viernes, 24 de abril de 2009

Astor Piazzolla / Otoño porteño



Daniel Barenboim y Rodolfo Mederos interpretan Otoño Porteño de Astor Piazzolla


Astor Piazzolla
OTOÑO PORTEÑO

Sublime. Qué otra cosa puede decirse. Astor Piazzolla demuestra que la música es el arte supremo. Pocas expresiones del hombre tienen tanta capacidad de conmover, de estremecer, de revolcar el alma. Hasta las palabras sobran. Hagamos silencio para sumergirnos  en la música de Astor Piazolla. 


jueves, 23 de abril de 2009

Astor Piazzolla / Escualo



Astor Piazzolla
ESCUALO


video



Sí, es cierto, soy un enemigo del tango; pero del tango como ellos lo entienden. Ellos siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música de Buenos Aires. Somos muchos los que queremos cambiar el tango, pero estos señores que me atacan no lo entienden ni lo van a entender jamás. Yo voy a seguir adelante, a pesar de ellos.

Astor Piazzolla, revista Antena, Buenos Aires, 1954.


Vea, además
Astor Piazzolla / Vuelvo al Sur
Astor Piazzolla / Otoño porteño


Astor Piazzolla / Vuelvo al sur


Astor Piazzolla
VUELVO AL SUR



"Vuelvo al sur", un tango cuya letra pertenece al cineasta y político argentino Fernando "Pino" Solanas, fue compuesto como soundtrack de la pelicula "Sur" (1988). Evoca los sentimientos de los exiliados argentinos a causa de la última dictadura (1976-1982). La música de Astor Piazzolla y la letra de Solanas encajan de manera mágica y perfecta. Una pieza inolvidable. Una dulce melancolía. Sin melosería, sin esa cursilería tan propia de las canciones románticas, y con las palabras de cada día, se canta al amor, sentimiento esencial de la vida, que es dolor e intensidad.




Vuevo al Sur
Gotan Project

Vuelvo al sur
Tango
Música de Astor Piazzolla
Letra de Fernando "Pino" Solanas

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Llevo el Sur,
como un destino del corazón,
soy del Sur,
como los aires del bandoneón.

Sueño el Sur,
inmensa luna, cielo al revés,
busco el Sur,
el tiempo abierto, y su después.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.

Te quiero Sur,
Sur, te quiero.

Vuelvo al Sur,
como se vuelve siempre al amor,
vuelvo a vos,
con mi deseo, con mi temor.

Quiero al Sur,
su buena gente, su dignidad,
siento el Sur,
como tu cuerpo en la intimidad.
Vuelvo al Sur,
llevo el Sur,
te quiero Sur,
te quiero Sur...


miércoles, 22 de abril de 2009

Horacio Quiroga / Las medias de los flamencos


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Horacio Quiroga
BIOGRAFÍA
LAS MEDIAS DE LOS FLAMENCOS

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos y a los yacarés, y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.
Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarrillos paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo; y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.
Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada como un farolito una luciérnaga que se balanceaba.

martes, 21 de abril de 2009

Horacio Quiroga / El hombre muerto

José María Párraga
Horacio Quiroga
BIOGRAFÍA
EL HOMBRE MUERTO

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados, y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.
         Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

