telediarios incluidos, ha desembarcado por fin en nuestras librerías la famosa biografía de Patrick McGilligan sobre Eastwood. Aparecida en 1999 en Inglaterra, su publicación en los Estados Unidos en 2002 motivó una demanda ante los tribunales por valor de diez millones de dólares por intentar destruir la reputación de la estrella. El tema se zanjó con un acuerdo extrajudicial que obligó al crítico a eliminar o modificar algunos párrafos. Menos megatones, la misma mala leche. El resultado es una biografía no autorizada tolerada, pero no para menores.
McGilligan, prestigioso crítico y autor de afamadas biografías (Hitchcok, Lang y Altman, entre otros); de la notable serie Backstory, que recorre la historia de los guionistas (cuatro tomos de momento), y al que hemos podido ver en Hollywood contra Franco de Oriol Porta, afirma que Eastwood “me cayó bastante bien, pero aún tenía reservas” cuando le entrevistó en 1979. Yo que Mcgilligan no intentaría volver a hacerlo, considerando que hablamos de un tipo que suelta un “Aprieta el gatillo, hijo de puta, y te mataré antes de tocar el suelo” cuando un pandillero latino le planta una pistola en la cara, o que al conocer a James Dean y ver que no se levantaba del sofá mientras saludaba le agarra la mano, lo pone en pie de un tirón y le dice: “Maldita sea, tío, levántate cuando hables conmigo”. Procedamos a echar un vistazo provistos, eso sí, del guante de fray Guillermo de Baskerville, pues el libro rezuma veneno.
Para McGilligan, Eastwood es un tirano misógino, manipulador, egocéntrico y violento, al que no le gusta ensayar y no escribe sus guiones (vamos, que lo único que diferencia a Eastwood de los grandes maestros clásicos es un parche en un ojo), que se limita a copiar a sus directores (básicamente, Leone y Siegel), a los que da la espalda una vez los ha asimilado y les ha robado a su equipo técnico. A McGilligan le gusta Leone (“Clint está en deuda con Leone, el primer gran realizador -y sin duda el único- con el que el actor trabajó”), aunque tampoco le ahorra pullas: “Sergio Leone no se lavaba mucho. Era un maníaco del ahorro. Tenía un apetito monstruoso que le convirtió en un oso gordo y malhumorado con el tiempo. Trataba a la gente fatal y su psique poseía una fealdad que se reflejaba en sus películas”. Clint, en cambio, es un director chapucero, vago y de primeras tomas (“aceleraba las escenas si era necesario para terminar antes de tiempo”). Debe su éxito a la suerte, la publicidad, la floja competencia y, cómo no, a los franceses. Al menos, “sabía dónde poner la cámara”.
Como actor es limitado, indolente y perezoso: “Tomó la costumbre de evitar a los directores con ideas claras que pudieran imponerle sus métodos y obligarle a trabajar como actor”, y cantando “pone cara de estreñido”.
“Si alguna vez se quisiera convocar a una reunión a toda la gente a la que Clint ha jodido, habría que celebrarla en el Coliseo de Los Ángeles”. Son palabras de Fritz Manes, amigo de Clint durante cuarenta años, productor de algunas de sus películas y principal delator del libro. Y es que, para McGilligan, Clint “ha dejado a su paso muchas amistades rotas y enemigos implacables”. Según el crítico y sus numerosas fuentes, casi todas anónimas, da lo mismo que se trate de mujeres, compañeros o amigos; cuando dejan de obedecerle los abandona, sin dar la cara eso sí, pues también es un cobarde.
Su tacañería también es legendaria. Según una amiga: “Hace veintitrés años que conozco a Clint y puedo decirle que no le he visto pagar ni una sola vez”. Exige que la Warner le mande cada año el pavo que el estudio regala a sus ejecutivos. Una vez hubo un contratiempo en el envío “y los ejecutivos de Warner, conscientes de la angustia de Clint, reservaron un asiento en un avión comercial para el ave congelada”. Clint no era más espléndido en el plató: “Las tomas opcionales y la repetición de tomas se consideraban un derroche”.
Pero el reguero de resentidos es un arroyuelo comparado con el Amazonas de ligues que anega las más de ochocientas páginas del libro. Una perla cultivada: Clint, al que le gusta que sus chicas le llamen “papi”, tenía una cita. “‘Tendrías que conocer a mi hija, un bombón’. Al final, Clint cambió a la madre por la hija, no sólo con el permiso de la primera, sino con su bendición”. “Lo dejaremos en dieciocho”, respondió interpelado por un amigo sobre la edad de la chica. Cuando éste le preguntó de qué hablaban, Clint dijo: “No hablamos, vemos dibujos animados”.




