viernes, 12 de septiembre de 2008

Alejandro Zambra / Escribir con dificultad


Alejandro Zambra
ESCRIBIR CON DIFICULTAD

A la hora que empieza a refrescar en Santiago, nos juntamos tres "amigos que no se conocen" a conversar sobre literatura. Compartimos con ustedes la agradable experiencia.

Por María Elena Monsalve y Teresa Muñoz Luco
18 de enero de 2002



No has publicado nada desde Bahía Inútil (1998)
No, nada, en parte porque ahora soy un tipo más inseguro que el que escribió ese libro. Antes escribía menos y tenía mucha más seguridad respecto a lo que escribía. Desde hace un tiempo escribo mucho más, pero no me he animado a "congelar" ese proceso. Tengo un par de "cosas" bien armadas, pero todavía no me decido a publicar nada, y digo "cosas" porque no sé si son textos de poesía o de prosa.
¿Te afectará el hecho de estar escribiendo crítica, lo que te hace más exigente?
No. Escribir crítica me entretiene, pero la crítica no me interesa en sí misma. Me entretiene mucho, porque siempre he buscado excusas para estar todo el tiempo leyendo. La primera excusa fue estudiar literatura, me pareció cómodo, pues a los 17 años yo quería, básicamente, leer. Al poeta Jaime Gil de Biedma, hacia el final de su vida, le preguntaron por qué había dejado de escribir y el respondía que mejor le preguntaran por qué alguna vez había escrito si lo normal es leer. En ese tiempo yo tenía muchas ganas de leer, de leerlo todo. Y lo normal es leer.
¿Actualmente te has puesto más selectivo?
No, yo creo que mucho menos selectivo. Hay un gusto que se mantiene más o menos estable, pero antes era más militante, obcecado, incluso. Ahora ando viendo literatura por todos lados, en el suelo, en los papelitos que te pasan en la calle…
¿Desde qué lado sientes que estás escribiendo, desde los medios, desde la academia, en qué lugar estás?
De ninguna manera desde el lado académico, porque una buena manera de detestar realmente a la academia es, justamente, haber estudiado en la academia, a partir de eso te gusta mucho o no te gusta nada. A mí me pasó lo segundo. Tampoco en los medios, si bien le tengo un gran cariño a la prensa, porque mis primeras aproximaciones a la literatura tienen que ver con la prensa. Siempre había querido escribir en prensa, me encanta la transitoriedad que tiene. El poeta Antonio Cisneros publicó una recopilación de crónicas que habían aparecido en un diario peruano y la tituló El arte de envolver pescado: ese es el destino de las críticas y de las crónicas que uno escriba, terminan sirviendo para una cosa bastante más útil como es envolver pescado… Yo me sitúo desde la literatura, desde la escritura, desde ese constante error: leer, hojear, releer sobretodo. Me siento cómodo en el desorden de la literatura.
¿Qué te parece la difusión de literatura por internet?
Súper bien, me parece que es tremendamente democrático. Publicando textos en internet me llegan mails de gente que me leyó en Australia y contestan si les pareció bien o mal, eso me parece extraordinario. La otra vez, por ejemplo, critiqué un libro de José Emilio Pacheco, el poeta mexicano, y me llegó un correo de un jamaiquino -estudiante de español en los Estados Unidos- que decía: "quisiera saber si usted podría venderme uno de sus libros, porque tengo una prueba la próxima semana". Y claro, apenas pude contestarle "perdona, yo no soy José Emilio Pacheco"…
¿Cuál es tu opinión de la literatura chilena? ¿Compartes con Bolaño la idea de que todo es malo, o crees que se habla mucho de lo malo y poco de lo bueno? ¿Crees que la literatura chilena sea pobre e insignificante?
Bolaño no dice que todo sea malo, al contrario, me parece que él es un "lector terrible" de la literatura chilena, y por lo mismo un lector excelente. Ahora, claro, el mundo de la literatura chilena, de la literatura española, de la literatura argentina, etc., es pobre e insignificante. La literatura es pobre e insignificante y en ello reside, quizás, su importancia: es marginal, rara, incorruptible e irreductible. Otra cosa es que cada vez sea menos viable encontrarse con una obra literaria. Ese es el problema más obvio y relevante: hay una literatura que se promueve como tal y simplemente no lo es.
No creo que haya que leer cualquier cosa. Me carga cuando se arguye que lo importante es leer o que por malo que sea un libro siempre "deja algo". ¡Por favor! Es mucho mejor ver una mala película porque al menos puedes verla con un amigo y reírte un rato. Es más social, por último. En relación a la literatura chilena, creo que actualmente "la miseria" pasa porque los narradores no leen poesía y los poetas no leen prosa, cada uno está ahí, en su trinchera cagona. Es un momento propicio, eso sí, para la relectura. En la prosa, creo que el mejor escritor chileno de todos los tiempos es José Santos González Vera, que tiene una maestría impresionante para captar el paisaje de ciudad chileno, mi paisaje. Juan Emar también me interesa mucho. Me carga cuando sale alguien diciendo: "no, yo no creo que Juan Emar sea para tanto", demostrando una ignorancia a toda prueba. Seguro que si la Editorial Anagrama comenzara a publicar a Juan Emar -como no sería improbable que ocurriera- les empezaría a gustar y dirían: "ese gallo es súper bueno".