lunes, 20 de abril de 2009

Giorgio Agamben / El paseo filosófico de Robert Walser


Robert Walser


  Giorgio Agamben

El paseo filosófico de Robert Walser

Traducción de Gerardo Muñoz
Originalmente en Mikrogramme
Cartier+Bresson.jpg¿Por qué ha sido y sigue siendo Roberto Walser tan importante para mí? Creo ver en su obra algo similar a un experimento, un experimento muy especial, es decir, no simplemente un experimento común. No solo en la ciencia, sino también en la literatura y en la filosofía existen experimentos. Por supuesto que estos experimentos poco tienen que ver con experimentos científicos, en tanto a la factibilidad o exactitud de probar una hipótesis, sino en poner en entredicho la propia condición humana.
El asunto radica en hacer de la existencia humana una transformación antropológica. Y aquel que lleva a cabo estos experimentos arriesga no solo la verdad de sus enunciados, sino la forma misma de su existencia. Esto exige una especie mutación antropológica, a la manera de los primates o la transformación de los reptiles, antes de transformarse en pájaros. ¿Qué tipo de transformación es la que ocurre en Walser?
Walser describe de la misma manera en que Kafka da forma a aquellos que han dejado de ser humanos, aunque continuasen perteneciendo al mundo divino o animal. El experimento que ejerce Walser es tan importante y novedoso como el experimento que Heidegger lleva a cabo en Ser y Tiempo, en tanto la esfera psicosomática es remplazada por un vacío insustancial del ser. Esto no difiere del intento de representar al ser como posibilidad a través de aquello que es imposible. De esta manera, Walser, como Kafka, es un teólogo, si entendemos la teología como lugar en el cual las nuevas figuras serán puestas a prueba.
En mi libro, La Comunidad que viene, comparé las figuras de Walser con las criaturas que habitan en el limbo. Según los teólogos, el castigo de los niños sin bautizo que perecen sin culpa alguna, no recibirán el castigo doloroso del infierno, sino la privación de la gracia de Dios. Como estas criaturas no tendrán acceso al saber supernatural, nunca sabrán que han sido privados del Sumo Bien. El peor de los castigos, o sea la retracción ante la gracia de Dios, es la forma del mal que habita entre aquellos cuyo estado natural de felicidad es el limbo.
La felicidad del limbo es el secreto de las criaturas de Walser. Éstas viven fuera de la maldición y de la salvación. Ignoran a Dios y al hombre, a la ley y al destino. Permanecen para siempre perdidos bajo el abandono de Dios. Aunque quiero apuntar otro ejemplo: pensemos en los personajes de Walser en su novela El Asistente (1907). En Kafka, los asistentes son seres mediadores entre Ángeles y burócratas. La angeología y la burocracia en Kafka son una y la misma cosa. En Walser, en cambio, estos agentes cobran un papel mesiánico.
El gran pensador Sufí Ibn al-Arab recoge figuras análogas que el llama agentes del Mesías o del "Wazara", nombre árabe, plural de Wazir. El Wuzara son aquellos agentes que habitan el tiempo-ahora, característica secular de la era mesiánica que forma parte del día que resta. De esta forma, son traductores del lenguaje divino a la lengua de los humanos. Extrañas criaturas que pasan por desapercibidas entre los árabes.
La idea de que el reino esté presente en el tiempo profano, sólo en formas discretas, evidencia que el estado final se esconde en lo que ahora solo parece usual y risible. Este profundo tema mesiánico es lo que atraviesa las enseñanzas teológicas de Walser.
Los burócratas de Walser parecen ser insuficientes: empleados que realizan un trabajo innecesario. Si se dedican al estudio, lo hacen para aprender absolutamente nada. ¿Y por que deben participar en un mundo sensato, si en realidad es en la locura donde encuentran la verdad?
Mejor dar un paseo.
En las obras de Spinoza hay solo un lugar donde se hace uso del sefardí. Trata de un pasaje donde Spinoza explica la importancia de la causa inmanente, es decir, de una acción propia del mismo agente, donde lo activo y lo pasivo coinciden en una misma persona. Para ilustrar este importante concepto Spinoza se obliga a hacer uso de la lengua materna. Caminar, en el idioma judeoespañol, pasearse es el paseo que el ser indeterminado de Robert Walser logra situar entre la acción y la inacción, entre la pasividad y la actividad, entre el ser y la nada. Este paseo es el paradigma mesiánico que las criaturas de Walser han legado a la humanidad.


Este texto fue una ponencia en la Academia de las Artes de Berlín en torno a la obra de Robert Walser en abril del 2005.
Gerardo Muñoz es estudiante de Literatura y Estética en la University of Florida. Lleva un blog sobre arte contemporáneo Puente Ecfratico. 




domingo, 19 de abril de 2009

Javier Tomeo / El sargento Gutiérrez



Javier Tomeo 
EL SARGENTO GUTIÉRREZ 
    

El Presidente -saltándose por las buenas el escalafón- nombró al Sargento Gutiérrez nuevo Capitán General de todos los ejércitos. Aquel mismo día Gutiérrez, con el pecho cubierto de medallas, subió a la azotea de la torre y contempló el paisaje. Aparentemente nada había cambiado. A sus pies se extendía la ciudad de siempre, con todas sus casas y monumentos, el mismo mar por el este y las mismas colinas por el oeste. Arriba, poco más o menos, el mismo cielo, aunque las nubes fuesen cambiando constantemente de forma y de posición.
      Aquello no le gustó. Volvió a su apartamento, cuatro pisos más abajo, llamó por teléfono al Presidente y le dijo que no estaba contento.
      -No me parece justo -le dijo- que ahora que soy Capitán General el paisaje sea idéntico al que me rodeaba ayer, cuando sólo era sargento.
      El Presidente había cumplido ochenta años y no estaba en edad de dar explicaciones a nadie. Le colgó el teléfono y se quedó tan tranquilo.
      -¿Para qué sirve ser nombrado Capitán General si luego nos dejan con la palabra en la boca? -se preguntó Gutiérrez-. ¿Para qué sirve ser general, si a nuestros pies el mundo continúa como siempre?
      Se consoló pensando que tal vez las cosas fuesen cambiando poco a poco. «Eso es lo más probable», se dijo. Se fue a dormir y a la madrugada siguiente volvió a la terraza y esperó que se hiciese de día.
      Cuando salió el sol todas las cristaleras de las casas orientadas hacia el este centellearon por un momento con reflejos sangrientos.
      «Eso también sucedió ayer», se dijo.
      No perdió la paciencia y siguió esperando, pero media hora después las cosas continuaban como siempre. Las mismas iglesias, las mismas cúpulas, los mismos campanarios y los mismos palacios. Las mismas casas apretadas en torno a la catedral. Las mismas antenas sobre las azoteas y los mismos pararrayos. Los mismos canarios encerrados en las mismas jaulas. Los mismos cretinos de costumbre yendo y viniendo por las calles.
      «No tengo más remedio que recurrir a la aviación», se dijo entonces Gutiérrez.
      Y eso es lo que hizo, sacar a los cuarenta bombarderos que se estaban oxidando en los hangares. Ésas fueron las órdenes que dio a su lugarteniente primero, para que luego las transmitiese al lugarteniente segundo, y así sucesivamente. Los grandes aviones alzaron el vuelo, pasaron cuatro veces por encima de la ciudad y soltaron todas sus bombas.
      Al cabo de un par de horas, Gutiérrez abandonó el refugio, regresó a la terraza y se encontró con la ciudad ardiendo. Posiblemente en el bombardeo hubiesen muerto bastantes ciudadanos. Cuando se disipó el humo de los incendios constató que el paisaje era el mismo. La ciudad había perdido algunas casas pero se la podía reconocer fácilmente.
      «Algunas veces las cosas no salen a la medida de nuestros deseos», pensó entonces.
      Quiso presentar la dimisión, pero el Presidente, que estuvo a punto de morir en el bombardeo, no se la aceptó. Gutiérrez, por lo tanto, no tuvo más remedio que seguir representando su papel de Capitán General y continuar viendo el mundo con sus ojitos de sargento poco ilustrado y brutal.




