lunes, 3 de marzo de 2008

Cristina Peri Rossi / El umbral


Cristina Peri Rossi
EL UMBRAL

Aquella mujer no soñaba nunca y eso la hacía intensamente desgraciada. Pensaba que por no soñar ignoraba cosas acerca de sí misma que seguramente los sueños le hubieran proporcionado. Le faltaba la puerta de los sueños que se abre cada noche para poner en duda las certidumbres del día. Y la puerta de los sueños por la cual entramos al pasado de la especie, allí donde alguna vez fuimos dinosaurios entre el follaje o piedra en el torrente. Ella se quedaba en el umbral y la puerta estaba siempre cerrada, negándole el acceso. Le dije que eso mismo constituía un sueño, una pesadilla: estar ante la puerta que no se abre, aunque empujemos el picaporte o hagamos sonar la aldaba. Pero en realidad la puerta de esa pesadilla no tiene ni picaporte ni aldaba: es una superficie entera, marrón, alta y lisa como un muro. Nuestros golpes se estrellan en un cuerpo sin eco.

- No hay puerta sin llave – me dice ella, con la tenaz resistencia de la gente que no sueña.

- En los sueños sí – le digo- En los sueños las puertas no se abren, los ríos están secos, las montañas giran, los teléfonos son de piedra y nunca llegamos a tiempo para la cita. En los sueños nos falta la prenda íntima que cubre nuestra desnudez, los ascensores se interrumpen entre dos pisos, o se estrellan contra el techo y, al entrar al cine, los asientos de la sala están de espaldas a la pantalla. En los sueños, los objetos han perdido su funcionalidad para convertirse en impedimento; o tienen leyes propias que no conocemos.

Ella cree que la mujer que no sueña es la enemiga de la mujer despierta, porque le roba partes de sí misma, le sustrae la emoción palpitante de las revelaciones, cuando creemos descubrir algo que no sabíamos o habíamos olvidado.

- El sueño es una escritura – dice ella, con pesar- una escritura que no sé escribir y que me diferencia de los demás, de los hombres y los animales que sueñan.

Ella es como una viajera que, cansada, se detiene en el umbral y queda fija allí, como una planta.

Yo, para consolarla, le digo que quizás tiene demasiado sueño para cruzar la puerta, a lo mejor estuvo tanto tiempo buscando el sueño, antes de dormirse, que cuando las imágenes llegan a ella no las ve, porque el cansancio le hizo cerrar los ojos que están adentro de los ojos. Cuando dormimos, tenemos dos pares de ojos; los ojos más superficiales, aquellos que están acostumbrados a ver sólo la apariencia de las cosas y a tratar con la luz, y los ojos del sueño: cuando los primeros se cierran, éstos se abren. Ella es la viajera de un largo viaje que cuando llega al umbral se detiene, muerta de cansancio y ya no puede seguir hacia adentro, ni atravesar el río, ni cruzar la frontera, porque ha cerrado los dos pares de ojos.

- Quisiera poder abrirlos – dice, con sencillez.

A veces, ella me pide que yo le cuente mis sueños, y sé que luego, en la soledad de su cuarto, con la luz apagada, escondida, como una niña que está a punto de hacer una travesura, intenta soñar mi sueño. Pero soñar un sueño de otro es más difícil que escribir un cuento ajeno, y sus fracasos la llenan de irritación. Cree que yo tengo un poder que ella no tiene; eso le produce envidia y malhumor. Le gustaría que mi frente fuera como una pantalla de cine y mientras duermo, poder ver reflejada en ella las imágenes de mi sueño. Si sonrío o hago un gesto de contrariedad, durante la noche, me despierta Y Me pregunta – insatisfecha- qué ha ocurrido de alegre o de triste. Yo no siempre puedo contestarle con certeza; los sueños son de un material tan frágil que muchas veces desaparecen en cuanto despertamos, huyen en las telas de los ojos, en las arañas de los dedos. Ella piensa que el mundo de los sueños es una vida suplementaria que algunos poseemos y su curiosidad se satisface sólo a medias cuando termino de contarle el último. (Contar sueños es uno de los artes más difíciles; acaso sólo Kafka lo logró sin estropear su misterio, banalizar sus símbolos o volverlos racionales.)

Como los niños, que no toleran las modificaciones y se deleitan con la repetición, insiste en que le cuente dos o tres veces el mismo sueño, lleno de personajes que no conozco, de formas raras, de accidentes irreales en el camino, y se fastidia si en la segunda versión hay elementos que no aparecían en la primera.

