martes, 3 de abril de 2007

Vargas Llosa / ¿Libertad para los libres? / Una recomendación de Günter Grass

Günter Grass, 1989
Poster de T.A.
Foto de Udo Hesse
¿Libertad para los libres?
Una recomendación de Günter Grass


Hace algún tiempo, leí una entrevista a Günter Grass en la que el novelista alemán -quien se hallaba de visita en Nicaragua- decía que los países latinoamericanos no resolverían sus problemas mientras no siguieran "el ejemplo de Cuba". Ésta es una receta para nuestros males que proponen muchos novelistas, europeos y latinoamericanos, pero me sorprendió en boca del autor de El tambor de hojalata (si es que aquella declaración era cierta).Günter Grass es uno de los novelistas contemporáneos más originales y aquel cuyos libros me llevaría a la isla desierta si sólo pudiera llevarme uno entre los narradores europeos de nuestros días. Mi admiración por él no sólo es literaria, sino también política. La manera de actuar en su país -defendiendo el socialismo democrático de Willy Brandt y de Helmut Schmidt, haciendo campaña en las calles por esta opción en las contiendas electorales y rechazando con energía toda forma de autoritarismo y totalitarismo- me ha parecido siempre un modelo de sensatez y un saludable contrapeso -reformista, viable, constructivo- a las apocalípticas posiciones de tantos intelectuales modernos que, por oportunismo o ingenuidad, resultan aprobando las dictaduras y el crimen como recurso político. Recuerdo hace algunos años un intercambio polémico suscitado en la República Federal de Alemania entre Grass y Heinrich Böll, con motivo de un ramo de flores que éste envió a una aguerrida revolucionaria que había abofeteado públicamente al canciller alemán. Günter Grass explicó que, a diferencia de Böll -hombre cristiano y bondadoso, en cuyas exangües historias uno no adivinaría jamás a un entusiasta de la violencia-, no creía que las bofetadas fueran el método más adecuado para resolver las diferencias políticas, y que los alemanes estaban bien instruidos por la historia reciente sobre los peligros de aceptar la fuerza como argumento ideológico. Esta posición, genuinamente democrática y progresista, me parece de mucho mayor peso moral a las condenas de las dictaduras y crímenes de Pinochet, y de Argentina y Uruguay, de un Günter Grass que a las de aquellos escritores que creen que la brutalidad está mal en política sólo cuando la emplean los adversarios.
¿Cómo congeniar todo esto con la "solución cubana" que recomienda Günter Grass para los países de nuestro continente? Hay en ello un interesante desdoblamiento, una esquizofrenia instructiva. Se desprende de lo anterior que lo que conviene y es bueno para la República Federal de Alemania no es bueno ni conviene para América Latina, y viceversa. Para aquel país -es decir, para Europa occidental y el mundo desarrollado-, lo ideal es un sistema democrático y reformista, de elecciones e instituciones representativas, libertad de expresión y de partidos políticos y de sindicatos, una sociedad abierta, respetuosa de la soberanía individual, sin dirigismo cultural ni censuras. Para América Latina, en cambio, lo ideal es la revolución, la toma violenta del poder, el establecimiento del partido único, la colectivización forzosa, la, burocratización de la cultura, los campos de concentración para el disidente y el enfeudamiento a la URSS.
¿Qué puede llevar a un intelectual como Günter Grass a semejante discriminación? Probablemente, el encuentro, cara a cara, con la miseria latinoamericana, ese espectáculo (poco menos que inconcebible para un europeo occidental) de las inicuas desigualdades que afean nuestras sociedades, del egoísmo e insensibilidad de nuestras clases privilegiadas, la exasperación que produce ver la muerte lenta en que parecen sumidas las muchedumbres de pobres de nuestros países y el salvajismo de que hacen gala nuestras dictaduras militares.