domingo, 10 de enero de 2010

Juan Carlos Onetti / La araucaria

Juan Carlos Onetti
LA ARAUCARIA

El padre Larsen bajó de la mula cuando esta se negó a trepar por la calle empinada del villorrio. Vestía una sotana que había sido negra y ahora se inclinaba decidida a un verde botella, hijo de los años y de la indiferencia. Continuó a pie, deteniéndose cada media cuadra para respirar con la boca entreabierta y diciéndose que debía dejar de fumar. Con la pequeña maleta negra que contenía lo necesario para salvar las almas que estaban a punto de apartarse del cuerpo y huir del sufrimiento y la inmediata podredumbre. No lo precedía un monaguillo con una campanilla, nadie agitaba una vinagrera, nadie rezaba, salvo él durante cada descanso.
La pequeña casa pintada de un sucio blanco estaba emparedada por otras dos, casi iguales y las tres se abrían al camino de tierra dura por puertas hostiles y estrechas.
Le abrió un hombre de años indiscernibles, con alpargatas y bombachones blancos. Se persignó y dijo:
–Por aquí, padre.
Larsen sintió la frescura de la pieza encalada y casi olvidó el sol agresivo de las calles mal hechas.
Ahora estaba en una habitación pobre de muebles en una cama matrimonial una mujer se retorcía y variaba del llanto a la risa desafiante. Después llegaron palabras, frases incomprensibles que atravesaban el silencio, la momentánea quietud del sol, buscando llegar a las sombras que se habían aproximado.
Un silencio, un mal olor persistente, y de pronto la mujer agonizante trató de levantar la cabeza; lloraba y reía. Se aquietó y dijo:
–Quiero saber si usted es cura.
Larsen paseo las manos por la sotana, para mostrarla, para saber él mismo que seguía enfundado en ella. Mostró al aire –porque ella tenía muy abiertos los ojos y sólo miraba la pared blanca opuesta a su muerte– mostró estampas de bruscos colores desleídos, medallas pequeñas de plomo, achatadas por los años, serenas algunas, trágicas otras con desnudos corazones asomando exagerados en pechos abiertos.
Y de pronto la mujer gritó el principio de la confesión salvadora. El padre Larsen la recuerda así:
–Con mi hermano desde mis trece años, él era mayor, jodíamos toda la tarde de primavera y verano al lado de la acequia debajo de la araucaria y sólo Dios sabe quién empezó o si nos vino la inspiración en conjunto. Y jodíamos y jodíamos porque, aunque tenga cara de santo, termina y vuelve y no se cansa nunca y dígame qué más quería yo.
El hermano se apartó de la pared, dijo no con la cabeza y adelantó una mano hacia la boca de su hermana, pero el cura lo detuvo y susurró:
–Déjala mentir, deja que se alivie. Dios escucha y juzga.
Aquellas palabras habían agregado muy poco a su colección. Tenía ya varios incestos, inevitables en el poblacho despojado de hombres que se llevó la guerra o la miseria; pero tal vez ninguno tan tenaz y reiterado, casi matrimonial. Quería saber más y murmuró convincente: “es la vida, el mundo, la carne, hija mía”.
Ahora ella volvía a dilatar los ojos perdiéndose en la pausa protectora de la pared encalada. Volvió a reír y a llorar sin lágrimas como si llanto y risa fueran sonidos de palabras y graves confidencias. Larsen supo que no estaba moribunda ni se burlaba. Estaba loca y el hermano, si era el hermano, vigilaba su locura con una rígida cara de madera.
Equivocándose, ordenó padrenuestros y avemarías y, como en el pasado, vaciló con el viejo asco mientras se inclinaba para bendecir la cabeza de pelo húmedo y entreverado; no pudo ni quiso besarle la frente.
Oyó mientras salía guiado por el impasible hermano:
–Cuando otra vez me vaya a morir, lo llamo y le cuento lo del caballo y la sillita de ordeñar. Él me ayudó, pero nada.
En la calle, bajo la blancura empecinada del sol, la mula restregaba el hocico en las piedras buscando, en vano, mordiscar.
Al regreso, de retorno al corral, la bestia trotó dócil y apresurada mientras el padre Larsen, sin abrir el quitasol rojo, hacía balance de lo obtenido y aguardaba, esperanzado, a que llegara la segunda agonía de la mujer.
El padre Larsen buscó sin encontrar ninguna araucaria.