El que prefiere es mi sueño amniótico, el sueño del agua. Camino bajo una línea recta, sobre mi cabeza, y todo lo que está por debajo de ella es agua transparente, que no moja ni tiene peso, que no se ve ni se palpa, pero se conoce. Voy sobre el suelo de arena húmeda, vestido de camisa blanca y pantalón oscuro y los peces pasan a mi alrededor. Como y bebo bajo el agua, pero nunca nado ni floto, porque el agua es igual que el aire y respiro en ella con total naturalidad. La línea, encima de mi cabeza, es el límite que jamás atravieso ni me interesa trasponer.

- Probablemente es un sueño antiguo – le digo- Un sueño del pasado, de nuestros orígenes, cuando estábamos indecisos entre ser peces u hombres.

A ella, en cambio, le gustaría soñar con volar, con deslizarse de árbol en árbol, por encima de los tejados.

Mientras duerme, a veces yo ejerzo una pequeña presión sobre su frente, con la yema de mis dedos, para inducirle el sueño. No se despierta, pero tampoco sueña. Le cuento el último sueño que tuve: un prisionero en una breve celda de castigo, aislado de la luz, del tiempo, del espacio, de las voces humanas, en una infinitud de silencio y oscuridad. Hay un guardián, al lado de la puerta, y el hombre consigue inyectar – a través de las paredes del túnel, como la membrana del útero- sus sueños al guardián, que no logra descansar, acosado por las pesadillas del prisionero. El guardián le promete liberarlo, si el hombre consigue ahuyentar al león que lo acosa, cada vez que se duerme.

- Tú eres el prisionero – dice ella, vengativa.

Los sueños son como cajas, y en ellos hay otros sueños. A veces conseguimos despertar en el segundo, pero no en el primero, y eso nos inquieta. En el segundo, trato de llamarla, pero ella no responde, no me oye; entonces despierto y vuelvo a llamarla, extiendo mis brazos hacia ella, sin saber que estoy en el primero de los sueños y que esta vez tampoco responderá.

Le propuse que, antes de dormirnos, hiciéramos la experiencia de inventar una historia complementaria, los dos juntos. Seguramente algunos restos, desechos, residuos de esa historia elaborada por los dos pasarían imperceptiblemente al interior de nuestros ojos (a los que se abren cuando los superficiales se cierran) y así, ella conseguiría por fin soñar.

- Nos conduciremos mutuamente hasta el umbral – le dije- y una vez allí, dándonos un beso en la frente, nos separaremos, y cada uno atravesará la puerta – su puerta- y nos reencontraremos a la otra mañana, luego de un camino diferente. Me hablarás de los árboles que viste, y yo de la nave que me conduce a la ciudad adonde no quiero regresar.

Esa noche nos acostamos a la hora de costumbre, y yo fui el encargado de empezar la historia que nos conduciría imperceptiblemente – pero en común- hasta el venturoso umbral.

- Hay un hombre en una habitación desnuda- comencé.

- La cortina es muy suave – dijo ella-, de terciopelo rojo, pero está anudada en un extremo. 

– El hombre está echado en la cama – continué yo- aunque todavía conserva la camisa blanca y el pantalón oscuro.

- Creo que ese hombre tiene miedo de algo siguió ella- por eso conserva las ropas.

- A su lado hay una mujer – dije- de cabellos cortos y rubios. Los ojos son azules.

- No – corrigió ella- son verdes, con reflejos azules.

- Sí – acepté-. Es hermosa, pero tiene la piel fría de aquellos que no sueñan.

- La mujer tiene un vestido rosa. ¿No te parece algo anacrónico un vestido de ese color, en medio de la cama?

- No, querida – dije yo- te queda muy bien. 

– Él está a punto de dormirse – observó ella. 

– Sí – confesé yo- Tengo mucho sueño. Camino lentamente hacia una puerta, que se dibuja más adelante.

- Caminas despacio, con las mangas de la camisa subidas y los ojos entrecerrados.

- Es que tengo mucho sueño.

- Ella te sigue, pero cada vez queda más atrás. Sus pasos son más cortos que los tuyos, y además, tiene miedo de perderse. ¿Por qué él no vuelve los ojos hacia atrás, para ayudarla?

- Está muy cansado y el sendero lo guía, lo empuja, como un imán.

- Es el imán de los sueños – dice ella.

- La mujer ha quedado muy atrás. Ya no se ve. Yo, en cambio, estoy en el umbral.

- Ha vuelto a perderse. El corredor es oscuro y las paredes estrechas. Ella tiene miedo. Le aterra la soledad.

- He visto otras veces ese umbral.

- En cambio, yo no lo veo.

- Si regresas, si das marcha atrás, no lo hallarás nunca.