Pero uno espera de un intelectual un esfuerzo,de lucidez, aun en los momentos de mayor turbación anímica. Una dictadura marxista-leninista no es una garantía contra el hambre y sí puede añadir al horror del subdesarrollo el del genocidio, como lo probó ineridianamente el régimen de los jemeres rojos en Camboya, o significar una opresión tan asfixiante que cientos de miles -y acaso millones- de hombres estén dispuestos a dejar todo lo que tienen y lanzarse al mar y desafiar a los tiburones con tal de escapar de ella, como se ha visto en Vietnam y en la propia Cuba (durante los sucesos de Mariel). Un intelectual que creé que la libertad es necesaria y posible para su país no puede decidir que ella es superflua, secundaria, para los otros países, a menos que íntimamente haya llegado a la desconsoladora convicción de que el hambre, la incultura y la explotación hacen a los hombres ineptos para la libertad.
Y aquí, creo, hemos llegado a la raíz de la cuestión. Cuando un intelectual norteamericano o europeo -o un órgano periodístico o una institución liberal cualquiera- (defiende para nuestros países opciones y métodos políticos que jamás admitiría en la sociedad propia, manifiesta un escepticismo esencial sobre la capacidad de los países latinoamericanos para entronizar los sistemas de convivencia y libertad que han hecho de los países occidentales lo que son. Se trata, en la mayoría de los casos, de un prejuicio inconsciente, de un sentimiento informulado, de una suerte de racismo visceral, que esas personas -por lo general, liberales y demócratas de insospechables credenciales- rechazarían indignadas si tomaran cabal conciencia de ello. Pero en la práctica -es decir, en lo que dicen, hacen o dejan de hacer, y sobre todo en lo que escriben sobre América Latina- aquella duda esencial sobre la aptitud de nuestros países para ser democráticos asoma a cada paso y explica sus incongruencias e inconsecuencias cuando informan sobre nosotros o interpretan nuestra historia y nuestra problemática. O cuando, como Günter Grass, proponen para resolver nuestros problemas el mismo tipo de régimen que les parece intolerable para la República Federal de Alemania. (Es imposible no asociar con esto la impresión que me causó descubrir, en la España de finales de los cincuenta, que el régimen de Franco, que aplicaba una puntillosa censura moral a todo género de publicaciones, incluidas las científicas, permitía, sin embargo, a las editoriales españolas editar libros pornográficos, a condición de que los exportaran a Latinoamérica. La misión de los censores era, pues, salvar las almas aborígenes; las latinoamericanas podían irse al infierno.)
Quizá esto permita entender mejor fenómenos como el de la información ofensiva, denigratoria y mentirosa que a menudo merecen, por parte de los órganos de comunicación occidentales, los regímenes democráticos latinoamericanos, a los que se presenta actuando con tanta o peor vileza que las mismas dictaduras. Me he referido ya, en un artículo anterior, al caso de The Times, de Londres, y su especialista latinoamericano, Colin Harding, diligente denostador de la democracia peruana. No se trata, por desgracia, de algo excepcional. Los más prestigiosos órganos informativos de los países occidentales, diarios como Le Monde, en Francia, o The New York Times, o EL PAIS, en España, baluartes del sistema democrático, insospechables de complicidad con quienes, en sus respectivos países, alientan tesis totalitarias, incurren, sin embargo, a menudo -en su política informativa sobre América Latina- en una discriminación semejante y por las mismas razones que el novelista Günter Grass. A juzgar por lo que escriben, se diría que en los países latinoamericanos sólo puede ser cierto lo peor. Es una política que no concierne sólo a los países que padecen dictaduras, lo que tendría cierta justificación: también en los países que han salido de ellas y tratan de consolidar la democracia parecería que lo único que importa mostrar es el error y el horror (aunque sean ficticios).