Lea, además
BIOGRAFÍA DE JAVIER TOMEO

sábado, 18 de abril de 2009

Javier Tomeo / El asesino


EL ASESINO
Javier Tomeo 
    
    
Cuando terminó aquella película de miedo no se encendieron las luces de la sala. Todo continuó a oscuras. Sólo se veía la bombilla roja que señalaba la puerta de los servicios. Algunos espectadores se armaron de valor y no tuvieron problemas para encontrar la salida. Otros, pensando en el asesino de la película, tuvieron miedo y continuaron en sus asientos. Juan K., por ejemplo, fue de los que no se atrevieron a moverse. Cerró los ojos -uno, por cierto, era más grande que el otro-, se cruzó de brazos y trató de animarse pensando en su novia francesa, que era lo más contrario a la muerte entre todas las cosas que conocía.
      Media hora después, al abrir otra vez los ojos, advirtió que los demás espectadores le habían dejado solo y que el asesino estaba sentado a su lado.
      -Vamos a ver -le preguntó aquel canalla, mientras su mano derecha acariciaba la empuñadura del puñal-, dígame cuáles son los motivos que tiene usted para continuar vivo.
      -Tengo una novia francesa -le contestó Juan, procurando que no le temblase demasiado la voz.
      El asesino no esperaba una respuesta como aquélla y se quedó pensando. Luego le pidió que le explicase un poco cómo era la chica y Juan le dijo que era rubia y tenía los ojos azules.
      -Eso no es suficiente -masculló el asesino, sin apartar la mano del puñal-, dígame, por lo menos, cómo se llama.
      Juan le dijo que se llamaba Jacqueline y que, además de los ojos azules, tenía una vocecita de niña perdida en el bosque que le ponía cachondo.
      -Me parece que es usted bastante guarro -le dijo entonces el asesino.
      Y levantó el puñal con las peores intenciones. Juan pidió auxilio y se acercaron corriendo los acomodadores, que hasta aquel momento habían estado en el vestíbulo jugando a los chinos. Se abalanzaron sobre el asesino y le redujeron en un abrir y cerrar de ojos.
      Lo malo fue que luego no supieron qué hacer con él, si llevarle a la comisaría, que estaba dos calles más arriba, o devolverle a la ficción de la que procedía.
      -Reconozco que no es fácil encontrar el camino que conduce desde la realidad hasta la fantasía -les dijo el Subdirector General de Política Hidráulica, personado en el lugar de los hechos.
      Pidieron consejo por teléfono al Director General y decidieron encerrar al psicópata asesino en un cuarto trastero y tenerle quince días a pan y agua.
      Una semana más tarde el asesino consiguió escapar y regresar por su cuenta y riesgo a la ficción. No pudo, de todas formas, recuperar su papel de asesino porque mientras estuvo fuera la película de terror se había convertido en una dulce historia de amor, protagonizada por otra Jacqueline de ojos azules y un Juan asimétrico que también tenía miedo de la oscuridad, pero que no podía oír la vocecita de su enamorada sin que se le revolucionasen todos los sentidos.

Javier Tomeo
Cuentos perversos
Anagrama, Barcelona, 2002



Lea, además
BIOGRAFÍA DE JAVIER TOMEO

viernes, 17 de abril de 2009

Mick Jagger y otros amantes de Carla Bruni

Mick Jagger


Mick Jagger y otros amantes
de Carla Bruni



Mick Jagger, Eric Clapton y Kevin Costner, 
entre los amantes de Carla Bruni

La primera dama francesa, Carla Bruni, tiene su propio catálogo de sus 30 amantes. Así lo dice una de las canciones que ella misma ha escrito en su último álbum: "Soy una niña, a pesar de mis 40 años, a pesar de mis 30 amantes".

Carla Bruni

El lanzamiento del nuevo trabajo discográfico de Carla Bruni, "Como si nada hubiera pasado", está programado el 21 de julio, aunque ya ha trascendido la letra más controvertida del disco: "Je suis une enfant, Malgré mes quarante ans, Malgré mes trente amants, Je suis un enfant" ("Soy una niña, A pesar de mis 40 años, A pesar de mis 30 amantes, Soy una niña"). 


Carla Bruni
Foto de Helmut Newton



La pregunta del millón es quiénes son los integrante de la lista de los treinta amantes. Excluidos los anónimos, puede establecerse una lista en la que ese encuentran políticos y actores; jóvenes y ancianos; ricos y pobres.

Louis Bertignac. Ocupa el primer lugar porque fue probablemente el primero. Conoció a Bruni cuando era adolescente. Y la sedujo porque él era guitarrista en el grupo de culto en los ochenta: Téléphone.

Arno Klarsfeld. Abogado, 43 años, sexyman y voluntario en el ejército israelí. Protagonizaron un idilio intenso y mediatizado. Mediatizado por los paparazzi, se entiende. Y es que Bruni había acudido a los brazos de Arno en 1994 después de haber roto su relación con Vincent Perez.