- Tengo miedo.

- ¡Ah! ¡Qué umbral tan venturoso Una luz se adivina al trasponerlo.

- No me dejes sola.

- No hay mucho lugar.

- No me abandones.

- Debo seguir. Estoy al fin del camino, mis ojos se cierran, ya no puedo hablar…

- Entonces – continúa- ella se precipita hacia adelante, hacia el aura vaga y oscura que dejaron los pasos de él, por el corredor sombrío, y antes de que trasponga el umbral, le hunde un puñal en la espalda.

Vacilo, en el umbral, caigo como herido lentamente en el sueño, es curioso, resbalo, me hundo, tengo ya un pie más allá del umbral, pero el otro se ha quedado atrás, no avanza, seguramente estoy en el segundo sueño, aunque el dolor en la espalda es quizás del primero, me gustaría llamarla pero sé por experiencia que no responderá, se habrá ido, mientras yo intento vanamente despertar y resbalo en un charco de sangre.


domingo, 2 de marzo de 2008

Cristina Peri Rossi / La grieta


Cristina Peri Rossi
LA GRIETA

El hombre vaciló al subir la escalera que conducía de un andén a otro, y al producirse esta pequeña indecisión de su parte (no sabía si seguir o quedarse, si avanzar o retroceder, en realidad tuvo la duda de si se encontraba bajando o subiendo) graves trastornos ocurrieron alrededor. La compacta muchedumbre que le seguía rompió el denso entramado -sin embargo, casual- de tiempo y espacio, desperdigándose, como una estrella que al explotar provoca diáspora de luces y algún eclipse. Hombres perplejos resbalaron, mujeres gritaron, niños fueron aplastados, un anciano perdió su peluca, una dama su dentadura postiza, se desparramaron los abalorios de un vendedor ambulante, alguien aprovechó la ocasión para robar revistas del quiosco, hubo un intento de violación, saltó un reloj de una mano al aire y varias mujeres intercambiaron sin querer sus bolsos.

El hombre fue detenido, posteriormente, y acusado de perturbar el orden público. El mismo había sufrido las consecuencias de su imprudencia, ya que, en el tumulto, se le quebró un diente. Se pudo determinar que, en el momento del incidente, el hombre que vaciló en la escalera que conducía de un andén a otro (a veinticinco metros de profundidad y con luz artificial de día y de noche) era el hombre que estaba en el tercer lugar de la fila número quince, siempre y cuando se hubieran establecido lugares y filas para el ascenso y descenso de la escalera. 

El interrogatorio se desarrolló una tarde fría y húmeda del mes de noviembre. El hombre solicitó que se le aclarara en que equinoccio se encontraba, ya que a raíz de la vacilación que había provocado el accidente, sus ideas acerca del mundo estaban en un período de incertidumbre. 

- Estamos, por supuesto, en invierno- afirmó con notable desprecio el funcionario encargado de interrogarle. 

- No quise ofenderlo -contestó el hombre, con humildad-. No sabe hasta qué punto le agradezco su gentil información -agregó. 

- Con independencia del invierno -contemporizó el funcionario-, ¿quiere explicarme usted qué fue lo que provocó este desagradable accidente? 

El hombre miró hacia un lado y otro de las verdes paredes. Al entrar al edificio le había parecido que eran grises; pero como tantas otras cosas, se trataba de una falsa apariencia, salvo que efectivamente, en cualquier momento, volvieran a ser grises. ¿Quién podría adivinar lo que el instante futuro nos depararía? 

- Verá usted -se aclaró la garganta. No vio un vaso con agua por ningún lado, y le pareció imprudente pedirlo. Quizás fuera conveniente no solicitar nada. Ni siquiera comprensión. Paredes desnudas, sin ventanas. Habitaciones rectangulares, pero estrechas. 

El funcionario parecía levemente irritado. Parecía. Nunca había conocido a un funcionario que no lo pareciera. Como una deformación profesional, o un mal hábito de la convivencia. 

- De pronto -dijo el hombre-, no supe si continuar o si quedarme. Sé perfectamente que es insólito. Es insólito tener un pensamiento de esa naturaleza al subir o bajar la escalera. O quizás, en cualquier otra actividad. 

- ¿En qué escalón se encontraba? -interrogó el funcionario, con frialdad profesional. 

- No puedo asegurarlo -contestó el hombre, sinceramente. Quería subsanar el error-. Estoy seguro de que alguien debe saberlo. Hay gente que siempre cuenta los escalones, en uno u otro sentido. Vayan o vengan. 

- Usted, ¿iba o venía? 

- Fue una vacilación. Una pequeña vacilación, ¿entiende?