¿Cuáles son tus lecturas imprescindibles?
Siempre releo a Pound y a Proust. No es muy original mi respuesta.
Pero ¿qué es lo que más te interesa?
La poesía. O más exactamente: cierta literatura de no-ficción. No me refiero a Truman Capote (aunque alguna de sus novelas está entre lo mejor que he leído jamás) sino a esas obras en las que el escritor rehuye de la ficción, incluso cuando hace ficción.
Por eso es que en mi gusto prima la poesía, que siempre ha tenido una relación conflictiva con la ficción. No creo, eso sí, que todo lo que tú pongas en un poema tenga que ser la expresión "interior" de una primera persona. Es más bien un vaciamiento de esa primera persona.
Tu poesía prefiere instalarse entre cuatro paredes. Al menos eso es lo que pasa en Bahía Inútil.
Sí, en ese libro sobretodo es así, ahora estoy en otra cosa, que introduce alguna variante en esas cuatro paredes, pero esa "intimidad" -que no es intimismo- se mantiene. Hace cuatro años que estoy pensando en los bonsai. Ese es el tema. Si publico un libro probablemente se llame así, Bonsai. Pienso en un tipo -que soy y no soy al mismo tiempo- que prefiere cultivar bonsáis a escribir poesía, porque encuentra en esos árboles objetos más estables y esenciales.
¿Pero eso no es contradictorio con tu idea del "desorden de la literatura" del que hablabas antes?
Sí, es contradictorio. Aunque no tanto. El caos es el caos de los que buscan un centro y no lo encuentran. Si dijera que ese caos "está bien", diría que la vida me gusta. Y la vida no me gusta. En ese sentido, prefiero la literatura a la filosofía. La literatura me parece más real como imagen de mundo, pues no busca verdades definitivas ni provisorias. Se limita a buscar imágenes, sin postularlas como explicación de nada.
En Bonsai la imagen principal es la de alguien que está tratando de encontrar una forma. Compra las semillas, riega, orienta la luz en provecho del crecimiento del árbol, quiere que sus ramas hagan una cierta figura, la de un olmo, por ejemplo, de ramas barridas por el viento. Y para lograr esa forma usa alambres, hace pequeñas heridas en el tronco. En eso he estado pensando todo este tiempo y he escrito bastante a propósito. Es una especie de lamento por la pérdida de la simetría. Estamos en el caos pero nunca dejamos de buscar la simetría, de desearla. Es un deseo melancólico. Como cuando los niños van caminando y no quieren pisar las rayitas del piso: en algún momento eso se les transforma en algo muy importante, y no sólo no quieren pisar la rayita, sino que piensan que cuando, por error, lo hagan, cometerán un error grave, algo irreparable. Lo que sientes cuando pisaste la rayita.
Por eso leemos y escribimos poesía, porque esa solidaridad se transforma en una especie de centro, de esencia, muy huidiza, desde luego, pero en cierto momento -el de la lectura- real. En la lectura ocurre una hermandad, una cercanía con personas que no conoces pero que han compartido contigo algunas mínimas certezas sobre el mundo. José Emilio Pacheco lo dice mucho mejor: no nos conocemos pero somos amigos, autor y lector tienen esa rara forma de convivencia.
Por lo demás: si vives leyendo y escribiendo, sólo puedes considerarte un excéntrico. No creo que tengas que andarlo declarando a los cuatro vientos, ni que tengas que empezar a usar abrigos largos y viejos, pero sin duda "vivir así" es algo muy raro. Yo no sé si más raro que ser hiphopero o marihuanero, fanático de la pornografía o de las películas de gansters, pero es raro, no es normal.
¿Cómo surgió la idea de Bonsai?
Primero escribí, sin saber muy bien qué hacía, el relato de un tipo que al que su novia le había dicho: tú estás muy solo, busca algo que te acompañe, porque yo no te voy a acompañar siempre, no me interesa acompañarte siempre. Entonces él decide hacer un bonsai, y se obsesiona a tal punto con su "creación" que al poco tiempo ya no es capaz de pensar en nada más. A todo esto, yo nunca había pensado en tener un bonsai, me parecía, eso sí, me parece que en ellos pervive una belleza difícil, una belleza frágil y peligrosa, acaso. Hay algo mutante, extraño en eso, pero es bello. Unos meses después de escribir el relato, se lo mostré a un amigo y él y su novia me regalaron uno. Ahí me quedó la escoba, porque me comenzó a pasar lo mismo que al personaje del relato, estaba demasiado preocupado de su crecimiento y soñaba con que creciera, con que fuera cada vez más bello.