Vincent Perez. Actor suizo de origen español, 46 años y sin acento en la é. Se enamoró de la top model en 1993 y consiguió retenerla varios meses en los términos de una pareja formal. Estudiaron la posibilidad de casarse, aunque un repunte del lío de Carla con Mick Jagger malogró el proyecto.

Mick Jagger. El líder de los Stones se amancebó con la turinesa en el club Bains Douches (1991). Era un mito personal y el icono de una época que Carla Bruni recuerda como «loca y trepidante».

Jean Paul Enthoven. Editor y periodista casi 20 años mayor que ella. Mantuvieron unos amores efímeros hasta que la top se encariñó con su hijo. De nombre, Raphael y de profesión, filósofo tenebroso. Con Raphael tuvo un hijo que se llama Aurélien y ha cumplido cinco años.

Donald Trump. Carla Bruni se ha ocupado de definir al tycoon yanqui en un memorial apócrifo: «Creía que podría comprarme con sus dólares. Pero se equivocaba. El dinero nunca me ha interesado».

Laurent Fabius. Primer ministro socialista y cachorro prodigio de Mitterrand. Buen orador, amante reputado y coartada del izquierdismo de la Bruni. Que nunca hubiera votado a Sarkozy.

Leos Carax. Realizador francés, artista polifacético. Escribió a pachas con Bruni el mayor éxito musical de la cantante: Quelqu'un m'a dit. E hicieron juntos otras cosas.

Eric Clapton y Carla Bruni

Eric Clapton. Le regaló cinco canciones que nunca se han editado. Bruni las conserva como un tesoro. Y todavía no se ha atrevido a divulgarlas. Sería como abrir la caja de Pandora.

Kevin Costner. El intocable se enamoró de Carla y mantuvieron un romance desigual. Por la edad y por las pretensiones. Ya se sabe que la primera dama abomina(ba) de la monogamia.

Jean Jacques Goldman. Cantautor políticamente correcto y de buena reputación entre los bo-bo's (burgueses bohemios). Se conocieron en la Costa Azul y en la Costa Azul se separaron. Hacia el año 2000.

Dimitri de Yugoslavia. Un anacronismo atractivo y divertido. Sin trono ni reino ni nadie que le comprenda. Diseña joyas.

Christopher Thompson. Hijo de la realizadora Danièle Thompson. Bien plantado, más joven que Carla. Tuvo su papel como epígono de Ken Brillos, aunque flojeaba en las conversaciones.

Charles Berling. Actor francés que divide sus pasiones entre los coches deportivos y las modelos. Bruni pertenecía a la segunda categoría, aunque le adelantó por la derecha.

Florent Pagny. Cantante. No está claro si Carla Bruni acudió a consolarlo cuando rompió con Vanessa Paradis o si rompió con Vanessa Paradis después de haberlo consolado. Temporada 1991-92.

Nicolas Sarkozy. El último. Se conocieron en noviembre de 2007, formalizaron la relación un mes después y se casaron en febrero de 2008. Carla Bruni buscaba a un hombre "de poder nuclear". Y lo ha encontrado, publica el diario español El Mundo.



domingo, 12 de abril de 2009

Así comienza / Los hermanos Tanner / Robert Walser




Robert Walser
LOS HERMANOS TANNER

Una mañana, un joven de aspecto adolescente entró en una librería y pidió ser presentado al dueño. Hicieron lo que deseaba. El librero clavó una penetrante mirada en el personaje algo tímido que tenía delante y lo invitó a que hablase. "Quiero ser librero -dijo el juvenil principiante-, es un deseo muy intenso y no sé qué podría impedirme llevar acabo mi propósito".

Robert Walser
Los hermanos Tanner, 1907


viernes, 10 de abril de 2009

Robert Walser / Microgramas


Escrito a lápiz
Microgramas I
(1924 - 1945)

Escritos entre 1924 y 1932, los microgramas son el testamento literario de Robert Walser. Se trata de una colección de 526 hojas y papeles de distinto formato densamente cubiertos de una letra minúscula, escritos a lápiz e ilegibles a primera vista. La minuciosa labor de Werner Morlang y Bernhard Echte, que dedicaron más de quince años a descifrarlos letra a letra, puso fin al desconcierto y reveló como una colección de textos breves, poemas y dramas en verso de incalculable valor literario lo que en un principio parecía fruto de la locura del autor suizo. El propio Walser reconoció en una carta fechada en 1927 que había empezado a utilizar el lápiz para librarse del «tedio de la pluma», que lo había sumido en un «decaimiento que, por así decir, se reflejaba en la escritura a mano, en la disolución de la misma». En los microgramas, de los que Siruela publicará una edición en tres volúmenes con todos los textos en prosa, aparecen los grandes pequeños temas de Walser: el gusto por el paseo y la divagación, la pasión por los detalles y lo efímero, la dificultad de no ser nadie o la absurdidad del amor. Una nueva muestra del talento de uno de los escritores más irrepetibles del siglo xx.