De pronto, al deslizar los ojos, otra vez, por la superficie verde de la pared, había descubierto un diminuto agujero, una grieta casi insignificante. No podía decir si estaba antes, la primera o la segunda vez que miró la pared, o si se había formado en ese mismo momento. Porque con seguridad hubo una época en que fue una pared completamente lisa, gris o verde, pero sin ranuras. ¿Y cómo iba a saber él cuando había ocurrido esta pequeña hendidura? De todos modos, era muy incómodo ignorar si se trataba de una grieta antigua o moderna. La miró fijamente, intentando descubrirlo. 

- Repito la pregunta -insistió el funcionario, con indolente severidad. Había que proceder como si se tratara de niños, sin perder la paciencia. Eso decían los instructores. Era un sistema antiguo, pero eficaz. Las repeticiones conducen al éxito, por deterioro. Repetir es destruir-. ¿En qué escalón se encontraba usted? 

Al hombre le pareció que ahora la grieta era un poco más grande, pero no sabía si se trataba de un efecto óptico o de un crecimiento real. De todos modos -se dijo-, en algún momento crece. Se trata de estar atentos, o quizás, de no estarlo. 

- No puedo asegurarlo -afirmó el hombre-. ¿Existen defectos ópticos en esta habitación? 

El funcionario no pareció sorprendido. En realidad, los funcionarios casi nunca parecen sorprenderse de algo y en eso consiste parte de su función. 

- No -dijo con voz neutra-. Usted, ¿iba o venía? 

- Alguien debe saberlo -respondió el hombre, mirando fijamente la pared. 

Entonces era posible que la grieta hubiera aumentado en ese mismo momento. Estaría creciendo sordamente, en la oscuridad del verde, como una célula maligna, cuya intención difiere de las demás. 

- ¿Por qué no usted? -volvió a preguntar el funcionario. 

- Ocurrió en un instante -dijo el hombre, en voz alta, sin dirigirse expresamente a él. Trataba de describir el fenómeno con precisión. 

Ahora el agujero en la pared parecía inofensivo, pero con seguridad era sólo un simulacro. 

- Supongo que bajaba, o subía, lo mismo da. Había escalones por delante, escalones por detrás. No los veía hasta llegar al borde mismo de ellos, debido a la multitud. Eramos muchos. Vaga conciencia de formar parte de una muchedumbre, repetía los movimientos automáticamente, como todos los días. 

- ¿Subía o bajaba? -repitió el funcionario, con paciencia convencional. El sintió que se trataba de una deferencia impersonal, un deber del funcionario. No era una paciencia que le estuviera especialmente dirigida; era un hábito de la profesión y ni siquiera podía decirse que se tratara exactamente de un buen hábito. 

- Se trataba de una sola escalera -dijo el hombre- que sube y baja al mismo tiempo. Todo depende de la decisión que se haya tomado previamente. Los peldaños son iguales, de cemento, color gris, a la misma distancia, unos de otros. Sufrí una pequeña vacilación. Allí, en mitad de la escalera, con toda aquella multitud por delante y por detrás, no supe si en realidad subía o bajaba, No sé, señor, si usted puede comprender lo que significa esa pequeñísima duda. Una especie de turbación. Yo subía o bajaba -en eso consistía, en parte, la vacilación -y de pronto no supe qué hacer. Mi pie derecho quedó suspendido un momento en el aire. Comprendí -con terrible lucidez- la importancia de ese gesto. No podía apoyarlo sin saber antes en qué sentido lo dirigía. Era pues, pertinente, resolver la incertidumbre. 

La grieta, en la pared, tenía el tamaño de una moneda pequeña. Pero antes, parecía la cabeza de un alfiler. ¿O era que antes no había apreciado su dimensión verdadera? La dificultad en aprehender la realidad radica en la noción de tiempo, pensó. Si no hay continuidad, equivale a afirmar que no existe ninguna realidad, salvo el momento. El momento. El preciso momento en que no supo si subía o bajaba y no era posible, entonces, apoyar el pie. Por encima de la grieta ahora divisaba una línea ondulada, una delgada línea ascendía -si miraba desde abajo- o descendía -si miraba desde arriba-. La altura en que estuviera colocado el ojo decidía, en este caso, la dirección. 

- En el momento inmediatamente anterior a los hechos que usted narra -concedió el funcionario, casi con delicadeza-, ¿recuerda usted si acaso subía o bajaba la escalera? 