Hay, en lo que cuentas, elementos obsesivos fuertes…
Lo que me ha pasado a mí en este tiempo, en estos cuatro años (que bien pueden ser cinco), es que he tenido eso en la cabeza, he tenido esa imagen… fija.
… y las ganas de plasmarla en algo…
Sí, pero tampoco la he desarrollado de manera cerebral. Me interesa ver cómo me relaciono yo con esa imagen, y eso es una investigación pero una investigación lírica, necesariamente más ruidosa y menos redonda, errática, ripiosa. Tengo, por ejemplo, un poema que se llama El Alambrado. Si tú tienes un bonsai le tienes que poner alambres para que tenga la forma que tú quieres que tenga. Igual que cuando escribes un soneto y tiene que haber tal cantidad de sílabas y los acentos tienen que distribuirse de una determinada forma. Yo no escribo sonetos, o no escribo con métrica en general, o escribo con una métrica que no está canonizada, pero escribí este poema que se llama El Alambrado en endecasílabos y el texto está así: contraído y luchando por liberarse.
¿No te quita libertad esa conciencia de las ataduras, de los alambres?
Libertad y espontaneidad son palabras que yo precisaría bastante. Pienso más bien en la inevitabilidad: querer escribir un texto y terminar escribiendo otro. Armando Uribe siempre cita aquello de que "escritor es el que escribe con dificultad", yo escribo con dificultad, no obstante logre escribir doscientas páginas hay dificultades. Pero no es la dificultad de no saber qué palabra pongo ahí, sino una dificultad que tiene que ver con querer decir lo que se quiere decir.
…¿con la obsesión?
Claro, con la obsesión. Por otra parte, no llego con ninguna idea preconcebida al momento de la escritura. De hecho me parece aburrido ponerse a escribir algo, pensando en que lo vas a publicar el próximo año, para que la mínima cantidad de gente a la que le interesa lo que tú haces no te pierda la pista. No puedo funcionar así. La única certeza que tengo es que escribo. A todos nos pasa un poco eso, a ustedes también les debe pasar.
Hay otros que son bastante más seguros de lo que les conviene como escritores.
¡Claro! La otra vez me escribía un poeta joven, cuyo nombre súbita o voluntariamente olvidé, que estaba en Madrid, yo nunca he sido amigo ni enemigo de él, pero me decía: Alejandro, tal persona me dio tu mail, voy a estar un año en Madrid, dame nombres de gente para conocer. Y resulta que en Madrid yo no "conocí " a nadie, hice apenas algunos amigos, pero él piensa que uno anda conociendo editores. Me parece horroroso andar haciendo esas rondas vergonzosas al final de los lanzamientos de libros. Madrid en ese sentido es horroroso, igual que acá, tú vas a cualquier cosa y finalmente resulta que son realmente eventos sociales, en el más penoso sentido de la expresión.
                Si me preguntan ¿a quién tengo que conocer allá? ¡Qué sé yo! Si estamos hablando de una ciudad grande… no sé, anda a darte una vuelta a Lavapiés, tómate un café en la Barbieri, engrúpete a una gringa en la Plaza Mayor… Todavía no sé si le voy a responder o no, pero si lo hago tendré que simplemente darle los nombres de mis amigos: "tal, electricista", "tal y tal, guitarrista de flamenco"… de pronto evitaré mencionarle a las amigas más lindas.
Es que aquí en Chile "el pituto" funciona.
Bueno, allá "el enchufe" también funciona. Por otra parte me parece súper valiente, yo las veces que me he encontrado con gente que admiro me ha sido súper difícil siquiera cambiar un par de palabras.
Para los que están fuera de los círculos literarios, está justamente la visión de que son círculos, entonces hay que entrar de alguna forma a mirar y luego… arrancar.
En algún momento me di cuenta de que todos mis amigos eran escritores y me dije aquí hay algo raro, significa que no me puedo comunicar. Pero al final se trata de que tienes la misma clase de problemas. Si yo me encuentro después de diez años con un amigo que conocí en el colegio y él me dice, mientras fumamos, mirando por la ventana, "este se está portando de maravilla, no me ha dado ningún tipo de problemas" yo pienso "ah, este tuvo un hijo" y no, resulta que está hablando de su auto. Entonces hay una barrera que no permite la comunicación, lamentablemente. Pero si yo le digo, mira, huevón, no sé cómo cortar este verso probablemente mi amigo no entienda mucho tampoco. Es el momento en el que estoy ahora, quizás, un momento en el que muchas relaciones humanas fallan porque cada uno anda a su aire. Pasamos de ser la generación de la euforia, de tener 18 años y pasarla demasiado bien, a ser una generación bastante nerviosa -por decirlo de una manera suave-, muy insatisfecha, y ya con algunos fracasos no tan leves en el cuerpo.