Las violaciones de los derechos humanos que lamentablemente se producen en estas democracias cuando deben hacer frente a acciones guerrilleras o al terrorismo son siempre destacadas, en tanto que uno tiene dificultad en hallar en las páginas de esos mismos órganos una información equivalente sobre las violaciones a los derechos humanos de quienes asesinan en nombre de la revolución y proclaman que son las pistolas y las bombas -no los votos- el criterio de la verdad política. Los peores infundios y calumnias que, al amparo de la libertad de Prensa, se propagan contra los Gobiernos democráticos por sus adversarios del interior encuentran un eco favorable, una actitud receptiva, sin la mínima verificación responsable, en tanto que cualquier desmentido o versión oficial es presentado como algo sospechoso, la coartada del culpable o la propaganda del poder.
Con sus atentados, voladuras de torres eléctricas y asesinatos, Sendero Luminoso y su puñado de seguidores -unos centenares o, acaso, unos pocos millares de personas- han conseguido en la Prensa del mundo occidental una publicidad infinitamente mayor que, digamos, todos los habitantes de la República Dominicana, quienes, desde hace algunos lustros, vienen dando un admirable ejemplo en América Latina de alternancia democrática en el Gobierno, de convivencia y libertad políticas, de discrepancia civilizada y, lo que es aún más notable en este período de crisis, de progresos en la lucha contra el subdesarrollo. Que un país que sufrió la más espantosa dictadura, y más tarde una intervención extranjera y una guerra civil, haya sido capaz, en un plazo relativamente corto, de estabilizar un régimen democrático, no despierta el menor interés en los grandes órganos democráticos de Occidente, en los que, en cambio, el menor atropello de la Guardia Civil o el Gobierno peruano en su lucha contra el terrorismo suele ser publicitado.
¿Por qué ocurre así? Porque estos atropellos confirman una imagen preestablecida y el fenómeno dominicano, en cambio, contradice ese estereotipo, profundamente arraigado en la subconsciencia de Occidente, que nos ve como bárbaros e inciviles, constitutivamente ineptos para la libertad y condenados a elegir, por eso, entre el modelo Pinochet o el modelo Fidel Castro. No se necesita ser adivino para saber que si, para desgracia suya o de toda América Latina, la República Dominicana fuera víctima también, como el régimen peruano, de una insurrección armada y del terrorismo, los Colin Hardings de los grandes diarios de Occidente se apresurarían a mostrar, aun al precio de magnificaciones y tergiversaciones de la verdad, que aquella democracia no era tal, sino mera impostura, una apariencia falaz tras la cual se enfrentaban, como en las dictaduras, un poder autoritario y corrupto y la rebeldía de los oprimidos.
¿Exagero el fenómeno para hacerlo más visible? Tal vez. Pero desafío a cualquier investigador a repasar las informaciones sobre los países latinoamericanos en los grandes órganos democráticos de Prensa que he mencionado. El balance mostrará, sin la menor duda, que las informaciones tienden, como constante, a corroborar aquel escepticismo y a acumular argumentos que, en vez de corregir, refrenden la imagen lastimosa de América Latina que aquel escepticismo ha engendrado.
Es importante tener en cuenta esta realidad, porque se trata de una de las más extraordinarias paradojas de nuestro tiempo. Los latinoamericanos que creen que la solución para nuestros problemas está en romper el ciclo siniestro de las dictaduras -de izquierda y de derecha- deben saber que entre los obstáculos que deberán enfrentar para instalar y defender la democracia figura, junto a los complós de las castas reaccionarias y las insurrecciones revolucionarias, la incomprensión -para no decir el desprecio- de aquellos a quienes tienen por modelos y a quienes creen sus aliados. Esto no significa, claro está, que debamos perder las esperanzas. Pero sí que tenemos que renunciar a ciertas ilusiones. La batalla por la libertad, América Latina tendrá que darla y ganarla ella sola contra los países totalitarios que quisieran conquistarla para su campo y, por sorprendente que parezca, contra ciertos órganos de información y numerosos intelectuales democráticos del mundo libre.