sábado, 9 de enero de 2010

Juan Carlos Onetti / Ella

Evita
Juan Carlos Onetti
ELLA

Cuando Ella murió después de largas semanas de agonía y morfina, de esperanzas, anuncios tristes desmentidos con violencia, el barrio norte cerró sus puertas y ventanas, impuso silencio a su alegría festejada con champán. El más inteligente de ellos aventuró: “Qué quieren que les diga. Para mí, y no suelo equivocarme, esto es como el principio del fin”.
Tantas cosas, pobres millonarios, les había hecho tragar Ella. Y lo triste era que Ella había sido infinitamente más hermosa que las gordas señoras, sus esposas, todavía con olor a bosta como dijo un argentino. Ahora también podían tragarse las sonrisas cordiales con que habían acogido las órdenes y las humillaciones. Porque todos sentían, sin más pruebas que discursos vociferados en la Plaza Mayor, que Ella era, en increíble realidad, más peligrosa que las oscilaciones políticas, económicas y turbias, de Él, el mandatario mandante, el que a todos nos mandaba.
Cuando al fin Ella murió, rematando esperanzas y deseos, estábamos a fin de julio; en una fecha abundante en crueldades, en frío, viento, aguacero. De los cielos negros de nubes y noche, caía una lluvia lenta, implacable, en agujas que amenazaban ser eternas. Se desinteresaban de abrigos y pieles humanas para empapar sin dilaciones huesos y tuétanos.
La humedad aumentaba el mal olor de las gastadas ropas de luto improvisado: casi inmóviles, sin palabras porque su desdicha tenía un sólo culpable y éste no podía ser nombrado aunque dueño del frío, de la lluvia, el viento y la desgracia.
Según la pequeña historia, tantas veces más próxima a la verdad que las escrita y publicadas con H mayúscula, cinco médicos rodeaban la cama de la moribunda. Y los cinco estaban de acuerdo en que la ciencia tiene sus límites.
Y en la planta baja, impaciente, paseándose, atendiendo las preguntas telefónicas que le hacían los periodistas amigos o dadivosos, había otro hombre, tal vez también médico, aunque esto no tenga la menor importancia.
Era un catalán, embalsamador de profesión conocida y llamado por Él desde hacia un mes para evitar que el cuerpo de la enferma siguiera el destino de toda carne.
Y había una lucha silenciosa pero tenaz entre los cinco de arriba y el solitario de abajo. Porque si éste sólo creía con distracción en la Virgen de Montserrat, los de encima, estaban divididos entre la de Luján, la de La Rioja, la de las Siete Llagas, entre la de San Telmo y la del Socorro. Pero coincidían en lo fundamental, en la Santa Iglesia Apostólica Romana. Y creían en los eructos dominicales de los curas.
Para cumplir lo contratado con Él, el embalsamador catalán tenía que aplicar una primera inyección al cadáver media hora antes de ser decretado tal. Los pertinaces creyentes del piso superior se oponían a toda intención de embalsamar, pese a que el contratado catalán había repartido generoso pruebas indiscutibles de su talento. Recuerdo la foto, en un folleto, de un niño muerto a los doce años, plácidamente colocado en un sillón y luciendo un traje marinero impecable. Lo exhibían cada vez que la momia hubiera tenido que cumplir años ––él se burlaba, el tiempo no existía, sus mejillas seguían rosadas y sus ojos de vidrio brillaban con malicia–– cuando inexorablemente, cumplía una fecha de muerto. Dos veces al año ocupaba el puesto de honor y los parientes que le iban quedando ––el tiempo existía–– lo rodeaban tomando té con pasteles y alguna copita de anís.