- Es curioso que el mismo instrumento sirva tanto para subir como para bajar, siendo en el fondo, acciones opuestas -reflexionó el hombre, en voz alta-. Los peldaños están más gastados hacia el centro, allí donde apoyamos el pie, tanto para lo uno como para lo otro. Pensé que si me afirmaba allí iba a aumentar la estría. Un minuto antes de la vacilación -continuó-, la memoria hizo una laguna. La memoria navega, hace agua. No sirvió; quedó atrapada en el subterráneo. 

- Según sus antecedentes -interrumpió, enérgico, el funcionario- jamás había padecido amnesia. 

- No -afirmó el hombre-. Es un recurso literario. Fue una grieta inesperada.

Ascendiendo, la línea se dirigía hacía el techo. Podía seguirla con esfuerzo, ya que no veía bien a esa distancia. Sólo una abstracción nos permitía saber, cuando nos sumergimos, si la corriente nos desliza hacia el origen o hacia la desembocadura del río, si empieza o termina. 

- Un momento antes del accidente -recapituló el funcionario-, usted, ¿subía o bajaba? 

- Fue sólo una pequeña vacilación. ¿Hacia arriba? ¿Hacia abajo? En el pie suspendido en el aire, a punto de apoyarlo, y de pronto no saber. No hay ningún dramatismo en ello, sino una especie de turbación. Apoyarlo se convertía en un acto decisivo. Lo sostuve en el aire unos minutos. Era una posición incómoda pero menos comprometida. 

- ¿Qué clase de vacilación? -preguntó de pronto el funcionario, iracundo. 

Estaba fastidiado, o había cambiado de táctica. La grieta tenía ramificaciones. Nadie es perfecto. No se sabía si esas ramificaciones conducían a alguna parte. 

- Por las dudas, no actué -confesó el hombre-. Me pareció oportuno esperar. Esperar a que el pie pudiera volver a desempeñarse sin turbaciones, a que la pierna no hiciera preguntas inconfesables. 

- ¿Qué clase de vacilación? -volvió a preguntar el funcionario, con irritación. 

- De la deritativas. Clase G. Configuradas como peligrosas. No es necesario consultar el catálogo, señor -respondió, vencido, el hombre-. Una vacilación con ramificaciones. De las que vienen con familia. A partir de la cual, ya no se trataba de saber si se baja o sube la escalera: eso no importa, carece de cualquier sentido. Entonces, los hombres que vienen detrás -se suba o se baje siempre hay una multitud anterior o posterior- se golpean entre sí, involuntariamente, hay gente que grita, todos preguntan qué pasa, aúllan las sirenas, las paredes vibran y se agrietan, niños lloran, damas pierden los botones y paraguas, los inspectores se reúnen y los funcionarios investigan la irregularidad. -La mancha se estiraba como un pez-. ¿Puede darme un cigarrillo?


sábado, 1 de marzo de 2008

Cristina Peri Rossi / La posesión


Cristina Peri Rossi
32
LA POSESIÓN


   L
a poseí a los ocho años en medio de nuestros juegos infantiles. Desde entonces no he dejado de hacerlo, con regularidad, durante tanto tiempo. Si llueve, la poseo despacio, para armonizar su rumor (el de sus piernas recogidas sobre la sábana) al de la lluvia que cae. Si el día es templado, la poseo con violencia para dejarla completa y terminada, como un cuadro.
            Entonces, a las ocho años, la tomé sin querer, estrechándola en un juego. Mi mano fue como un insecto horadando un laberinto. Y qué sorpresa de patios y desvanes. El premio fue el agua dulce que le manó entre las piernas y mojó las enredaderas, la enamorada del muro y las campánulas, como una lluvia inesperada y saludable. No he dejado nunca de beber en esa fuente: ella me ha ofrecido su jugo todos los días.
            A los ocho años yo le regalé una luciérnaga, y ella me dio una flor. La luciérnaga la conservó en una caja, junto a una rama de pino; la flor la guardé en las páginas de un libro, donde dibujó un redondel aroma. Desde que la poseí por primera vez a los ocho años no he dejado de hacerlo. A menudo ella me dice:
            -Me hubiera gustado que me poseyeras a los ocho años, en medio de nuestros juegos. Y que desde entonces no dejaras de hacerlo nunca, colocando tu suave mano sobre mi vientre, allí donde termina en hondonada. Y me hubieras alcanzado animales pequeños en sus cajas, como testimonio de tu amor y cubrieras mi cuerpo desnudo de hojas lanceoladas recogidas del jardín, que fueran dejándome por las estaciones de la piel su olor y su humedad. Sobre las cuales pasarías tu lengua, para arrancármelas, cuando ellas se me hubieran fijado al cuerpo.

            Entonces la vuelvo a poseer, como si tuviéramos ocho años.