EL ALAMBRADO

En todo caso el árbol continúa
su absurdo crecimiento en los alambres.
Incluso si su forma se detiene,
un árbol es un golpe de raíces
que rompen las costuras del bolsillo;
incluso si sus ramas se detienen
y logran la figura sospechosa
del tiempo acomodado en su maceta,
el árbol continúa en los alambres,
creciendo como un árbol crecería.

Revista Literaria El Ermitaño
N°1 febrero de 2003




viernes, 5 de septiembre de 2008

Eduardo Lizalde / Prosa y poesía


Eduardo Lizalde
PROSA Y POESÍA

La prosa es bella
-dicen los lectores.
La poesía es tediosa:
no hay en ella argumento,
ni sexo, ni aventura,
ni paisajes,
ni drama, ni humorismo,
ni cuadros de la época.
Eso quiere decir que los lectores
tampoco entienden la prosa.
La zorra enferma, 1974.


lunes, 1 de septiembre de 2008

Edgardo Cozarinsky / Bourgois, un señor de las letras

[Christian+Bourgois.JPG]
Christian Bourgois

BOURGOIS, 
UN SEÑOR DE LAS LETRAS
Por EDGARDO COZARINSKY

Durante más de 40 años el editor francés, fallecido en diciembre de 2007, difundió la obra de los autores más importantes de su tiempo. A la Argentina lo unía un vínculo especial: la curiosidad por sus escritores y el parentesco con Eduarda Mansilla y Juan Manuel de Rosas.

“Nunca me pregunté qué tenían ganas de leer los lectores. No lo sé y no me interesa. No conozco sus gustos y sería muy arriesgado intentar halagarlos. Conozco, en cambio, los míos.” Que estas sean palabras de un editor es algo casi inimaginable a principios de este siglo XXI. Las editoriales que en algún momento señalaron rumbos y eligieron cultivar cierta idea de la literatura han pasado hoy a manos de grupos internacionales cuyos criterios de rentabilidad y difusión masiva aciertan solo esporádicamente; más a menudo producen volúmenes nacidos con vocación de saldos, perecederos como los yogures aunque no tengan impresa su fecha límite de validez.