Se oponían a la primera e imprescindible inyección. Porque la Santa Fe que los aunaba repartía almas para que escucharan eternamente música de ángeles que jamás cambiarían de pentagrama ––o tal vez sus cabecitas equívocas las hubieran grabado–– o para disfrutar suplicios nunca concebidos por un policía terrestre.
De modo que, cuando aquellos litros de morfina dejaron de respirar, se miraron asintiendo y consultaron relojes. Eran las veinte en punto. Alguno encendió un cigarrillo, otros rindieron sus fatigas a los sillones.
Ahora esperaban que la pudrición creciera, que alguna mosca verde, a pesar de la estación, bajara para descansar en los labios abiertos. Porque la Santa Iglesia les ordenaba respirar cadaverina, hediondez casi enseguida, y adivinar la fatigosa tarea de siete generaciones de gusanos. Todo esto adecuado a los gustos de Dios que respetaban y temían. Los minutos pasan pronto cuando un diplomado vela por su fe.
Emilio, el más obediente a las manifestaciones indudables de la Divinidad, dijo:
–Che, aumentá la calefacción.
Más tarde, resolvieron bajar para dar la noticia, triste y esperada.
Él estaba cenando y asintió con la cabeza. Luego agradeció los servicios prestados y rogó que le fueran enviados los honorarios. Después señaló con un dedo a uno cualquiera de los uniformados y le ordenó ordenar a las radios, primicia para la suya, que difundieran la noticia.
Y quedó así, rehecha, corregida, discutida: “El Ministerio de Información y Propaganda cumple con el doloroso deber de anunciar que a las veinte y veinticinco Ella pasó a la inmortalidad”.
El médico catalán subió los escalones de dos en dos, molestado por su pequeña maleta. Preparó, la inyección y estuvo consternado palpando la frialdad del cuerpo.
Las puertas no se abrían y la multitud comenzó a porfiar y moverse. Los policías dejaron de ofrecer vasitos de café enfriado y de inmediato aparecieron vendedores de chorizos, de pasteles, de refrescos entibiados, de maníes, de frutas secas, de chocolatines. Poco ganaron porque el primer contingente comenzó a llegar a las nueve de la noche y provenía de barriadas desconocidas por los habitantes de la Gran Aldea, de villas miseria, de ranchos de lata, de cajones de automóviles, de cuevas, de la tierra misma, ya barro. Ensuciaron la ciudad silenciosos y sin inhibiciones, encendían velas en cuanta concavidad ofrecieran las paredes de la avenida, en los mármoles de ascenso a portales clausurados. A algunas llamas las respetaban las lluvias y el viento; a otras no. Allí fijaban estampas o recortes de revistas y periódicos que reproducían infieles la belleza extraordinaria de la difunta, ahora perdida para siempre.
A las diez de la mañana les permitieron avanzar unos metros cada media hora, y pudieron atravesar la puerta del Ministerio, en grupos de cinco, empujados y golpeados, los golpes preferidos por los milicos eran los rodillazos buscando lo ovarios, santo remedio para la histeria.
A mediodía corrió la voz de cuadra en cuadra, metros y metros de cola de lento avanzar: “Tiene la frente verde. Cierran para pintarla”.
Y fue el rumor más aceptado porque, aunque mentiroso, encajaba a la perfección para los miles y miles de necrófilos murmurantes y enlutados. 