lunes, 2 de abril de 2007

Vargas Llosa / La tradición es centralista



La tradición centralista

Como muchos intelectuales latinoamericanos, el historiador chileno Claudio Véliz tiene una vocación trashumante. La primera vez que le vi, hace veinte, años, trabajaba en Chatham House, en Londres, en un despacho al lado del de Arnolf Toynbee; después volvió a Santiago para fundar el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile; más tarde le encontré en las afueras de Melbourne, dirigiendo el Departamento de Sociología de la Universidad de La Trobe, y el año pasado estuvo en Harvard. Ahora, creo, anda de nuevo en Inglaterra, país al que confesadamente admira y debe muchas cosas. El vivir tanto tiempo en otros mundos no ha enfriado su pasión por los asuntos de América Latina. Pero tal vez ha contribuido a darle una visión más hemisférica y menos local y fragmentaria de ésta y lo ha animado a intentar estudiarla como una unidad. Así lo ha hecho en el ambicioso y polémico libro que acaba de publicar: The centralist tradition of Latin American (1).El libro es ambicioso por su tesis y, por la variedad de campos en los que el profesor Véliz quiere probarla: economía, instituciones., vida política, religión, arte y arquitectura, historia y aun psicología. Es polémico por la naturaleza audaz de la tesis y porque las implicaciones de ésta contradicen muchas ideas sobre política y sociedad en América Latina, que son consideradas poco menos que como axiomas por buen número de estudiosos.
Según Véliz, existe en nuestros países, profundamente arraigada, una tradición centralista que ha sido el eje de su desenvolvimiento histórico y lo que ha impuesto un sello común a sus sociedades, por encima de sus múltiples diferencias. El centralismo es el denominador que comparten: él les ha dado ciertos rasgos similares que las distinguen nítidamente del resto del mundo. Civil o militar, siempre burocrático y legalístico, generado por un Estado ávido y ubicuo, cuyos tentáculos se deslizan en todos los dominios de la vida social, pero que, al mismo tiempo, suele ser tan flexible y plegadizo como para parecer invisible; el centralismo,según esta tesis, ha sido el principio ordenador de nuestra vida histórica y comunitaria, la sustancia que ha animado nuestras instituciones y leyes, la brújula de la vida económica. El ha normado por igual la creación cultural y la peripecia política.
Saliendo al paso de previsibles objeciones, el profesor Véliz se resiste a dar una definición escueta y rotunda de lo que entiende por centralismo,pues, explica, este fenómeno no es ni una ni otra cosa. Prefiere que su libro vaya, a lo largo de sus páginas, diseñando en toda su complejidad el sentido en el que emplea este concepto que, para él, es algo así como la especificidad latinoamericana, lo que nuestros países tienen de prototípico. Precisa, eso sí, que el centralismo que describe no es ideológico, sino una tradición pragmática, un estilo de organización que resulta más visible en la práctica que en la teoría, algo que fue resultando en razón de determinadas circunstancias históricas y sociales exteriores a América Latina y no por deliberada elección. La prueba de que el centralismo está desprovisto de ideología la da el hecho de que, con prescindencia de las intenciones de gobernantes y dirigentes, todas las grandes conmociones vividas por los países latinoamericanos en el siglo XX se han traducido -sin excepción- por el fortalecimiento de la estructura vertical del poder político, es decir, delcentro. No hay duda que esto es cierto de la revolución mexicana de 1910, de la boliviana de 1952, de la cubana de 1958 y de la nicaragüense de 1979. Y, sin duda, se puede decir lo mismo de todos los regímenes autoritarios, surgidos de golpes de Estado, en el pasado y en el presente. La subestimación de lo ideológico como factor decisivo en la realidad histórica y social de América Latina es una de las originalidades de este ensayo y le da cierta atmósfera refrescante, en una esfera como la de las ciencias sociales, tan contaminada de ideologismo en la última década.