Robert Walser
MICROGRAMAS
Técnica, mirada y asombro
Por Joaquín Peón Iniguez



Se necesitaron diez años de trabajo, usando lentes de aumento, para descifrar los más de quinientos microgramas que Robert Walser heredó a la literatura. El ejercicio de esta técnica resultó en un testimonio polifónico de un hombre tan maravillado que se fue poblando de voces.
¿Me contradigo?
Pues muy bien: me contradigo.
(Soy vasto, contengo multitudes.)
Walt Whitman
Robert Walser, muerto
Conocí a cierto hombre que tenía el poder de iluminar con su mirada los enigmas que se ocultan en la umbra de los días ordinarios. Primero caminamos colina cuesta arriba, íbamos en busca de y orientados por el árbol que emitía carcajadas. Cuando llegamos se había puesto más serio que un roble, no le quedó ni la melancolía de los sauces, y no hallamos forma de arrebatarle gesto alguno o expresión cualquiera. Luego hubo un río espléndido y rumoroso, poco antes de arribar ahí dónde la bárbara africana sometió a todo un pueblo y cocinó escrupulosamente a sus niños en brochetas. También presenciamos cuando Fergo se adentró en el bosque y dio con un padre que odiaba a su esposa, “hecha de Dios sabe qué sustancia asquerosa”, y a sus tres hijos, “gusanos que deben ser aplastados y triturados”, motivo por el cual le disparó a cada uno antes de matarse él. Pero eso se olvida comiendo un asado de buey o estudiando aquel documento inédito en que las mujeres alemanas declaran la guerra a las francesas al acusarlas, entre otras, de ser unas “busconas”. Y vaya subnormal el caballero que sólo tenía ojos para sí mismo. El sujeto al que acompañé era un esteta de la insignificancia, un ostentoso de la posesión a través del intelecto, un acaudalado de lo inmaterial.
Leer los Microgramas de Robert Walser (Biel, 1878 – Herisau, 1956) es hacerse su sombra y aprovechar menuda posición para verle las piernas a Marie, la huérfana de mitológica belleza; es recibir las llaves para una caja fuerte en Zúrich, abrirla y hallar el tesoro artificial de Herr Wägel, ilustre falsificador de billetes, o seguir los pasos del sonámbulo asesino o ser presentado al joven botarate que se niega a aceptarse como tal. Es también subirse a la balsa que lleva a Eulalia y Cicatriz a viajar por el lago Grecfensee, o conocer Múnich, “la rosa de mil pétalos”, o llegar a París, que nunca es el mismo y siempre se reinventa en la ilusión de alguien más. Me refiero a uno de esos libros que te hacen regresar al mundo, al otro, al falso, más alerta, con flamantes ojos de mosca y los sentidos más hondos.

* * *


De Basilea a Berlín, Walser radicó en una decena de ciudades y ejerció oficios tan dispares como ayudante de oficinista, banquero o actor; tan sólo en Berna tuvo quince domicilios distintos en seis años y ni siquiera un mueble que le perteneciera; viajaba con “un traje bueno y uno menos bueno”, jamás se le conoció pareja, era dueño absoluto de su inteligencia y eso en alguien con su genio puede ser más hospitalario, inclusive más espacioso que cualquier hogar.
Poeta y narrador, excursionista, aventurero de las escarpas, fue descrito como “el más solitario de los escritores solitarios”, engendró una veintena de libros en alemán e inmediatamente obtuvo el reconocimiento de apellidos que no necesitan nombre: Kafka, Hesse, Canetti, Musil y Benjamin. Pronto se unirían a su séquito otros autores como Sontag o Coetzee; para Sebald, más que un guía, fue una especie de alma gemela, una presencia que siempre anduvo a su lado y a la cual le dedicó un libro, El paseante solitario. “Siempre he procurado mostrar en mi trabajo mi respeto hacia aquellos por los que me siento atraído, en cierto modo quitarme el sombrero ante ellos, tomando prestada alguna bella imagen o algunas palabras especiales, pero una cosa es cuando, para recordar a un colega caído, se hace un signo, y otra cuando uno no se puede deshacer de la sensación de que alguien le está haciendo guiños desde el otro lado”.

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Microgramas
Transcurría el año 1924 y el suizo, a pesar de sobrevivir en precarias circunstancias, ya era un escritor de culto cuando comenzó a ejercer la técnica del lápiz, como él mismo la llamaría. Entiendo técnica como la estrategia que le da forma a la intuición.
Puedo asegurarle que usando la pluma (y eso empezó en Berlín) asistí al auténtico colapso de mi mano, a una suerte de crispación de cuyas garras me fui liberando a duras penas y con lentitud. La impotencia, la apatía, son siempre algo físico y mental a la vez. Pasé, pues, por un periodo de decaimiento que, por así decir, se reflejaba en la escritura a mano, en la disolución de ésta, y fue copiando lo que había escrito a lápiz cuando, como un niño, aprendí de nuevo a escribir.
Habría que ponerlo en práctica para entender: el trazo del grafito es de carácter blandengue y para colmo depende del sacapuntas y el borrador. Francamente, el portaminas es un instrumento mucho más apto para la escritura —no así para la ilustración y el garabateo en general. Pero no bastándole lidiar con las inclemencias del lápiz, Robert ejerció una caligrafía gótica que oscilaba entre uno y dos milímetros de tamaño. “¿No parecerán estas líneas escritas por una camarera?”, se pregunta en alguna ocasión. Para él una moleskine hubiera sido un capricho, prefirió redactar en recibos de honorarios, hojas de almanaque, sobres o tarjetas de presentación. Mayormente son de un solo párrafo —monobloques los llama un amigo— que comienzan y terminan exactamente en los vértices de cada plana. Algo hay también de la literatura portátil de Vila-Matas, quien hizo a Walser protagonista de su novela Doctor Pasavento,“miniaturizar es hacer portátil, y ésta es la forma ideal de poseer cosas para un vagabundo o un exiliado”. A Werner Morlang y Bernharnd Echte, sus estudiosos, les tomó una década descifrar, con la ayuda de lentes de aumento, más de quinientos textos repartidos originalmente en seis delirantes y polimorfos tomos.