viernes, 8 de enero de 2010

Juan Carlos Onetti / El impostor

El sembrador, 1881
Vincent van Gogh
Juan Carlos Onetti
EL IMPOSTOR

Estaba cansada de esperar pero el hombre llegó puntual y lo vi sonreírme con timidez el primer nombre. Me dijo que era Él y repitió en voz baja, como si lo dibujara o moldeara, el montón de circunstancias que nos habían separado. Yo deseaba creerle, pero él no era Él. Gemelos, hermanos mellizos me obligué a pensar. Pero Jesús nunca había tenido hermanos, este Jesús mío.
Me besó cariñoso y sin presión y el brazo en la espalda me hizo creer por un momento. Inicié un tanteo:
—¿Cómo te fue en Londres?
—Bien; por lo menos me parece. Con esas cosas nunca se puede estar seguro — me miró sonriendo.
—Más importante — dije — es saber si te acuerdas de la fiesta de despedida. Del epílogo, quiero decir.
Me miró burlón y dijo:
—¿Es una pregunta? Bien sabes, y lo volverás a saber esta noche, que no podía olvidar. Recuerdo tus palabras sucias y maravillosas. Puedo repetirlas, pero...
—Por dios, no, — casi grité y la cara se me encendió.
—No soy tan bruto. Era un juego, una amenaza cariñosa.
Frente a las dos botellas sonrió, burlándose. Una era de vino rojo, la otra de blanco.
—A esta hora, y como siempre, un vaso de blanco.
Él prefería así, Él hubiera dicho las mismas palabras.
Bebimos y después caminamos, recorriendo la casa. Este él andaba lento, casi sin mirar a los costados y se detuvo en la puerta del dormitorio.
Miraba la cama, sonreía, me puso un brazo sobre los hombros, me pellizcó la nuca y, como siempre, me puse caliente y húmeda.
Entre sábanas, viéndolo desnudo, sintiendo lo que sentía supe que él no era Él, no era Jesús. En la cama ningún hombre puede engañar a una mujer. Pero después del jadeo y el cigarrillo, dijo:
—Bueno. Vamos a mirar el van gogh. Sigo creyendo que es falso, que hiciste una mala compra para la galería.
Lo mismo, iguales palabras, me había dicho Jesús antes de viajar a Londres. Y sólo Él y yo estábamos enterados de la compra clandestina del van gogh.



Lea, además



jueves, 7 de enero de 2010

Juan Carlos Onetti / El gato



Juan Carlos Onetti
EL GATO

Muchas cosas desagradables se pueden decir o imaginar de John. Pero nunca le sospeché una mentira; tenía demasiado desprecio por la gente para inventarse cualquier fábula que le fuera favorable.
De modo que cuando me contó alegre y bebiendo dry martinis la historia –para mí, sobretodo– de uno de sus casamientos fallidos, no tuve duda. Era, o fue, como mirar y oír una película sin posibilidad de recomienzo ni temor sobre su capacidad de ser creída. Tampoco quedaba agujero para una sonrisa.
Yo llegaba, una semana antes, de París y quería actualizar, confirmar y desechar los rumores que me habían llegado sobre amigos, más o menos comunes, durante mi ausencia.
John era un inglés conversador y sabía burlarse de todo con despego, a veces lástima, nunca maldad.
Bebimos y hubo un largo silencio: John parecía meditar indeciso con el ceño fruncido.
Dejó su vaso sobre la mesa y me dijo, conservando su actitud de piernas cruzadas y de resuelto perfil:
–Era francesa y tú la conoces. Tal vez lo sepas porque estabamos practicamente casados. Sólo nos faltaba el sacerdote, el juez y la llegada de unos muebles viejos y caros de los que no quería desprenderse. Bisabuelos y abuelos y padres, casi toda la historia de Francia. A mí sólo me importaba ella, Marie. Ya puedes buscar entre todas las Maries que recuerdes. Estaba loco y a veces pensé que era una locura sexual. Verla, bastaba; oler un pañuelo olvidado, bastaba; entrar al baño después de que ya había salido. Nos veíamos todas las semanas, aquí o en París. Dos o tres días seguidos. Ibamos y volvíamos. Y mi deseo aumentaba cada vez y yo me entregaba a él, escarbaba en él; quería más y más. Y cada más era era como un escalón que me impulsaba a pisar otro. Siempre en descenso porque yo sabía que estaba perdiendo salud y cerebro.
Sin dejar de ofrecerme un hombro, hizo una seña a Jeeves y vinieron dos vasos: dry martini para él y un gin tonic para mí. Encendió la pipa (él sabía que fumar apresuraría mi muerte) y estuvo un rato pensando, casi sonriendo con labios que no endulzaba la alegría. Como ocurre siempre en esta clase de cuentos me mantuve en silencio, esperando; fui recompensado, Johny dijo sin mirarme:
–Al gato lo bauticé Edgar. Y no porque fuera un gato negro con símbolos de horror, blancos, en su pecho.
–Una noche en que Marie, como estaba planeado, llegó al aeropuerto. La recibí, tomamos cocteles con la alegría de siempre, brindamos por la felicidad matrimonial. Esto no hace reír pero es cómico. Fuimos a cenar y luego a mi departamento. No te dije, porque no lo sé y tal vez no me importe, que la portera y semipatrona estaba encaprichada conmigo o, simplemente, me odiaba sin pausa. Algo de eso.
Entramos y encendí la luz. Ella no había estado nunca allí. Miró alrededor con una sonrisa que era de aprobación antes de haber nacido. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas. Me adelante para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Yo encendí un cigarrillo y abrí la puerta. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo. Bueno, vamos a tomar otro vaso porque ya vasta como prólogo. Lo que ocurrió es simple y para mí muy trabajoso de explicar. En aquel momento resolví que yo nunca podría casarme con aquella mujer; que era imposible vivir con ella, ser feliz con ella. No se lo dije entonces y el resto de la noche, hasta el cansancio de la madrugada pasaron como lo presentíamos y lo deseabamos.
Bebió de un trago, encendió nuevamente la pipa y sonrió alegre y desafiante. Ahora se volvió para mirarme los ojos y dijo:
–Lo que explica para cualquier tipo inteligente porque desde entonces solo he tenido aventuras y me he propuesto que duren poco.