Tal vez el más osado ingrediente de esta tesis, sin embargo, no sea relegar la ideología al desván, sino la revaloración flagrante en que se funda de la influencia de España y Portugal en la constitución de nuestra fisonomía como países. Aunque desde una perspectiva distinta a la de los llamados hispanistas, el profesor Véliz sostiene, como lo hicieron aquéllos, que la herencia ibérica impregna esencialmente nuestra vida y costumbres y que Brasil e Hispanoamérica han deslindado a través de ella su personalidad. La argumentación más prolija, documentada y apasionada del libro (porque bajo el terso inglés de Claudio Véliz bulle una pasión dialéctica muy suramericana) está encaminada a demostrar que durante la conquista y la colonia se echaron las bases de un sistema centralista que la emancipación no alteró en absoluto; por el contrario, bajo toda la retórica de liberación del yugo colonialista de la época, desde el primer momento las flamantes repúblicas acentuaron y robustecieron sistemáticamente la tradicióncentralista inaugurada bajo el dominio hispánico y portugués, perfeccionándola hasta convertirla en su naturaleza, en un sentido casi ontológico.
En las páginas más seductoras e imaginativas de su ensayo, Claudio Véliz nos muestra a los intelectuales y a las clases dirigentes de los países latinoamericanos del siglo XIX fascinados por Francia, Inglaterra, Estados Unidos y, en el siglo XX, a los mismos intelectuales y a los ideólogos y dirigentes revolucionarios igualmente hechizados por modelos ideológicos venidos de aquellos mismos países (más .la URSS y China Popular) y, tratando, una y otra vez, de trasplantar al continente aquellas instituciones, partidos, doctrinas, tácticas, para alcanzar a través de ellas -es decir, a través del sistema federal norteamericano, o del liberalismo económico inglés, o del radicalismo positivista francés, o de la socialdemocracia europea, o la democracia cristiana alemana o italiana, o el socialismo soviético o chino-, la modernidad, el desarrollo económico, lajusticia social, y fracasando en cada intento. La razón principal de estos fracasos ha sido, para Véliz, la ceguera que esas elites sociales e intelectuales han mostrado para con las características del suelo histórico propio. Aquellas plantas que sembraban morían o nacían anquilosadas porque la tierra no era propia para ellas. Al mismo tiempo que esas minorías se empeñaban en calcar sus países sobre el modelo de París, Londres, Nueva York, Moscú o Pekín, la sociedad latinoamericana seguía desenvolviéndose dentro de ciertas pautas, fijadas siglos atrás (sin sospechar la longevidad que tendrían) por los conquistadores. Aunque tal vez haya que decir administradores en vez de conquistadores. Claudio Véliz simboliza el inicio del proceso de centralización institucional en el continente con la victoria del pacificador. La Gasca -funcionario obediente del centro político imperial- sobre Pizarro, el primero de una larga serie de empeños anticentralistas de nuestra historia.
Este proceso centralista tiene algo de ese carácter impersonal que atribuyen a los procesos históricos las concepciones ideológicas de la historia, y esto es, sin duda, algo contradictorio en un adversario del ideologismo, como es el autor. Pero Claudio Véliz no pretende dar a su tesis una forma rígida, fatídica, presentarla como un fenómeno histórico inevitable. Las cosas ocurrieron de este modo, en razón de una amalgama de circunstancias históricas, muchas de ellas accidentales (lo que indica que hubieran podido ocurrir de otra manera). El libro no pretende extraer de esto conclusiones generales aplicables a otros mundos. Se limita a defender esta convicción: que en la raíz del fracaso de todos los experimentos para modernizar y desarrollar América Latina está el error de considerar que estos países son una tabula rasa donde se puede iniciar desde cero la historia. No es así: son sociedades que han desarrollado un sistema propio y antiguo, poderoso, que costará mucho reemplazar.
(1) Claudio Véliz, The centralista tradiction of Latin America, Princeton University Press, 1980. 355 páginas.