* * *


Resulta curioso que se hable de la fragmentación y la fusión de géneros como características distintivas de la narrativa de este milenio y no como parte de la naturaleza expansiva del pensamiento literario. Los microgramas se nutren de cierta intimidad digna de la diarística a pesar de ser discontinuos; divagan desde y hacia el yo como el ensayo, se valen de la brevedad del cuento y la perspicacia de la crónica, son un vaivén del testimonio a la ficción; a veces se despapiran en verso y otras se dan el lujo de ser reseñas. Su estilo es conversacional, un paseo costumbrista y, como la vida misma, se inflama de recuerdos, lecturas, música, sabores, deseo… Llevó al límite una de los principios fundacionales de la literatura: no existe mal tema, sólo malos tratamientos.
Asombrarse es razonar con el olfato, recordar con la punta de la lengua; Aristóteles lo menciona en la primera línea de su Metafísica como el origen del pensamiento filosófico. Esto lo ubica como una virtud de la mente que, como se ha dicho hasta la bastedad, es inseparable de las emociones, y es así que el microgramista, decantando el lenguaje en sentido, dotó a la cotidianidad de una quinta dimensión: el goce de la conciencia estética, verbal.
“Me parecía, entre otras cosas, que con el lápiz podía trabajar de una manera más soñadora, más sosegada, más placentera, más profunda; creí que esta forma de trabajar crecía hasta convertirse para mí en una dicha singular”. Y es aquí a donde quería llegar, a cómo la técnica condiciona la mirada y cómo la mirada es la luz, la lu, la lubidulia, la lu tan luz que encielabisma y descentratelura. Lo extraordinario no es un accidente de la naturaleza, se cultiva en el mirar. Y allá voy: el espacio del papel, el tamaño de la caligrafía, el lápiz como herramienta y como óptica, son dogmas autoimpuestos que fijan el enfoque del autor.
Recuerdo que hace un par de meses discutíamos en un taller de ensayo si en verdad existe el aburrimiento, si puede ser inherente a un momento determinado o radica sólo en los ojos que cada quien se ponga a la hora de aproximarse a la experiencia. Asombrarse es razonar con el olfato, recordar con la punta de la lengua; Aristóteles lo menciona en la primera línea de su Metafísica como el origen del pensamiento filosófico. Esto lo ubica como una virtud de la mente que, como se ha dicho hasta la bastedad, es inseparable de las emociones, y es así que el microgramista, decantando el lenguaje en sentido, dotó a la cotidianidad de una quinta dimensión: el goce de la conciencia estética, verbal.
…llegué corriendo a la ciudad por un camino sin asfaltar que recorrí de una manera que merece ser llamada acompasada. ¿Qué hice luego? Me las di de madre severa con un mozalbete y le cogí de los pelos. Desgreñado, el muchacho asumió el papel que yo le había asignado. Dejé que las cosas fluyeran por sí solas. ¡Si alguien nos hubiera visto! Estábamos los dos tan graciosos. Exclamó que iba a darme una paliza, pero fue indulgente y se conformó con la mera exclamación. Al salir de la casa me aguardaba una multitud; blandían sus bastones, sus puños y demás, pero el asunto se resolvió pacíficamente y lo despaché con un par de gestos. Lo cierto es que tengo mucha mano izquierda cuando de apaciguar los ánimos se trata. Tampoco fallé en esta ocasión. Pero menuda parisina me encontré entonces. Iba envuelta en abundantes pieles y en el más cautivador de los perfumes. Alguien —gracias a Dios que fui yo— se comió y alabó como es debido un escalope a la milanesa. Damos fe de ello.
Romántico como para hospitalizarlo, Robert se enamoraba compulsivamente, siempre por primera vez; contemplaba a las mujeres como si fuera un pintor que pasa semanas mezclando y hundiéndose en sus óleos alucinógenos en busca del color preciso, la alquimia que provea de vida a un retrato inanimado. Por otra parte, también se paraliza y admira a los niños jugar. Además me presentó a Ernst, un virtuoso del tamborileo con cuchara y tenedor. Walser desarrolló una sensibilidad inocente y receptiva que le permitió abordar la simpleza y al sinfondo como un observador conmovido, un testigo hiperestésico. No es casualidad que la hamaca sea el gran invento de la astroingeniería y quizás por eso reconozco cierta moraleja cifrada en sus apuntes: hay que sacar la ventana a pasear, o en su defecto, declamarle sonetos a las cortinas cerradas.