[Christian+Bourgois.jpg]Quien las pronunció murió el 20 de diciembre de 2007. El editor francés Christian Bourgois había nacido en 1933, en Antibes, y se inició en la edición antes de cumplir veinte años, al lado de René Juillard, cuya firma iba a dirigir tras la muerte del fundador. Hubo en su vida una amistad decisiva: la que lo vinculó a Dominique de Roux, el creador de los Cahiers de L'Herne, colección de voluminosas entregas dedicadas entre otros a Borges y a Gombrowicz, a Heidegger y a Clausewitz. Así como en Italia el legendario intelectual triestino Roberto “Bobbi” Bazlen legó su proyecto editorial a Roberto Calasso, quien lo convirtió en Adelphi, el más prestigioso sello europeo, en Francia Bourgois, que había colaborado con de Roux, tras la muerte temprana del amigo editor, continuó y desarrolló en un primer momento sus elecciones. Pero su ambición era dejar una huella propia en el mundo, aún no estandarizado, de la edición francesa.

En 1966 se concretó la creación de un sello propio: las “ediciones Christian Bourgois”, cuyas tapas blancas y caracteres delgadísimos para el título y el nombre del autor fueron en los primeros años un desafío a las tendencias en boga en la época. Entre 1968 y 1992 Bourgois también dirigió la colección “10/18”, que llevó al formato de bolsillo autores y obras que no solían considerarse propicias para una difusión masiva. En 1992, su audacia lo indispuso con el grupo Presses de la Cité, dueño mayoritario de la editorial, y esta siguió un derrotero propio, con el auxilio invalorable de Dominique Bourgois, tercera esposa de Christian y la única que compartió su pasión por la literatura y su voluntad de independencia. Durante los últimos tiempos, desde que la salud declinante del fundador no le permitió atender la editorial como solía hacer ha sido ella quién la condujo con la misma exigencia. 

Es instructivo revisar su catálogo. De William Burroughs a Witold Gombrowicz, de Fernando Pessoa a Paul Celan, de Susan Sontag a Ernst Jünger, de Allen Ginsberg a Salman Rushdie, de Enrique Vila-Matas a Carlo Emilio Gadda, Christian Bourgois se colocó de entrada en las antípodas del ombliguismo parisién. Aunque también haya publicado a Boris Vian, le gustaba indagar en esos limbos de la literatura donde obras de gran originalidad son relegadas a una penumbra ajena a la moda: publicó, por ejemplo, la primera antología fuera de la lengua original de los poetas del Oberiou, el grupo vanguardista ruso liquidado por Stalin. Se atrevió, también, a traducir a María Luisa Bombal, y en este momento Dominique Bourgois tiene en carpeta a Norah Lange. Su relación con la Argentina no se limita a haber publicado una excelente traducción de El pasado de Pauls.

Conocí a Christian y a Dominique cuando publicaron la edición francesa de mi Vudú urbano. Invitado a su departamento, donde convivían pacíficamente estampas y esculturas de rinocerontes, su animal preferido, Christian me habló de sus antepasados argentinos: se remontaban nada menos que a Juan Manuel de Rosas. Una sobrina nieta del restaurador, Eduarda García-Mansilla (hija de Eduarda Mansilla, primera novelista argentina, autora de El médico de San Luis), se casó en Francia con un Barón Marrier de la Gatinerie, hijo de una familia de marinos normandos y bretones; tuvieron ocho hijos, entre ellos, la abuela de Christian. Me sorprendió que supiera que la unión de ambos apellidos mediante un guión había tenido por intención la de reconciliar simbólicamente a las dos facciones enemigas del país: los Mansilla, federales, y los García, unitarios.

Durante años insistí para que publicase la que considero la obra cumbre del siglo XIX argentino, inédita en francés, sólo equiparable al Facundo y muy por encima del demagógico Martín Fierro: Una excursión a los indios ranqueles, de su antepasado Lucio V. Mansilla. Las dificultades de traducción, larga y exigente de conocimientos históricos y de contexto, postergaron indefinidamente esa edición, que solo ahora se anuncia, como si en el ocaso de su vida Christian hubiese sentido una obligación hacia esa rama de su familia, distante pero siempre presente en su conversación.

Christian Bourgois no solo fue un devoto de la literatura, miembro ilustre de esa especie menguante que, como una cofradía, se entiende por contraseñas (el nombre de un autor poco conocido, una cita de la que no se considera necesario mencionar la fuente) sino un señor de la edición, con la ambición y la capacidad de poner los medios menos sensibles del capitalismo tardío al servicio de una noción de la cultura hedonista, ajena a toda pedantería, solo interesada por gozar de la conversación de quienes se aprecia la palabra escrita.

La Nación, Buenos Aires, Sábado 5 de enero de 2008. 

Suplemento ADN Cultura.