domingo, 1 de abril de 2007

Vargas Llosa / Los diez mil cubanos




Los diez mil cubanos

El Gobierno cubano decide retirar la fuerza policial que custodiaba la embajada del Perú en La Habana y en menos de tres días el local es invadido por 10.000 personas que quieren asilarse. El caso debe ser único en la historia de la diplomacia latinoamericana, pues ni siquiera en los momentos peores de la persecución política en Nicaragua, Chile o Argentina -regímenes que, sin embargo, establecieron records en lo que se refiere a represión- se vio algo parecido.¿Hará reflexionar este hecho a los estudiantes e intelectuales que tienen a Cuba por el modelo revolucionario que quisieran ver aplicado en sus países? Ciertamente, no. La reflexión está ausente de nuestra vida política, donde tanto la derecha como la izquierda actúan casi exclusivamente por reflejos condicionados. Para esta última, ya el periódico Gramma del 7 de abril ha dado la explicación canónica, que ahora será repetida ad nauseampor los progresistas. Las personas que atestan la embajada son «delincuentes, lumpens, antisociales, vagos y parásitos y homosexuales, aficionados al juego y a las drogas, que no encuentran en Cuba fácil oportunidad para sus vicios» (se advierte aquí una variedad mayor de especímenes que la que García Márquez encontró entre los refugiados de Vietnam y Camboya, que al parecer eran sólo drogadictos y algunos millonarios).
Y, sin embargo, aun cuando no sirva de mucho, vale la pena tratar de entender el mensaje que encierra, a nivel moral e intelectual, el espectáculo, dramático y grotesco, de esa muchedumbre apiñada -a razón de cuatro personas por metro cuadrado, según la agencia Reuter- en la embajada de Perú en La Habana.
En términos cuantitativos, nadie -mejor dicho, nadie que no sea un sectario- puede negar que Cuba, gracias a la revolución, es la sociedad más igualitaria de toda América Latina, aquélla en la que es menor la diferencia entre los que tienen más y los que tienen menos, donde la pobreza y la riqueza están más repartidas, y, también, aquélla donde se ha hecho más por garantizar la educación, la salud y el trabajo de los humildes. Ningún otro país latinoamericano ha hecho lo que Cuba, en estos veinte años, para erradicar el analfabetismo, difundir los deportes y poner la medicina, los libros, las artes, al alcance de todos.
Y, sin embargo, pese a ello, miles, o cientos de miles y acaso hasta millones de cubanos preferirían marcharse a vivir en una sociedad distinta a la suya. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo explicar que prefieran incluso irse a Perú y a los otros países latinos americanos, con terribles problemas de desocupación y de pobreza, donde las diferencias económicas son enormes y donde los pobres, la inmensa mayoría, tienen la vida realmente dura? Una afirmación de Gramma, en ese mismo editorial -«las fronteras entre el delincuente común y el contrarrevolucionario se confunden »- nos da una pista para comprender eso que, a simple vista, resulta extraordinaria paradoja.
El ideal igualitario es incompatible con el libertario. Puede haber una sociedad de hombres libres y una de hombres iguales, pero no puede haber una que compagine ambos ideales en dosis idénticas. Esta es una realidad que cuesta aceptar porque se trata de una realidad trágica, que desbarata una tradición de utopías generosas en la que aún nos movemos y sobre todo porque coloca al hombre en la difícil disyuntiva de tener que elegir entre dos ¡aspiraciones que tienen la misma fuerza moral y que parecen ser inseparables, el anverso y reverso de la idea de justicia. Pero no, no lo son: la libertad y la igualdad sólo pueden hacer un corto trecho juntas; luego, fatalmente, los caminos de ambas se cruzan y se divergen.