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La realidad percibida a través del micrograma, la práctica obsesiva del mismo, puede resultar en un trance tan intenso que, cuando se rompe el encanto, la caída inmóvil podría ser fatal. Es como una droga cuyo efecto va decreciendo y un yonqui que sufre un ataque de pánico porque la lucidez, la belleza que parecía tan cercana aquella noche, era artificial. Walser nació genéticamente predispuesto a la locura, su madre sufrió severos trastornos emocionales, tuvo dos hermanos esquizofrénicos, uno de ellos suicida. A pesar de que los psiquiatras no lograron ponerse de acuerdo en su diagnóstico, pareciera que Robert se fue autoinduciendo a la misma enfermedad que conquistó a sus hermanos. A partir de su soledad se fue ensanchando en voces, disolviéndose en cada página hasta que se volvió imposible distinguir su ser literario de su ser social. Para aquel entonces bebía en exceso, se mudaba de una cueva a otra, padecía insomnio, pesadillas en la piel, alucinaciones sonoras y ataques de ansiedad. Sospecho la sensación de ir cediendo el control de nuestra vida a un narrador que habla desde ningún lugar. De tan maravillado pasó las últimos décadas de su vida en el manicomio de Herisau. “Me he internado no para escribir, sino para enloquecer”, sentenció, y a los cincuenta soltó para siempre el lápiz, a pesar de que Carl Seelig, su amigo más cercano desde la juventud, el único que siguió acompañándolo en sus habituales caminatas, aseguró que fueron los años más lúcidos de Robert, hasta que llegó la muerte y lo sorprendió paseando en la nieve, azarosa, porque no conoce otra forma de llegar.

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Sísifo, levántate y anda, pero esta vez detente a estallar las flores caídas de las jacarandas, tómate una pausa para espiar a los jardineros trabajar. Desde que terminé el libro me han acontecido episodios extraños; por ejemplo, la otra noche deambulaba por la misma calle de siempre, la que me lleva a los cigarros, el tiempo proseguía su marcha militar hacia el amanecer y ahí estaban las mismas fachadas del lunes, los mismos letreros del jueves, el mismo graffiti y los mismos autos estacionados, cuando fui a dar con el más curioso de los hallazgos. Me dio por voltear hacia el farol tintineante de la esquina y vi un par de botas puntiagudas colgando de una antena abandonada, proyectándose contra la inmensidad del instante: en plenitud.

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jueves, 9 de abril de 2009

Juan José Saer / Los microgramas de Robert Walser



Juan José Saer

Los microgramas de Robert Walser

EL PAÍS 7 DIC 2002

"El método del lápiz", así denominaba Walser a sus 526 manuscritos, compuestos con microscópica caligrafía gótica, parte de los cuales han sido descifrados mientras otra va entregándose lentamente a sus estudiosos. Escritura secreta, fuga tímida fuera del alcance del público, de uno de los grandes escritores en lengua alemana del siglo XX, cuyo genio ha sido celebrado por Kafka, Musil, Walter Benjamin o Elias Canetti. "El método del lápiz", así denominaba Walser a sus 526 manuscritos, compuestos con microscópica caligrafía gótica, parte de los cuales han sido descifrados mientras otra va entregándose lentamente a sus estudiosos. Escritura secreta, fuga tímida fuera del alcance del público, de uno de los grandes escritores en lengua alemana del siglo XX, cuyo genio ha sido celebrado por Kafka, Musil, Walter Benjamin o Elias Canetti.


Microgramas / El territorio del lapiz 

"Para mi sin embargo, el procedimiento del lápiz tiene un significado. En lo que respecta al autor de estas líneas, hubo un cierto momento, en efecto, en el que se encontró presa de una terrible, de una espantosa aversión a la pluma, un momento en el que se cansó de ella a un punto imposible de describir, un momento en el que por poco que tomara una pluma para escribir, se volvía estúpido, y para liberarse del asco a la pluma, se puso a escribir con lápiz, a bocetar, a esbozar, a juguetear. Gracias al lápiz, yo podía permitirme jugar, componer ; me parecía entonces que el placer de escribir, retomaba vida. 

Le puedo asegurar que con la pluma (esto ya había comenzado en Berlín), asistí a la quiebra de mi mano, un verdadero ahogo, una suerte de calambre, de dolor, del cual me fue liberando lentamente, con dificultades, este procedimiento del lápiz. Una impotencia, un calambre, es a la vez algo físico y mental. Yo pasé por una época de desamparo total, que de cierta manera se reflejó en mi escritura, en la disolución de esa escritura, y es el acto de copiar lo ya escrito a lápiz que pude reaprender a escribir, como un niño”

Robert Walser
20 junio de 1927 
(carta a Max Rychner)


Cuando Robert Walser murió, a los 78 años, el día de Navidad de 1956, durante un paseo por las montañas nevadas en las inmediaciones del asilo psiquiátrico del que había sido huésped cerca de veintinueve años, situado en su región natal, en la Suiza germánica, desapareció por cierto uno de los mayores escritores de expresión alemana del siglo XX, cuyo genio había sido saludado por Kafka, Musil, Walter Benjamin y Canetti entre otros, pero también salió a la luz del día una buena parte hasta entonces ignorada de su obra, que el mundo conoce con el nombre técnico de microgramas, forjado por los pacientes investigadores que desde hace cuarenta años se ocupan de descifrarlos, pero que Walser llamaba el método del lápiz.