miércoles, 6 de enero de 2010

Juan Carlos Onetti / El cerdito



Juan Carlos Onetti
EL CERDITO

La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín pardusco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.
    Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de las aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras, ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no transcurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán del nieto.
    Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panqueques que envolvían el dulce de membrillo.
   Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada. La anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, porque había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepado los escalones.
   Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; pero aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando al nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimiento de las manos.
   Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de la cocina.
   Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:
    -Dale otro golpe. Por las dudas.
   Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra, desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.


Juan Carlos Onetti
Cuentos completos
Madrid, Alfaguara, 1995, págs. 429-430 



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martes, 5 de enero de 2010

Juan Carlos Onetti / Bichicome


Juan Carlos Onetti
BICHICOME

Ella tendría cinco o seis años cuando empecé a enterarme verdaderamente de su existencia. Hasta entonces era la primera hija de los Torres, una criatura tan bella que parecía hecha con manos de artista, pero no de la manera acostumbrada: Una enanita cargosa que estaba aprendiendo a hablar y oía conversaciones sin entender, ya con una mirada fija en los rostros parlantes de los mayores.
Claro, mis visitas nocturnas a los Torres con bebidas sin más límite que los rechazos de hígado o estómagos siempre o casi siempre reducidas a temas literarios, conversados casi sin discusiones con la admirable inteligencia de Rodrigo y su infalible intuición poética y algún escritor que transcurría con su pareja, se repitieron durante algunos años. Alicia tejía las horas, infatigable, con colores variados de las lanas.
Muy pronto llegó la media docena de años para la niña y se produjo y reprodujo en los principios de la madrugada un cambio de ambiente sutil y memorable. Se llamaba Beatriz, le decían Bichi, yo la llamaba ─tal vez todavía─ Bichicome. Mal vestido peinador de playas, resignado con la pobre, diaria cosecha.
Se produjo un cambio. Alicia interrumpía muy de vez en cuando su labor para pronunciar, cabeza inclinada, alguna frase corta y venenosa que encajaba con suavidad y destreza en la charla y que muchas veces era para mí. La sonrisa era de pura diversión; nunca acompañaba la pequeña maldad de las palabras.
Como te decía, hubo la imposición de un rito. Fue como si una noche, de pronto, hubiera dejado de mojar la cama y todos la miramos con sorpresa, seguros de que solo para ella habían pasado los años, dos o tres, e irrumpiera en nuestra conversación interminable, acaso la misma con que la habíamos aburrido cuando era una niña de paso balbuceante.