Cuba ha optado por el ideal igualitario y no hay duda que ha dado pasos considerables, e incluso admirables, en esa dirección. Simultáneamente ha ido apartándose del otro ideal y convirtiéndose en un estado donde toda la vida, individual, familiar, profesional, cultural, se halla regulada., orientada y cautelada por un mecanismo casi impersonal y anónimo, donde se han ido concentrando todos los poderes. Los intelectuales progresistas explican que «la verdadera libertad» consiste en tener educación, empleo, protección social, etcétera, y preguntan si la «libertad abstracta» de los reaccionarios les sirve de algo al campesino analfabeto de los Andes, al pobre diablo de las barriadas o al negro discriminado de los guetos.
La respuesta está en los 10.000 cubanos apretados en esa casa y ese jardín de La Habana. La libertad no se puede medir sólo en términos cuantitativos, a diferencia de la igualdad social. Ella es la posibilidad de elegir entre opciones distintas, y no sólo «positivas» -decretadas así por la filosofía y la moral reinantes o, simplemente, por el capricho de quien detenta el poder-, sino también por las «negativas». En una sociedad como la cubana, esta posibilidad se ha reducido al mínimo, como muestra, luminosamente, la frase de Gramma: «Quien elige algo distinto de lo que ha programado para él la revolución es contrarrevolucionario, es decir, antisocial y delincuente. La sociedad igualitaria no permite al hombre elegir la infelicidad: ello es delito».
¿Significa esto que en las otras sociedades los hombres son de veras «libres», que en ellas eligen realmente lo que quieren ser y hacer? En la práctica no, claro está, pues ese poder de elección está mediatizado por las posibilidades económicas, culturales, sociales y las aptitudes de cada individuo. Pero el hecho de que en ellas haya muchas más opciones que elegir -es decir, de pensar distinto a los demás, de cambiar de trabajo o domicilio, de opinar y de criticar y aun de combatir el sistema- las hace, al menos, potencialmente más próximas de aquel utópico paraíso de la libertad, donde cada cual tendría la vida que querría. La libertad es «siempre» mayor en estas sociedades (aun cuando sean dictaduras políticas), que en las igualitarias, porque en ellas el poder no está concentrado en una sola estructura, sino dispersado en varias, que compiten entre sí y recíprocamente se neutralizan. Esa dispersión es la que garantiza un margen -mayor o menor- de autonomía e independencia a las personas y, al mismo tiempo, es una continua fuente de desigualdad a todos los niveles. El presidente Carter, aunque se lo propusiera, seria incapaz de abolir la libertad de prensa en Estados Unidos, pues esta libertad no depende de él, sino de la libertad de empresa, que permite a cada cual tener su periódico y opinar en él como le plazca. Esa misma libertad de empresa es la que determina que en Estados Unidos haya, inevitablemente, pobres y ricos. Fidel Castro no puede establecer la libertad de prensa en Cuba porque allá todos los órganos de la información, al ser estatales, no pueden opinar ni informar en contra de este ente omnímodo y sofocante, que, sin embargo, a la vez que regimentaba ideológicamente a los cubanos y les planificaba las vidas, les enseñaba a leer, les daba trabajo y los redimía de muchas de esas ignominias que aún pesan sobre la mayoría de los latinoamericanos.
Que, entendidas en términos extremos, la libertad y la igualdad sean opciones alérgicas la una a la otra no puede querer decir que estemos condenados a la injusticia. Sino, más sencillamente, que hay que renunciar a las utopías, a las opciones extremas. Así lo han hecho los países que han alcanzado las formas de vida más civilizadas de nuestro tiempo, aquéllos que se han resignado a esa fórmula mediocre que consiste en tolerar en su seno la libertad necesaria como para que sus ciudadanos no estén dispuestos a hacer lo que los 10.000 cubanos de la embajada peruana, pero no tanta como para que, a su amparo, surjan tales desigualdades económicas y sociales, que las gentes maten o se dejen matar por una revolución que implantaría una sociedad igualitaria en la que, a la larga, esas mismas gentes, o sus hijos, estarían dispuestas a cualquier cosa para huir a los países de la desigualdad.