"El uso de papeles que el azar ponía a su alcance coincide con el principio de Walser según el cual cualquier acontecimiento merece ser tema para la poesía", dice Morlang
Se trata de una considerable cantidad de manuscritos, 526 para ser exactos, compuestos con una caligrafía gótica microscópica, que únicamente puede ser parcialmente leída a través de poderosos lentes de aumento. Según Carl Seelig, el redescubridor moderno de Walser, que fue a visitarlo por primera vez al asilo el 26 de julio de 1936, y continuó haciéndolo regularmente hasta la muerte del escritor, "esa escritura secreta, indescifrable, inventada por el poeta en los años veinte, desde el principio de su melancolía, debe ser sin duda explicada como una fuga tímida fuera del alcance del público...". Pero ese juicio de Seelig, en el que vibra la justa amargura de quien no ignoraba la indiferencia con que los contemporáneos de Walser habían recibido sus obras publicadas antes de entrar al asilo, puede crear cierta confusión, induciéndonos a pensar que la difícil legibilidad de esos textos los pone fuera de la literatura, cuando en realidad, a medida que fueron siendo descifrados, revelaron algunos fragmentos esenciales de la obra.
A decir verdad, una parte de los microgramas ha sido ya descifrada, en tanto que el resto va entregando lentamente sus secretos, parcial o totalmente. Las dificultades provienen no solamente del tamaño de la letra y de sus singularidades grafológicas, sino también de ciertos rasgos específicos de la escritura gótica, y también de la textura misma del papel en el que los fragmentos han sido escritos. En una hoja de papel normal, una escritura de tamaño corriente no sufre demasiadas alteraciones al atravesar un defecto de la superficie: a lo sumo una letra o un fragmento de letra aparecen deformados, sin atentar contra la legibilidad del texto. En los microgramas de Walser, una motita, una anfractuosidad u otra casi invisible imperfección material del papel, perturba la lectura de una sílaba, de una palabra, mono o bisilábica, y puede ocultar el sentido de una frase y, si se repite varias veces, aún de un texto entero. Y justamente, es el papel que Walser acostumbraba utilizar, lo que ha suscitado entre sus críticos y sus biógrafos, las más perplejas reflexiones.
En algunos casos, el tamaño de las hojas no excede los 8×17 centímetros; pero si a veces Walser trabajaba con hojas más grandes, las aprovechaba al máximo, anotando en ellas varios textos a la vez, que había venido elaborando mentalmente y conservando en su memoria excepcional, de modo que cuando los asentaba en el papel su casi invisible caligrafía, de prolija y sorprendente regularidad, no presentaba ni tachaduras ni errores ni enmiendas. Para hacerse una idea aproximativa del tamaño de su escritura, basta saber que según Werner Morlang, uno de los más denodados exploradores del Archivo Robert Walser, de 34 hojas de microgramas se extrajeron dos libros enteros, la novela El bandido, que en la versión francesa editada por Gallimard tiene 152 páginas, y la serie de escenas y de textos breves (género en el que Walser alcanzó las cimas de su arte) que, con el título general de Félix fueron descifrados y editados en 1972 por Jochen Greven y Martin Jürgens. Pero es en la mayoría de los casos la singular predilección por ciertos tipos inusitados de papel lo que ha generado más especulaciones.
Walser acostumbraba escribir en hojas de almanaque (que solía cortar por la mitad), en reversos de facturas, de volantes, de sobres ya utilizados. A menudo, nuevos textos eran escritos en el dorso de alguna tarjeta postal e incluso en el de alguna circular impresa con la que tal o cual revista le comunicaba el rechazo de algún texto anterior enviado para la publicación. La constante en la utilización de ese soporte material (con la curiosa particularidad en muchos casos de que el texto tiene una extensión que coincide casi al milímetro con el tamaño de la hoja) ha sugerido a los estudiosos de la obra de Walser la hipótesis de que es el tipo de papel y su formato lo que originaba en él el proceso de escritura. Y Morlang dice: "Podemos señalar la afinidad, generadora de inspiración, entre los materiales y la práctica de la escritura que debía constituir para Walser uno de los encantos mayores de su método. El uso frecuente de papeles que el azar ponía a su alcance coincide con el principio poético y ético de Walser según el cual no importa qué acontecimiento, por cotidiano y banal que pueda parecer, merece ser tema para la poesía".
Los juicios que han suscitado sus primeros textos en sus confidenciales aunque conspicuos admiradores, confirman que el carácter contingente, ajeno a cualquier finalidad externa, es la virtud más exaltante de su literatura. Para Canetti, Walser es un escritor sin motivo, en tanto que Benjamin considera su prosa como una depravación de la lengua totalmente fortuita y sin embargo atrayente y fascinante. Y Robert Musil escribió que tal vez la prosa de Walser podría no ser más que un juego, pero no un juego literario, sino un juego humano, ágil y armonioso, desbordante de imaginación y de libertad, y que ofrece toda la riqueza moral de esas jornadas de ocio, inútiles en apariencia, en las que nuestras convicciones más firmes se deshacen en una agradable indiferencia.
En realidad, encontrar la inspiración en el papel, en el lugar, en la mesa donde se escribe, es un hecho bastante corriente y en general bien aceptado por la opinión pública. Pero lo que podría generar ciertas resistencias en nuestro mundo finalista y utilitario es la afirmación de que un pedazo de papel destinado al canasto posee una energía más fuerte que los imperativos estéticos; morales, filosóficos o sociales, una energía ausente de esos imperativos y dotada de la rara capacidad de fundar una obra literaria. La afirmación de que hasta las obras más representativas de los valores que enorgullecen a cualquier cultura no existirían sin esa dependencia irracional respecto de un estímulo privado, totalmente irrelevante en el seno de esa cultura, y, a causa de su misma irrelevancia, postulándose incluso como su negación. La afirmación de que esa aparente singularidad de Walser que, con el pretexto de que estuvo encerrado en un psiquiátrico durante casi treinta años muchos estarían tentados a cargar en la cuenta de la demencia, es en realidad el modelo fiel de toda creación literaria.
http://elpais.com/diario/2002/12/07/babelia/1039221563_850215.html