Así, una noche, cuando yo era el único contertulio que seguía hablando de libros y chismes, cuando había quedado solo con sus padres, ella, Bichicome, apareció envuelta en un salto de cama de la madre, adornado en los bordes con marabú teñido de violeta, que arrastró por la alfombra, fingió bostezar y desperezarse, caminó alrededor de la mesa bebiendo todos los restos de bebidas que habían sido olvidados en los vasos. Después se acercó con la boca fruncida y malhumorada, los ojos brillantes por la risa y se acomodó frente a nosotros, en el gran sofá ahora vacío y jugó con los adornos del salto de cama. El cabello muy largo y rubio. Sonrió a nosotros; a los ángeles, a los pequeños diablos, sus amigos. De vez en cuando una pregunta inútil, una curiosidad mentirosa pronunciada con voz de queja, que era innecesario responder.
Y así, una noche y otra y todas las noches de mis visitas. Era demasiado niña para que yo la mirara con ojos distintos a los del hombre que tiene una hija de casi igual cantidad de años y que vive en otra ciudad y fue enseñada a odiarme. Pero ningún sentimiento de nostalgia me impedía mirar a mi Bichicome y pensar melancólico que cuando ella tuviera quince años yo sería irremediablemente viejo.
Después, sin avisos visibles, como suelen llegar estas cosas, la Gracia descendió sobre Alicia y se hizo bautizar y confesó y llena de temor, como si la niña estuviera enferma, decidió bautizarla sin espera.
Bichicome tenía un tío millonario que vivía en un yate y navegaba entonces por aguas de Canadá. Católico como correspondía a un latino con fortuna, aceptó entusiasta la invitación para el padrinazgo y telegrafió la fecha en que, entre viento y motores, podría estar en Monte.
Pero ya por entonces el corazón de Bichi era mío, obsequiado sin que yo se lo pidiera. Era todo lo que podía darme; pero ya lo había hecho en silencio y nada se había enmendado. Y nadie pudo modificar su veto al padrino de oro. Ni sermones, ni razonamientos, ni tenaces insistencias. Yo sería el padrino o no habría bautizo. No pudo elegir peor.
Y así llegó la mañana en que atravesando la resaca entré a la iglesia o capilla, soporté el latín del cura, vi cómo le mojaba a Bichi la frente con óleos sagrados, le ponía sal en la lengua y pasaba con Rodrigo a la sacristía para colocar la manufactura de un ángel. Bichi disfrazada de novia imposible; solamente el Señor podía darle acomodo en su lecho.
Ya en la calle vi empañarse mis lentes; estaba mezclando a la hija ausente con mi única ahijada. Y recordé que ambas iban a crecer y perder para siempre el paraíso de la infancia.



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lunes, 4 de enero de 2010

Juan Carlos Onetti / Jacob y el otro



Juan Carlos Onetti
JACOB Y EL OTRO

1. Cuenta el médico

Media ciudad debió haber estado anoche en el Cine Apolo, viendo la cosa y participando también del tumultuoso final. Yo estaba aburriéndome en la mesa de poker del club y sólo intervine cuando el portero me anunció el llamado urgente del hospital. El club no tiene más que una línea telefónica; pero cuando salí de la cabina todos conocían la noticia mucho mejor que yo. Volví a la mesa para cambiar las fichas y pagar las cajas perdidas.
Burmestein no se había movido; baboseó un poco más el habano y me dijo con su voz gorda y pareja:
—En su lugar, perdone, me quedaría para aprovechar la racha. Total, aquí mismo puede firmar el certificado de defunción.
—Todavía no, parece —contesté tratando de reír. Me miré las manos mientras manejaban fichas y billetes; estaban tranquilas, algo cansadas. Había dormido apenas un par de horas la noche anterior, pero esto era ya casi una costumbre; había bebido dos coñacs en esta noche y agua mineral en la comida.